En diciembre pasado puso fin a varios años de trabajo en Horizontal, el centro de estudios ligado a Evópoli. No pensó que ese partido fuera a sumarse al gobierno de Kast, “ultraconservador” y amigo en el mundo de gobiernos iliberales. Pero no hay drama: es una estación más en la trayectoria de una hija y nieta de comunistas que renunció a las JJ. CC. a los 16 años, peleó por una nueva Constitución y tuvo que rechazar ambas propuestas, migró del Frente Amplio a la campaña de Ignacio Briones; y que, a diferencia de otros liberales, no parece obsesionada con el populismo, sino con una política “pegada en categorías del siglo XX”. En esta entrevista, Parada intenta explicar por qué su tribu ideológica no encuentra a sus potenciales votantes, y plantea que volver a imaginar el futuro debiera ser una tarea de su generación. Sobre todo, por esto: “La pregunta por cómo queremos vivir juntos desapareció de la política”.
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“Yo no represento a nadie”, aclara Javiera Parada, lo que podría ser cierto si lo dice a título personal. Pero si lo dice en calidad de liberal de centro, la frase puede dar lugar a una paradoja o a un trabalenguas. Porque tal vez su caso sea el más representativo de todo un espectro político que no logra representar ni sentirse representado, pese a lo mucho que reflexiona sobre la crisis de representación.
Es la deriva de quienes, una vez agotadas las fuerzas centrípetas de la transición, han errado entre el discolaje y el acomodo en alianzas que ahora lideran otros, los que vienen de ida, los que ganan elecciones. Algunos intentan fundar nuevos partidos, unos pocos se quedan por lealtad en los viejos, otros se transforman en columnistas. Los menos, en todo caso, asumen en propiedad su condición de ovejas sin rebaño, acostumbrados como estaban a que las ovejas descarriadas se extraviaran por la orilla, no por el medio.
En este contexto, sin embargo, el caso de Javiera Parada tiene algo de excepción a la regla, porque en un comienzo el nuevo ciclo parecía acomodarle. Su activismo por una nueva Constitución, su militancia en Revolución Democrática, se adecuaban tan bien a los tiempos como a su propia biografía. Pero luego del estallido, todo se revolvió: visitó a Piñera en La Moneda vestida de blanco, fue la jefa de campaña de Ignacio Briones, llamó a votar en contra en los dos plebiscitos constitucionales y, si primero fue crítica del gobierno de Boric, hoy no lo es menos del gobierno de Kast. De la libertad necesaria para tomar esos caminos se trata en buena medida Sin nada que perder (Ediciones B), el libro que acaba de publicar, un testimonio vital y político en el que ha volcado algo más que sus recuerdos.
Para situar el momento en que el proceso político y tu trayectoria previa dejaron de entenderse, partamos por el Frente Amplio. ¿Cuándo empezaste a sentir que ese no era tu lugar, que tal vez no creías en lo mismo que ellos?
Fue una reflexión muy larga que terminó de cristalizarse con el estallido. Cuando yo entré a RD, en 2012, no era un movimiento exclusivamente de izquierda. Igual estaba Allende ahí como una figura medio pop, pero era un espacio donde se estaban juntando distintas vertientes progresistas. Y eso fue lo que me atrajo, porque ya no tenía muy claro qué significa ser de izquierda en el siglo XXI. Me hice esa pregunta por mucho tiempo y no lograba responderme. Pero durante el gobierno de Bachelet 2, RD empezó a ponerse cada vez más de izquierda, a medida que convergía con el Frente Amplio. Y además empezó con este reproche generacional/moral a la gente de la Concertación, ¿no?
Aunque eso estuvo desde el comienzo.
Sí, pero se empezó a articular un discurso político al respecto. Y yo estaba en un lote —con Miguel Crispi, Sebastián Depolo, Pablo Paredes— donde teníamos claro que en algún momento había que confluir con las otras fuerzas de la centroizquierda. En cambio, en el lote liderado por Giorgio estaba muy fuerte esta impronta de que con ellos no se podía hacer política, porque eran turbios, corruptos, toda esa superioridad moral que envejeció muy mal. Además, mientras pasaba todo esto, yo estuve dos años como agregada cultural en Estados Unidos, y allá me di cuenta de que en verdad no era anticapitalista.
¿Por algo en especial?
Porque entendí la potencia creadora del capitalismo, en el fondo. Por supuesto que no me da igual qué tipo de capitalismo tengamos, pero me di cuenta de que no conozco otra manera de generar riqueza para poder distribuirla. Y volví a Chile en 2016 con esa pregunta muy presente: cómo se hace posible lo que queremos hacer. Pero en RD se iban tomando posturas cada vez más cercanas a una izquierda del siglo XX. Dos semanas antes del estallido, por ejemplo, hubo un congreso en el que se habló de nacionalización del agua y del litio, cuestiones que me parecían totalmente de otro tiempo. Entonces, cuando viene el estallido y se piensa que el pueblo chileno se izquierdizó contra el neoliberalismo, ya sentí que mi lectura era muy distinta. Y luego, las ideas de pedirle la renuncia a Piñera y de acusarlo constitucionalmente me hicieron un ruido muy grande desde el punto de vista institucional, de la defensa de la democracia. Así que ahí me retiré.
Todo eso explica que te fueras del Frente Amplio, pero saltar de ahí a Evópoli era llevar el revisionismo a otro nivel. ¿Qué hubo detrás de ese salto tan largo?
Bueno, aclaremos que nunca milité en Evópoli. Pero, como te decía, yo venía hace rato preguntándome por qué, en un mundo que cambia por todos lados, la política sigue pegada en categorías del siglo XX. Y eso es global, pero en Chile también tiene que ver con que la política se sigue pensando como una repetición perpetua de los alineamientos que dejó la dictadura. Como que uno no pudiera inventar nuevas alianzas. Durante el estallido conversé de esto con mucha gente, porque sentía que estaba compartiendo con grupos que tenían mucho más que ver con Evópoli que con el PC; sin embargo, por haber hecho toda nuestra vida política en un lugar, no podíamos sentarnos con Evópoli. Y poco antes del plebiscito de entrada, en un ciclo de conversaciones que hice sobre democracia, conocí a la gente de Horizontal y descubrí que estaba de acuerdo con muchas cosas que planteaban. Entonces, cuando Briones se lanzó como candidato, les propuse preparar minutas de cultura. Así llegué a esa campaña. La verdad es que no me sentía súper cercana, pero dije “qué interesante, hay un espacio en este sector que no se ha caracterizado nunca por tener propuestas en cultura”. Lo que pasa es que después terminé de jefa de campaña, porque me hacía sentido lo que estaban proponiendo.
¿Y no había una voz interna que dijera “me pasé a la derecha, qué raro”?
Es que nunca he sentido que me pasé a la derecha. No me reconozco en la derecha. Lo que sí he sentido es un compromiso cada vez mayor con la democracia liberal, lo que me acerca a ciertos planteamientos de la centroderecha, pero también de la centroizquierda. De hecho, llevo varios años votando cruzado: por Jaime Bellolio para alcalde, por Tohá en las primarias, por Matthei en primera vuelta, por Patricio Fernández para convencional. Y en la campaña de Briones siempre tuvieron claro que yo no me iba a sumar después al candidato de Chile Vamos, dado que era muy difícil, por no decir imposible, que ganáramos la primaria. La gente dice “no, se fue a trabajar con los cómplices de los asesinos de su padre y de su abuelo”. Jamás he sentido eso. Estuve ahí porque no había nada que me impidiera hacer política con ese grupo humano, que ha condenado el golpe y las violaciones de los derechos humanos en distintas declaraciones. No tengo dudas de su compromiso democrático y no me hacía ningún ruido estar con ellos.
¿Y por qué sientes más afinidad con ellos que con la centroizquierda, que dentro de todo es bastante liberal?
No es que sienta más afinidad con ellos. Lo que pasó fue que en los años del estallido y la pandemia quedé súper desafectada de la centroizquierda. Primero, me pareció muy impresionante el silencio frente a la violencia vandálica que acompañó al estallido. Y después encontré increíble que apoyaran los retiros, que eran un retroceso gigantesco para el progresismo, con tal de hacer política contra el gobierno de Piñera. Entonces me dejé de reconocer en ese mundo. Y me sentí muy huérfana. Porque eso no me transformó en una persona de derecha, que es como la disonancia cognitiva que tiene la gente: pensar que, porque uno deja de reconocerse en un grupo, se transforma en lo otro. Para mí, el liberalismo de centroderecha y el progresismo coinciden mucho más entre sí que con los polos de sus respectivas alianzas. Ahora, me ha ido pésimo con este diagnóstico, porque pareciera que soy la única que cree en eso. Pero sigo pensando que uno tiene que poder hacer política mirando más para adelante que para atrás.
Y mientras trabajaste en Horizontal, ¿en qué viste reflejadas esas coincidencias entre derecha liberal y progresismo?
Yo trabajé con ellos en proyectos de cultura y democracia, y por ambos temas vi una preocupación genuina. En cultura, modestia aparte, produjimos dos documentos muy sólidos con propuestas de políticas públicas. Y creo que para ellos fue interesante pensar la cultura como un espacio donde nos podemos encontrar y producir más diálogo. Lamentablemente en las últimas semanas no han dicho mucho eso, porque parece la cultura ha vuelto a ser un espacio de disputa. Y en los temas de democracia, si bien nos fue súper mal con lo que queríamos, que era reformar el sistema político, había una convicción de que la política necesita generar una conversación sobre cómo queremos vivir juntos. Yo no entiendo la libertad como que el Estado no se meta en mi vida. La libertad se hace con los otros, entre seres humanos que necesitamos educación, salud, seguridad, cultura, tiempo, para ser libres. Y durante los años que estuve ahí, sentí que Horizontal es un espacio para construir esa conversación.
Con ese mismo espíritu, durante la campaña del Rechazo levantaste la campaña “Una que nos una”, consigna que prosperó. ¿También te pareció que en la derecha había una convicción genuina en torno a ese mensaje?
Yo no podría poner las manos al fuego por gente de derecha con la que no hablé, pero en la gente cercana a Horizontal, o en sectores de Renovación Nacional, sí había ese compromiso. En todo caso, “Una que nos una” nació antes de la decisión de votar Rechazo. Fue una pequeña campaña que hicimos para llamar a los convencionales a enmendar el rumbo y escuchar a la minoría. Porque una parte de la derecha había decidido boicotear el proceso, pero había otros que intentaban hacer propuestas y se los pasaban por cualquier lado. Luego, cuando eso no resultó, yo leí muchas veces el texto, conversé con mucha gente —entre ellos Andrés Velasco, Felipe Harboe, Óscar Landerretche— y me convencí de que no era un avance para nuestra democracia. Y fue con ellos que decidimos transformar “Una que nos una” en un llamado a reemplazar la Constitución del 80, pero no con ese texto. Y por supuesto que me frustré mucho cuando vi que el segundo proceso estaba siendo lo mismo que el primero: pasar máquina, imponer tu visión propia en la Constitución. Lo cual demostró que la convicción de construir acuerdos básicos tampoco existía en la derecha, o por lo menos no en quienes eran mayoría.
La cuadratura del centro
¿Por qué te saliste de Horizontal?
Me salí en diciembre, cuando vi que Evópoli iba a ser parte de este gobierno. Porque es un gobierno con el que tengo diferencias muy profundas, no podría estar ligada con él, aunque sea a través de un centro de estudios. Y tampoco quería generarle problemas a Horizontal cuando hiciera las críticas que muy probablemente iba a hacer.
Pero no es que pensaras que Evópoli iba a abstenerse de entrar al gobierno…
Yo pensé que no se iban a integrar.
¿No era una expectativa un poco ingenua?
No sé. Pensé que gente de centroderecha liberal no iba a ser parte de este gobierno. Sí podía entender que votaran por Kast en segunda vuelta, pero creí que, como ellos mismos decían, luego de eso no iban a ser parte del gobierno. Y no fue así.
¿Y hasta ahora el gobierno ha sido como te lo imaginabas?
Mira, a mí me preocupaban mucho las amistades internacionales del presidente. Porque en esa órbita hay líderes que, cuando han llegado al gobierno, han terminado con parte de las bases de la democracia liberal, han cooptado los contrapesos. Muchos de ellos con derivas autoritarias, como Bukele, Bolsonaro, Orbán. Pero creo que, hasta ahora, este gobierno no ha mostrado la tentación de salirse de la democracia liberal. Es un gobierno ultraliberal en lo económico, que cree que vamos a crecer simplemente bajando impuestos, y ultraconservador en lo mal llamado valórico. Pero no es homologable con sus socios internacionales. Hasta ahora, porque llevamos cuatro meses y en realidad no sabemos lo que van a hacer. Es preocupante, por ejemplo, esta idea del registro de vándalos. Que se quiera catalogar así a las personas, y que la amenaza sea quitarles derechos conquistados, sí deja ver una tentación de deriva autoritaria. Y una concepción de los derechos muy distinta a como yo los entiendo.
¿Hasta qué punto, entonces, la presencia de Evópoli en el gobierno indica que no había piso para lo que tú querías construir con ellos?
A ver, no soy una ingenua, entiendo que la política también se trata de conquistar del poder y que para eso hay que armar coaliciones amplias. Pero si tú priorizas demasiado esa necesidad inmediata, va a ser difícil que construyas algo en la sociedad en torno a tus ideas. Por lo mismo, así como soy crítica de que liberales de centroderecha terminen trabajando con ultraconservadores que se juntan con gobiernos iliberales, también creo que hay un mundo de centroizquierda que no tiene que ver con el Partido Comunista, y me pareció una mala idea que hicieran una primaria con todo ese bloque. Pero bueno, hoy la situación es así. Espero que en algún momento —no sé si lo voy a ver— estos centros se logren descolgar de esos grandes bloques y armar un proyecto que hoy no tiene representación electoral, pero que culturalmente creo que sí existe.
Y si culturalmente existe, ¿por qué en la política no encuentra lugar?
Porque en los dos lados se hacen la misma pregunta: con quién nos vamos a construir otra cosa. Es muy difícil separarse de una coalición si ni siquiera sabes con quién te puedes juntar. Y claro, yo no tengo respuesta a eso, no les puedo decir “vénganse para acá que tenemos todas estas comunas, todos estos alcaldes”. No, hay que construir ese espacio. Entonces esa frustración yo la tengo de lado y lado, no se la cargo a uno ni otro. Pero hasta que eso no ocurra, me voy a sentir sin un espacio político que me represente.
Pero además de la geometría de los bloques, una barrera evidente para estas corrientes moderadas ha sido su propensión al elitismo. Como que no logran bajar de Providencia.
Bueno, sí, ese elitismo de los grupos liberales ha sido algo bastante transversal en el mundo. En parte, porque muchos nacen en universidades, centros de estudio o círculos profesionales. Y pareciera que además se han esforzado por llevar candidatos que provienen de la élite. Pienso en Trudeau, en Macron. Pero creo que el problema principal es otro: que el liberalismo suele hablar el lenguaje de la complejidad, con conceptos que por sí solos no conectan con la experiencia cotidiana de las personas. Hablamos de cuestiones que tienen que ver con las instituciones, con el reformismo, con el crecimiento, y nos cuesta mucho traducir por qué estos conceptos son importantes para la vida de la gente.
Pero incluso si supieran traducirlas, sería un discurso fome, porque al final parecen estar explicando por qué es importante que todo siga igual. Quizás por eso el voto joven es el que más les cuesta.
No defendemos que todo siga igual. La responsabilidad fiscal, por ejemplo, sí tiene que ver con aumentar el bienestar de la gente, porque gobiernos endeudados no pueden cumplir con los compromisos sociales. Pero también creo que tenemos otra deuda: nos gusta mucho explicar cómo debieran ser las cosas y a veces se nos olvida escuchar. La política no consiste sólo en tener razón, consiste también en construir un lenguaje común. Y a nosotros a veces se nos olvida que la solvencia técnica no subvenciona esa otra tarea: cómo uno escucha, cómo conversa. Quizás sea una de las razones de este gap generacional, pensando así en voz alta, porque no había pensado sobre eso. Puede ser que escuchemos poco lo que están diciendo las generaciones más jóvenes y que ellos quieran estar en un lugar donde se sientan escuchados.
¿No te parece entonces que el discurso liberal tiene un problema en sí mismo, al estar siempre señalando la imprudencia de querer cambiar mucho las cosas?
Claro, pero no es un problema sólo de discurso. Yo creo que si el pecado del progresismo, por decirlo así, fue creer que bastaba con tener buenas causas, el del liberalismo fue creer que bastaba con tener buenas instituciones. Y las causas justas con malas instituciones provocan frustración, pero buenas instituciones sin causa justa tampoco tienen sentido. Por ahí pasa la conversación que yo he intentado unir de alguna manera. Creo que la gran tarea de nuestra generación es reconciliar pares que dejamos de pensar juntos: libertad e igualdad, crecimiento y sostenibilidad, Estado y mercado, individuo y comunidad. Y volver a imaginar el futuro, algo que la política dejó de hacer en todos lados. ¿Quién se está preguntando cómo queremos vivir juntos en los próximos veinte o treinta años? Cómo queremos vivir juntos, desapareció esa pregunta de la política. Hasta los espacios para hacerla parecen haber desaparecido. Todo es administración del presente o disputa por quién lo administra. Que tal vez es lo primero, pero una sociedad también necesita imaginar hacia dónde quiere ir.
¿Y qué crees que va a pasar en estos años con la gente que, como tú, siente que ha ido quedando varada en el centro? ¿Hay capacidad de iniciativa o ya están medio resignados?
Yo no represento a nadie, así que no te podría responder por otra gente. Sé que existen distintos grupos —porque hablo con ellos— que están conversando y quisieran construirse como espacio. Pero efectivamente falta una energía que amalgame a esos grupos. De momento no veo en ellos, digamos, la fuerza y la decisión para construir algo que pueda responder a estas preguntas.
No estás involucrada en conversaciones promisorias, entonces.
No estoy involucrada en conversaciones para armar algo. Me han invitado a muchas conversaciones que encuentro interesantes, pero son más bien intelectuales, no de cómo hacemos política. Y yo tampoco tengo ahora la energía ni las ganas de ponerme a imaginar ese proyecto. Siempre que me involucré en movimientos fue porque había un grupo dispuesto a empujar, a recorrer Chile, ir a las ferias… O sea, para levantarte el sábado en la mañana a hacer política no basta con que tú estés entusiasmado. Tienes que saber que hay otras personas con esa determinación. Y hoy no veo con quién construir ese centro liberal que a mí me gustaría que existiera, así que pienso seguir abocada a trabajar en proyectos culturales. En todo caso, tampoco creo que el desafío siga siendo reconstruir partidos de masas. Quizás sea armar comunidades capaces de producir ideas, formar liderazgos, cambiar la conversación pública. Si en algún momento comienza a armarse algo así, muy probablemente vuelva a sumarme a un proyecto político.
Y si ese proyecto progresa, ¿te lo imaginas más en una alianza que llegue hasta el Frente Amplio o hasta la UDI?
Es que ninguna de las dos…
Pero no te vas a achicar para siempre…
No, pero es que no tengo nada que ver con la UDI y con el Frente Amplio estoy en desacuerdo en muchas cosas. Al mismo tiempo que, por ejemplo, siento mucha cercanía con la manera en que Jaime Bellolio o Tomás Vodanovic entienden la política. Entonces, de nuevo, creo que si nuestra preocupación va a ser más derecha o más izquierda, más Estado o más mercado, no se va a armar nada. Pero si la discusión se trata de las preguntas de hoy, de cómo vamos responder a la revolución tecnológica, a la crisis climática, a los cambios demográficos, eso naturalmente irá encontrando un espacio que se desprenda de los bloques basados en la política del siglo XX. Y de las peleas que haya que dar irán surgiendo las alianzas. Pero yo no sé, la verdad, si en estos momentos existe la voluntad de construir ese espacio político.
Vienes de la izquierda comunista, conoces bien la cultura del PC. ¿Cómo ves la disputa interna que dejó en el partido el paso por el gobierno de Boric?
En el Partido Comunista está ocurriendo un proceso interesante, ya hace algunos años. Hay personas y grupos, en las generaciones más jóvenes, que han empezado a valorar la democracia como algo sustantivo, no instrumental. Y se han dado cuenta, también, de que en países que ellos defendían no hay condiciones para que distintos grupos políticos puedan expresarse. Pero no sé qué márgenes tienen dentro del PC chileno para llevar esa conversación a fondo. No sé si el PC sea el lugar donde una conversación así pueda florecer y esos grupos lleguen a ser hegemónicos. La verdad, no tengo mucha fe en que eso ocurra. Veo más factible que parte de esas personas decidan buscar otros espacios antes de que logren ser hegemónicos adentro.
¿Tú sigues siendo, de alguna manera, el resultado de una formación comunista? ¿Te quedó algo de eso?
Lo único que me quedó, aunque no se me note tanto, es la disciplina. Aprendí mucho que cuando uno trabaja en colectivo tiene que someterse a las decisiones del colectivo, soy como bien ordenada en eso. Pero del ideario del Partido Comunista no comparto nada.
O sea que no tuviste problemas con esa famosa disciplina interna.
Con la disciplina misma, no. Lo que sí me conflictuó mucho —no sé cómo será ahora, habrá cambiado— fue que se me llamara la atención por pololear con uno o con otro. Existía esa idea de que se podían meter en el ámbito íntimo de las personas, y eso me chocó. Pero el choque más grande fue darme cuenta de que el PC, mientras había luchado contra la dictadura de Pinochet, justificaba dictaduras en otros lugares del mundo. Cuando cayó el bloque del Este me di cuenta de todo eso y dije “no, yo no luché contra Pinochet porque creía que había otras dictaduras buenas”. Eso fue lo que me hizo irme del PC. Y por supuesto que me quedan cariños y afectos, porque mi abuelo era comunista, mi mamá y mi papá eran comunistas y me crie ahí.
Hablando también de esos afectos, en los últimos años has sido objeto de reproches muy duros, siempre con alusiones a tu historia familiar o a lo que diría tu papá si te viera. ¿Cómo haces para que, al menos en apariencia, todo eso te resbale?
No, no me resbala. Lo que pasa es que no tengo cómo contestarles.
¿Por qué?
Porque si alguien cree que sabe lo que tú deberías pensar, ¿cómo respondes a su expectativa? No puedes, nomás. Si alguien cree que porque nací en una familia, o por las tragedias que nos ocurrieron, debo pensar de una manera que ellos consideran la correcta, simplemente no me puedo hacer cargo de eso. Y luego, si ellos creen saber lo que pensaría mi papá o mi abuelo, que están muertos hace mucho tiempo, buena suerte con eso, pero ni yo me atrevo a intuir cómo pensarían. Entonces me parece que esas críticas destempladas, y crueles en algunos casos, vienen de un sistema de pensamiento basado en la ignorancia, en un determinismo social. Yo creo que cada uno de nosotros tiene la maravillosa suerte de poder formarse su opinión de las cosas, y de cambiar esa opinión si ve algo que antes no veía. Como yo, que era anticapitalista y ya no lo soy. Entonces qué lata que se frustren, pero no me siento traicionando a mi familia. Ni traicionándome a mí misma, que es lo que más me importa, la verdad.
¿Y te basta con tomar esa distancia analítica? ¿O los cuestionamientos que vienen de cerca igual van dejando heridas?
No. Porque las personas que me quieren, cuando han estado en desacuerdo o no han entendido decisiones mías, me han llamado o me han escrito. Entonces he tenido la posibilidad de conversar y de explicarles por qué he tomado las decisiones. Y muchos de ellos me han dicho “no comparto la decisión que tomaste, pero entiendo por qué la tomaste y sobre todo lo respeto”. Con toda la gente que a mí me importa he vivido ese proceso.
También existe, desde el otro lado, la fascinación por el izquierdista converso, que se pasó de la ilusión a la realidad. Habrás sentido que en la derecha producías esa atracción.
Claro, pero yo insisto en que no me he vuelto una persona de derecha como se ha querido pintar. Así que quizás esa gente ahora va a estar desilusionada de mí, cuando sepa que me fui de Horizontal por lo lejos que estoy de este gobierno. Más que atracción, la verdad, creo que soy una fuente de insatisfacción para todos los que tienen expectativas sobre lo que yo vendría a ser.