Vuelve Longueira y, por lo que parece, no es cualquier regreso. En el momento más decisivo para el futuro de la derecha, con un gobierno cruzado por estilos y tendencias de muy incierto pronóstico, el viejo líder de la UDI intentará presidir su partido para evitar que sea fagocitado por la polarización. Cree que en Chile el populismo está a la vuelta de la esquina, porque “en los dos lados dominan las cabezas duras” y el oportunismo que campea en los partidos impide desmontar esa dinámica. En esta entrevista, además de reflexionar en voz alta sobre quién ha sido él en la política (anécdotas incluidas), Longueira explica su proyecto de crear una “Concertación de derecha” que le dé estabilidad al país y atribuye los errores iniciales del gobierno a un antiguo vicio de su sector: el desprecio por la política y por lo público.

 

 

El 23 de diciembre pasado, Pablo Longueira anunció por última vez su retiro definitivo de la política. Entrevistado por Revista D, contó su plan de irse a Campo de Hielo Sur y construir allá una villa para hacer soberanía. Un mes después se reinscribió en la UDI y sostuvo, en carta a los militantes, que “mi deber es volver a colaborar”. A mediados de marzo declaró sus intenciones de postular a la presidencia del partido —la directiva se renueva en noviembre— y terminar su carrera política como alcalde de Conchalí.

La secuencia resume una relación con la política que nunca terminará de resolverse. Ya se sabe: Longueira siempre quiere irse, siempre tiene que volver. Cabe, entonces, comenzar la entrevista preguntándole por qué entró. La respuesta es cliché (“nunca lo decidí”), pero el relato que la justifica está lejos de serlo:

–Yo siempre quise ser ingeniero, desde chico. Y no crecí en un entorno político, jamás me imaginé que eso fuera lo mío. Pero un día, en noviembre del 79, me llama Rodrigo Alarcón, un estudiante de Beauchef dos años mayor que yo, y me dice que necesita hablar urgente conmigo. “Te invito a comer”, me dice. Yo tenía 21 años, en esa época nadie te invitaba a comer. Fuimos al Pollo Stop. “Pablo, tienes que ir de presidente de Ingeniería”, me dice. “Presidente de qué”, le digo. Yo no sabía que había un centro de alumnos, no sabía que existía el gremialismo en la escuela, no sabía nada. De ahí partimos a una casa en Providencia, él se metió en una reunión y cuando salieron me dijeron: “¿Tú eres Longueira? Vas mañana de candidato”. ¡La elección era al día siguiente! Yo en mi vida le había hablado a dos personas juntas… Todo esto me da vergüenza contarlo, no sé cómo lo vas a redactar, pero terminé de presidente de la escuela sin saber por qué. Y esa casa de Providencia, por supuesto, era la de calle Suecia que terminó siendo la sede de la UDI.

Bueno, fui presidente durante el año 80, creo que lo hice bien… Y el 81, como había un boom económico y a los civiles industriales de la Chile nos peleaban, entré como gerente de operaciones en LQL, que eran los dueños de Dos en Uno. Pero al mes me empiezan a llamar los políticos: que tenía que ir de presidente de la Fecech, la federación de esa época, antes de que volviera la FECH. “Lo siento mucho, no puedo. Estoy contratado aquí, tengo que titularme y me quiero casar”. A las dos semanas me llama a su oficina el gerente general: “Vengo del Diego Portales. Me pidieron que te libere, un señor Jovino Novoa.” “No te preocupes, ya les dije que no.” “Sí, pero nosotros no vamos a pelearnos con el gobierno militar, así que le dije que trabajas hasta fin de mes.” “Pero cómo, me estás echando.” “No lo tomes así, pero tienes que irte.” En el fondo, me echaron… No sé por qué acepté de nuevo, pero así fue, asumí en la Fecech a fines del 81. Y cuando pregunté quién me podía ayudar a hacer el discurso, me dijeron “pídeselo a Jaime Guzmán”. Ahí lo conocí. Y mientras leía en la Casa Central el discurso que él me hizo —yo no sabía lo que estaba leyendo— se pararon la mitad de los decanos y se fueron.

¿Por qué?

Porque era una oda al gremialismo en la Casa Central de la Chile. Ubícate en esa época, estaban los duros y los gremialistas, y la Casa Central estaba muy marcada por los duros. Así que ese fue mi debut. Y a partir de ese año ya participé en reuniones con gremialistas y me involucré.

Ahí empezó a entender.

Sí, pero iba a reuniones, nomás. Hasta que un día Jaime Guzmán, un tipo al que era muy difícil decirle que no, me dice: “¿Te puedo pedir un favor? Acompáñame a crear un partido de derecha, de inspiración cristiana, comprometido con los pobres”. Y me engrupe, por supuesto, “tú tienes una sensibilidad distinta…”. “Ya, Jaime, te acompaño.” El 83 viene la apertura política, creamos la UDI y me pide ser uno de los seis fundadores. Había otros dirigentes con mucha más historia en su proyecto, pero yo era “el gremialista de la Chile”, por eso entré de fundador. Y me volqué con todo al Departamento Poblacional de la UDI, que era lo que me motivaba. Yo me formé en el San Ignacio (Alonso Ovalle), trabajé de obrero, viví en las poblaciones, hice todo el decálogo jesuita, ¿me entiendes? Me formé en un colegio al que “se entra para aprender, pero se sale para servir”.

Pero terminar en la UDI no era parte del decálogo.

Olvídate, en mi época todos terminaban de izquierda. Ahora, yo no sé en qué momento pasé a considerarme un tipo “de derecha”, creo que nunca lo pensé así, pero sí recuerdo el momento exacto en que dije “no pienso ser de izquierda”. Una vez, en estas experiencias que teníamos trabajando de obreros y viviendo en una población, un cura jesuita, no recuerdo quién, fue ahí a hablar con nosotros. Esto fue en la población Nogales, yo iba en tercero medio. “Bueno, ustedes aquí han visto las desigualdades”, nos dice. Y se larga a hablar de la lucha de clases y contra la gente que tenía dos autos. Y en mi casa teníamos dos autos, pero que con suerte hacían uno, mis padres eran profesionales, vivíamos en Melipilla, lo que teníamos era fruto de sus esfuerzos… Entonces empiezo a sentir que todo este cuento era contra nosotros. Ahí dije “no, este no me va a hacer izquierdista”. Me produjo un rechazo total.

¿Un rechazo a la lucha de clases?

Totalmente. Y la UDI fue eso: un proyecto para ir al mundo popular a enfrentar la lucha de clases. Ese fue nuestro concepto: ir a donde están los que sufren y llevar un ideario que va a crear oportunidades para ellos. Porque nosotros no fuimos a repartir pollos, fuimos a formar cuadros y enseñar principios. Yo daba tres charlas todos los días, no parábamos. Y con el país quebrado por la crisis del 82, con un tercio de los chilenos en la extrema pobreza, la aventurita nuestra era ir a decirles que esa economía social de mercado era para los pobres. Entonces me llenó ese desafío. Y debo reconocer que también Jaime me cautivó. Era un privilegio haber sido reclutado por él y ser parte de su proyecto.

¿Su doctrina era, hasta cierto punto, lo que él dijera?

No, no, no… Yo me formé al alero de un tipo excepcional, único intelectualmente, pero nunca seguí personas. Guzmán no creó el guzmanismo, a mí me invitó al gremialismo, que es muy distinto. De hecho, una de las mayores discusiones que tuve con él fue cuando la derecha decidió fusionarse en Renovación Nacional, el año 87. Le dije: “Jaime, yo llego hasta aquí. Que se junte la derecha, perfecto, pero tú me invitaste a un proyecto que estás disolviendo para armar otro”. Tuvimos largas discusiones. “La derecha chilena no está preparada para recibir lo que hemos hecho, Jaime. La derecha chilena es clasista, rotea, lo nuestro no va a resistir.” Pero claro, ¿qué hizo él? Convenció a todos los que también tenían dudas de ir a esa unidad y llegó un día a mi casa: “Pablo, eres el único que falta. Pero si tú no vas, no vamos”. Ahí tuvimos una conversa muy dura. “Jaime, me parece un chantaje moral lo que me estás haciendo. ¡Quién soy yo para que no se una la derecha chilena!” Si yo era el Pungueira, el dirigente de población, así me tenían catalogado en la Unión Nacional. “Ya, perfecto: no vamos a Renovación”, me dice. “Ya, Jaime, córtala, no me vas a dejar con esa mochila. Vamos a Renovación.”

Guzmán le ganó.

Por supuesto, si yo no era nadie, cómo iba a cargar con eso. Pero no duramos nada en Renovación, al rato echaron a Jaime y tuvimos que rearmar la UDI. Después a Jaime lo asesinaron, antes nos habían matado a Simón Yévenes, y en cada uno de esos momentos decidimos salvar el proyecto y nos juramos vida eterna para seguir con esto adelante. Así se dan las cosas. Es muy difícil planificar una vida política. La gente te dice “vuelves porque echas de menos”. No echo de menos nada. No me gusta el poder, no me gusta la figuración. Pero se fue creando un personaje del cual tú pierdes control. Y como me dediqué por 30 años a reclutar gente para el servicio público, cada vez era más difícil irme, porque la gente a la que tú llevas espera que no abandones el buque. Es poco glamoroso lo que estoy diciendo, pero así se construyó este personaje.

 

El proyecto

Cada vez que vuelve al debate público, es porque tiene una idea sobre cuál debería ser el proyecto de la derecha chilena, pero el tema nunca ha sido tan importante como ahora. ¿Cuál le gustaría que fuera hoy ese proyecto?

Lo que voy a tratar de hacer, si es que vuelvo, es construir la Concertación de derecha. ¿Por qué? Porque no progresamos alternándonos cada cuatro años. Es bueno que haya alternancia, pero si Chile sigue así, sin proyecto país, polarizado, va directo al populismo. Ya estuvimos cerca en esta elección. Si las encuestas hubieran dicho antes que Parisi tenía 20 puntos, yo creo que pasaba a segunda vuelta y hoy sería presidente. Entonces se necesita una coalición amplia, con orgánica, que pueda darle a Chile dos o tres gobiernos seguidos. Además, es lo único que le falta a mi generación. Para ser honesto, yo no me imaginé que íbamos a tener tres gobiernos de derecha en menos de 20 años. Pero nunca he visto dos gobiernos de derecha seguidos. A eso quiero contribuir, con eso me muero tranquilo.

¿Pero ese sería su sueño o cree que pueden hacerlo?

Tenemos que hacerlo, porque el plebiscito del 22 creó una oportunidad que nunca habíamos tenido. Este cambio de presidente no fue uno más, Piñera-Bachelet, Bachelet-Piñera, no. Estuvo antecedido por un plebiscito muy polarizado, que dejó otra energía instalada y nos dejó 62-38. Entonces, ¿cuál es la planificación política? ¿Tiene la derecha capacidad para armar, para entender esta diversidad del 62%? Solo si crea una coalición que mantenga esa diversidad y permita conducirla. Eso hizo la Concertación después del plebiscito del 88 y por eso fue la coalición más exitosa de todas. Fueron capaces de juntarse la DC, el principal partido que respaldó el golpe, con la izquierda que sufrió el golpe. ¡Esas sí que eran diferencias! Pero supieron hacerlo. Yo todo esto lo estoy transmitiendo, desde que ganaron en diciembre les dije: construyan ese paraguas común, esa comunidad que hicieron los mundos de la izquierda y el centro. No basta invitarlos al gobierno.

No es darle un ministerio a Ximena Rincón.

¡No, pues! Es armar una coalición que se encargue, políticamente, de ofrecer un proyecto país para el 62%. Tiene que ser una estructura lo más parecida a la Concertación, con comisión política, con secretario ejecutivo, que respete la identidad de cada fuerza pero pueda darle una expresión común al 62%.

Pero en estas semanas de gobierno ya se les fue el 62%.

A las dos semanas ya no existía el 62. Yo les decía hace poco, en una comida con unos ministros: ya cometieron el mismo error que Boric. ¿Cuánto sacaron en la primera vuelta? 24. No se les olvide nunca. ¿Cuánto sacó Boric? 26. Pero creyó que su izquierda era el 55 de la segunda vuelta. Y ahora ellos creyeron que podían hacer cualquier cosa porque sacaron el 58, “el presidente más votado”, la misma historia… Perdóname, eso dura lo que dura, tú vas a necesitar gobernar. Y ganaste, en primer lugar, porque la gente quería que se fueran los que estaban. Entonces tienen que entender que hoy están representando a un 58% que tiene una diversidad y que si no la cuidan se va a ir… Bueno, ya se está yendo.

Igual es difícil crear una Concertación, que priorizaba la estabilidad y los acuerdos, si la mitad de la derecha cree que la fórmula ganadora es avivar los antagonismos.

Bueno, Parisi es la alternativa a esa fórmula. Eso es lo que viene. Si estas derechas duras no entienden que tú tienes que hacer acuerdos, que no todo el mundo piensa como nosotros, perfecto, van a ser lo que es la derecha chilena: un tercio.

Ustedes siempre han criticado que la centroizquierda se dejó arrastrar por la izquierda más dura y con eso se diluyó.

Exactamente. Y yo se lo dije mil veces a mis amigos de la Concertación: si no defienden sus cuatro gobiernos, van a desaparecer.

¿Y ahora les va a pasar lo mismo a ustedes?  ¿Se van a dejar arrastrar?

Puede pasar, está más que claro. Pero no me incluyas en el “ustedes”: les puede pasar. Yo vengo a empujar para que no pase.

Digo “ustedes” por Chile Vamos.

Pero si Chile Vamos no existe, es una sigla. No hizo primaria, es parte del país imaginario que la política es capaz de inventar. No existe coalición, no existen estructuras, no existe la UDI, Renovación, Evópoli, nada. Muchos partidos en Chile ya no existen, les queda el timbre, viven de una estampilla. Y el drama que tenemos es que esta polarización, agravada por las redes sociales, moviliza. Por lo tanto el centro político, que ha desaparecido en el mundo de la izquierda, está en vías de desaparecer acá también. Entonces, creo que el aporte que tienen que hacer la UDI y RN es conservar estas dos derechas, estos mundos, en una estructura política. Porque si los partidos valen nada, la UDI va a ser fagocitada. Como el poder está en Republicanos, un año antes de la elección se van a empezar a ir todos para allá. Y si nosotros corremos la suerte de la Concertación, lo siguiente es el populismo. No es Boric ni Kaiser. Va a haber otro en el medio que va a decir “usted ya probó este, ya probó este otro, nos toca a la gente”. Así de sencillo va a ser el lenguaje, la frase ya está hecha.

¿Pero cómo podrían convencer, los que piensan como usted, a toda esa gente que está tan entusiasmada con la idea de que el estilo Trump y Milei es lo que funciona?

Eso es un mundillo. Están muy poderosos, muy influyentes, pero no es así la política. Si se impone ese mundo, duramos cuatro años, es así de simple. Y la alternativa ya está ahí, con 20 puntos. O, como les digo yo, no se olviden nunca de una cosa: una candidata comunista sacó 40 puntos. No sé en qué otro país una comunista, candidata de un gobierno malo, saca 40 puntos. Pucha, he reflexionado mucho sobre lo que estamos hablando… Porque la derecha, como es centrífuga —porque les gusta el poder, y les encanta el Sin Filtros y todas esas cosas—, se marea con esto. Y hoy es más complejo, porque todos están conectados y escuchan lo que quieren escuchar. Entonces, ¿quién escucha otra cosa? ¿Quién hace política, quién conversa? “Apoyen a Bachelet”, les dije yo. Para qué te voy a contar, me dieron con todo. “Y pa esto vai a volver, Longueira tal por cual…”. Porque anda a plantear una visión diferente en este ambiente. Pero estoy en eso, en decirles todas estas cosas.

El presidente Kast, por un lado, trae la matriz más clásica de la UDI, pero llegó al poder montado en la ola de las “nuevas derechas” y sus amigos en el mundo reflejan esa apuesta. ¿Cree que él todavía no ha elegido entre estos dos caminos?

No ha elegido, efectivamente. Y en estas semanas iniciales veo señales hacia ambos caminos. Si el eje era el gobierno de emergencia, ¿para qué metes los indultos? Todavía no entiendo. Supongo que le tiene que dar una caluga al mundo más duro, para que Kaiser no se enoje, no sé, no tengo idea. Pero al final va a tener que optar. Y yo sé para dónde va a terminar optando, si la política es la política. O eliges lo que te permite tender puentes, o simplemente te desdibujas y unes a tus adversarios.

En favor de los adversarios más duros.

Obvio, se corren todos para allá. En cambio, si tú sintonizas con los problemas de la gente, los más dialogantes van a estar obligados a concurrir, ¿me entiendes? A la seguridad y al crecimiento no se pueden oponer. Ahora, este no es solo un problema de que aquí haya dos derechas. Podría haber una, o cinco, pero igual fallaríamos en la estructura política. ¿Por qué? Porque en nuestro mundo se desprecia lo público, se desprecia la política. Entonces, se instalan en el gobierno y van al mundo privado: 20 ministros independientes. Esto ya lo vivimos con Piñera 1, fue lo mismo. Para esa instalación, Piñera me pidió que le mandara el gabinete que yo haría. Se lo mandé, conceptualmente y con nombres.

¿Y él se fue por otro camino?

Me dijo que inicialmente iba a sacar gente del Congreso, pero cambió de opinión. Porque yo le decía que, después de 20 años en la oposición, los políticos estaban ahí. “Saca a Allamand, saca a Chadwick y sácame a mí, ahí tienes la conducción política, junto a Hinzpeter y Larroulet.” No sacó a ninguno y al año siguiente nos tuvo que sacar a los tres. Pero armar este gabinete era más fácil, porque ya tenías mucha gente que ha estado en la cosa pública y que ha sido un tremendo aporte. No digo que esté mal poner independientes, ¿pero 20? Pon 10. Y metes tres políticos de cada partido grande, elígelos tú si quieres: tres Claudio Alvarado, tres Pepe García y tres republicanos. Un diseño de instalación que para mí era muy simple, ¿me entiendes? Formas ese paraguas común, ordenas a los partidos, hay conducción. No: vamos al mundo privado. Y estas semanas ya me confirman mis temores.

Tuvieron mala suerte con los combustibles, pero se notó que falta algo importante. 

Pero si no es un problema de mala suerte. En política estás expuesto a las crisis, es así. Bueno, aquí vino una, ¿cómo la enfrento? ¿Tengo respaldo político? ¿Qué impacto genero? ¿Cómo la amortiguo? Mira, el mismo día que se aprobó el proyecto sobre el alza de la bencina, yo les dije en una reunión: “Yo, presidente de la UDI, no les voto a favor el proyecto”. ¡No les voto! No acepto que un ministro de Hacienda, de mi gobierno, me diga que va a administrar el alza así. O me presentas una cosa gradual, de seis meses, o no te lo voto. ¿Son mil millones? Endéudate. Hay margen para eso, hay una crisis que lo justifica. Pero cuando la minuta dice que el Estado está quebrado y que hay que traspasar eso, todos te dicen “oye, no, si estamos quebrados”. ¿Te das cuenta del problema? Si en la izquierda todavía deben estar impactados, les llegó un manjar a los 15 días. Y claro, mira los gobiernos de la Concertación: el 95% eran políticos. Eran fogueados, se peinaban…

Pero tampoco les sería tan fácil hoy día.

Está bien, de acuerdo. Hay que ser justos con los que conducen hoy, a lo mejor en nuestra época era más fácil. Hoy la consigna manda, la lógica no es planificar, no es construir un proyecto. Imagínate que en la UDI teníamos planes quinquenales, así de mateos éramos. Ahora la lógica es el poder, la inmediatez, estar todo el día viendo cómo tirar cosas a las redes. Y por eso dominan las cabezas duras, que es el gran problema que tenemos. Es el mismo problema en los dos lados, porque toda esta gente se retroalimenta, se juntan acá y se juntan allá. Y se jactan, además. “Sí pos Pablo, este gobierno sí que es de derecha”. “No, este es de dereeecha…”. ¿Sabes cuál fue una de las gracias de la UDI popular? Que al salir a terreno peleábamos el centro. ¿O tú crees que en las poblaciones yo me encontraba con RN? No los vi nunca. Me encontraba con la DC, con el PS, un poco el PPD, ahí peleabas el voto. El sistema binominal también te ayudaba, no omito ese contexto.

Y si es el mismo problema en los dos lados, ¿tienen hoy alguna capacidad, todos los que quedan en el medio, de contener a estos polos que se los vienen tragando?

No. Y no tenemos capacidad porque estamos insertos en una crisis política, de los partidos políticos. Si no recuperamos una institucionalidad partidista —democrática, en definitiva—, es imposible desmontar esta dinámica. Como cada vez hay menos servidores públicos y más personas a las que les gusta el poder, hoy son puras pymes políticas. Y dentro de una pyme hay varias minipymes. Eso dificulta mucho reconstituir prácticas que son esenciales para que los países progresen. Yo, hoy día, echaría a los de la UDI que en el Congreso voten en contra de principios básicos de nuestro proyecto fundacional.

¿Por qué lo dice?

¡Porque votan como quieren, pues!  A ver, señores: nuestro capital político, habiendo sido el partido más vinculado al gobierno militar, fue que nosotros honrábamos la palabra. Y que éramos todos parte de un proyecto común. Aquí les da lo mismo… ¡Algunos dirigentes eligen a los compañeros de lista, para que nadie les gane! Y hasta pierden ellos mismos por blindarse. ¿Para qué están en la UDI? No entiendo. Imagínate la cantidad de jóvenes, serán más de 200, a los que yo les pedí ir a perder una elección. Así les decía, “ándate a La Pintana, necesitamos que vayas a perder”. “Ándate a San Joaquín, ándate a Vallenar, necesitamos que vayas a perder.” Porque algún día alguien iba a sembrar. ¡Y lo hacían! Hoy te dicen “pero oye, dame una encuesta”.

Ya, pero lo mismo les fue ocurriendo a todos los partidos…

Sí, pero en el caso nuestro era más exigente. No es que fuéramos un partido superior a otros, pero esto era fruto de un señor que hizo un ideario político y que tenía un estilo, una forma de actuar en la vida pública: rectitudes, éticas, coherencias. Aquí había principios teóricos, pero también un estilo de hacer política que conservamos el mayor tiempo posible. A mí me impresiona, porque todavía me junto con cabros de 16 años que dicen “no, yo estoy acá por ti”. No habían nacido, pero escuchan que hubo una cosa muy épica en el mundo nuestro, un proyecto que volcó a muchos a servir, a expandir nuestro ideario en sectores donde no existíamos. No como hoy, que les dicen a los duros lo que quieren escuchar los duros. Yo no le destino un día a la política para eso.

¿Aunque su partido se siga achicando?

Ese es el miedo que tienen todos, pero es un error. Los partidos no mueren de chicos, mueren de irrelevantes. Mira, Guzmán siempre decía: uno está en política para influir. Qué sacas con ser un partido grande, hacer que todos te aplaudan, si al final vas a ser irrelevante. Nosotros éramos chicos e influyentes. Y el proceso de crecimiento siempre lo hicimos con gente formada por nosotros. Muchas veces discutimos, estando Jaime vivo y después: “Oye, ¿abrimos la UDI?”. No. Nunca aceptamos abrirla. Incorporábamos gente que no venía del gremialismo, pero protegíamos lo fundacional, porque eso es lo que hace existir a un partido. En Chile, al final, siempre vas a tener Partido Comunista, que es como una religión, vas a tener a los PS, que son densos ideológicamente, y vas a tener un partido de derecha. Eso va a estar siempre. Pero los otros son frutos de momentos, nacen en coyunturas especiales. Y si no logran mantener lo fundacional, la gente se empieza a ir. Por eso se van de la UDI, se van de la DC. Y cuando hablo con los jóvenes de la UDI, me dicen “oye, Pablo, ustedes tienen que cuidarnos, porque nosotros nos quedamos, dimos la pelea acá adentro para que esto no desapareciera”. Porque los de su generación se fueron todos a Republicanos, que partió un poco rescatando esta mística.

¿Va a ser presidente de la UDI, entonces?

Es probable, eso lo decidirán los militantes. Tengo que competir si se forma otra directiva que quiera ofrecer una alternativa distinta. La legitimidad democrática nace de estar dispuesto a competir. Y si pierdo vuelvo muy tranquilo a mis cosas, porque cumplí con lo que estimé que era mi deber, intentar que vuelva la UDI popular. Porque para todo esto que pretendo hacer, o ayudar a que se haga, necesito una UDI fuerte, con una directiva que vuelva al espíritu original. Y con conducción, porque también se requiere orden. O sea, el que votó mal, echado, esto es un partido político. “Oye, pero necesitamos una ley…”. No, estas son prácticas que tú tienes que imponerte, aunque no haya ley. Yo tuve que hacerlo, por ejemplo, cuando la DC inscribió mal sus candidaturas (en 2001) y nos fueron a pedir que los salváramos, porque iban a desaparecer… Imagínate que en mi primera entrevista como presidente de la UDI, yo había dicho: “Mi objetivo es hacer desaparecer a la DC”.

Le habrán contestado fuerte…

“Ustedes tienen práctica en hacer desaparecer”, me dijeron todo eso. No fue muy afortunada la palabrita. Pero bueno, ahora iban a desaparecer por secretaría. Y el día que explota esto, un domingo, me llama Chadwick: “La DC quiere ir mañana a la UDI a las ocho de la mañana”. Chuta, ya. Llegaron a la UDI y eligieron muy bien a los que fueron, porque no llegó Ricardo Hormazábal, que era el presidente y nos pegaba todos los días. Llegaron los más amigotes, digamos. Entonces empiezan: “Mira, Pablo, a partir de ahora, queremos que las relaciones sean en un nuevo marco…”. No sabían qué decir, ofrecían ya cualquier cosa. Como a los 10 minutos los paré: “Miren, está toda la prensa afuera y no quiero que se piense que esto lo vamos a hacer a cambio de algo. Así que se van altiro y les voy a decir lo siguiente: nosotros vamos a hacer esto, primero, porque somos decentes; segundo, porque somos demócratas, aunque a ustedes no les guste; y tercero, quiero dejarles claro que si yo me hubiera mandado este numerito estaría en Mendoza por echarme a la UDI, porque ustedes jamás harían esto por nosotros”. Se fueron, nosotros nos juntamos con Insulza, acordamos el proyecto de ley, y yo, pregúntale a cualquiera, tuve que desconectar la central telefónica de la UDI.

¿Por qué?

Porque llamaba todo Chile para saludar a mi mamá. “¡Este traidor no es de derecha, va a salvar a la DC…!” A los tres días llegamos a votar el proyecto. Yo notaba que había movimiento en la sala, todos se movían… RN anunció altiro que votaba en contra. Ya, dependía de nosotros, a resistir. Y el PPD nos tira a la Adriana Muñoz que se manda un discurso extrañísimo, diciendo que esto era culpa de Pinochet… Imagínate mis diputados. Los más pinochetistas pasaban por atrás, “¡yo no voy a votar a favor de esta gente…!”. Y en eso me di cuenta de algo: si no se aprobaba el proyecto, todos en esa sala estaban reelegidos, porque se acababan los doblajes.

Entraban todos los de derecha.

¡No, los de izquierda también! Si no había DC al otro lado. Entonces le digo al jefe de mi bancada que pida suspender la sesión y que quería hablar con todos en el comedor. Partimos al comedor, en esa época éramos como 20. “Señores, voy a decir una sola cosa y no se va a ofrecer la palabra. Uno de ustedes que salga al baño y no vote bien, esta noche renuncio a la presidencia de la UDI. Ustedes deciden, voten como quieran.” Volvimos a la sala y todos votaron bien. ¡Cómo iba a desaparecer la DC por esa tontera! Pero bueno, lo que te quiero decir es si tú no recuperas ese mínimo de orden, si sigues permitiendo que cada quien mantenga su pyme, la debilidad de los partidos va a ser completa. Y va a ser aún más difícil reconstituir la centroizquierda —que a mí me interesa que exista, por el bien del país— y no desaparecer nosotros también.

¿Qué vínculos tiene con las nuevas generaciones de la derecha, más allá de la UDI?

Ahora estuve un tiempo fuera, pero he ido descubriendo este mundo que es bien impresionante. ¿Has ido al restorán El Toro?

No.

Ahí se junta toda esta generación sub-45, es un fenómeno. A mí me invitaron y cuando llego veo a 500 tipos: todos los de Sin Filtros, todos los de la Agricultura, todos los de Republicanos, de la UDI, de Evópoli, todos se juntan ahí y son amigos, aunque estén en distintos partidos. Es como si en la época nuestra hubiéramos tenido un bar para juntarnos con Allamand, Espina y todo RN. Tienes que ir a ver, porque es un fenómeno sociológico. Y hay gente muy buena, en todos lados. Lo que no veo muy claro es la posta generacional, que siempre es tan difícil en política. Los veo sin referentes, ¿me entiendes? Nosotros tuvimos uno demasiado potente.

Dentro de este auge de la “derecha sin complejos”, no poca gente —también de RN y la UDI— ha vuelto a sacar del cajón el retrato de Pinochet y reivindica su derecho a admirarlo. ¿Para usted eso es un paso atrás o un sinceramiento que algún día iba a ocurrir?

Un paso atrás, pues. Si nosotros ya habíamos vivido ese proceso, ya eliminamos la segunda estrofa. En los consejos generales cortábamos la canción y seguían a coro, hasta que la gente fue cambiando. Entonces, todo esto es un retroceso para mí. Los 50 años del golpe fueron un retroceso completo, un desastre. Polarizaron, dividieron a una sociedad que había avanzado. Tanto que en esos días me topé con Osvaldo Puccio y me acuerdo que le dije: “Qué lamentable todo esto, hagamos algo. Escribamos un libro que se llame Vidas paralelas, donde cada uno cuente sus 50 años”. Yo tengo como 70 chats en el teléfono, me informo con eso y los diarios, porque no veo televisión. Y ahí veo las cosas que se mandan, los reels, y veo cómo resucitan a Pinochet, que está más vivo que hace 30 años… Recién se acaba de cerrar ese círculo, gracias al plebiscito del 22, y ya lo quieren abrir de nuevo. Mira, Jaime Guzmán tenía una frase histórica: la política es 10% inspiración y 90% transpiración. Bueno, estos cambiaron el guarismo: se inspiran 90 y transpiran 10.

Y pensando no solo en Chile, sino en el mundo que se está configurando, ¿qué sería para usted, en los tiempos que vienen, cuidar la democracia?

Mira, déjame latearte un poco. Yo valorizo en la transición chilena solo dos hechos políticos importantes, que para mí marcaron todo lo demás. El primero, cuando la Concertación decidió inscribirse en los registros y “ganarle al dictador en las urnas”, como decían. Esa fue lejos la decisión más importante. ¿Por qué? Porque evitaron que Pinochet ganara un plebiscito con el 98% de los votos, en un país donde la mayoría no quería seguir con él. Y el segundo hecho, que a mí me marcó mucho, fue el acuerdo que hizo la UDI el año 90 para que Gabriel Valdés presidiera el Senado. Eso a mí me impactó, porque lideramos un acuerdo contra nuestro sector. Yo estaba recién elegido y en la plaza de San Bernardo me gritaban “¡Longueira traidor, no votamos más por ti…!”. Hay que ponerse en el momento, muy polarizado todavía, Valdés para la derecha era lo peor. Pero Jaime se atrevió a hacer ese acuerdo y yo, como discípulo de él, registré eso y lo hice muchas veces después. La gente conoce tres o cuatro, pero hice más de 50 acuerdos, que nadie sabe que los hice. No había ministro de Hacienda con el que no trabajáramos de día y de noche para sacar las cosas adelante. Y no hay nadie que haya sacado más parlamentarios al baño que yo. Nadie.

¿Para que no votaran en contra?

Por supuesto. Me llamaba, no sé, Andrés Velasco, “oye, Pablo, faltan tres votos para esto”. Listo, sacaba a tres al baño. Para aprobar una ley que era buena, obviamente. Así funcionó esta cuestión. Y reconozco que a mí, que no me gusta la política, eso me llenó. Sentí que estaba siendo útil, ¿me entiendes? Hicimos muy buenas políticas públicas con un nivel de consenso notable. Y fueron los años más exitosos para mi país a pesar de que yo estuve casi siempre en la oposición. Creo que eso me permitió encontrarle sentido y quedarme en la política. Porque lo otro que puede llenarte es la ambición, pero yo nunca logré tenerla. Siempre supe, o intuí, que no podía ser candidato presidencial, porque se necesita algo que no tengo.

¿Pero se deprimió cuando fue candidato?

Obviamente. No tenía la energía para enfrentar ese desafío. Y ya lo sabía. Cada vez que era candidato a algo, contaba los días para que se acabara la campaña, me cargan las campañas. Y cuando se cayó la candidatura de Laurence Golborne, dije “bueno, hay que hacerlo, voy a administrar esto”. No lo pude administrar. Me violenté tanto que el cuerpo me pasó la cuenta. Lo pasé pésimo, pero para mí no fue ninguna sorpresa. Me falta lo esencial, ¿te das cuenta? Ahora, eso también te ayuda, porque tú lo que haces en política es administrar puros egos. Como yo no aspiro a nada, para mí es más fácil.

¿Y qué es lo que más le cuesta?

Yo creo que la cosa más compleja en política es el esfuerzo de conducir a los tuyos y coincidir con los otros. ¿Por qué? Porque si no coincides, te aplauden todos tus amigos. Además en la política te pasa una cosa rara: cuando tú estás conduciendo, estás todo el tiempo tratando de evitar escenarios, pero no te evalúan por eso. Después, con el tiempo, dicen “ah, tú erís estadista, por el acuerdo que hiciste con Lagos”. Pero a mí me sacaron la cresta cuando hice lo de Lagos, porque no se comprendía la crisis institucional que estábamos evitando. Entonces, si tú me dices cuidar la democracia, yo creo que el liderazgo para coincidir, el coraje para coincidir, va a ser lo más importante. Y en este ambiente en que los cabeza caliente dominan el espectro político, yo por lo menos me resisto a que desaparezca la centroderecha dialogante, que entiende que los países progresan con los acuerdos. Y para que nosotros nos mantengamos, necesitamos una centroizquierda también. No sé si lo logre, pero esto es lo que me motiva a volver. ¿En qué podemos coincidir? Yo quiero coincidir. Hoy día planteo todo esto y dicen “está enfermo de la cabeza”, “sigue enfermo”. Me da lo mismo. En esto creo. Y creo que al final vamos a volver a esto, porque la alternativa va a ser el populismo, no hay dos caminos. Si le dices al otro “miserable”, “ladrón”, vas desprestigiando esto, vas desafectando a la gente. Hoy día a todos nos cuesta más conseguir gente para lo público, porque lo público está destruido. Y si hubo un capital político en Chile, fue que la izquierda, el centro y la derecha llevaban buena gente a lo público.

Pero tratándolos de “parásitos” ahora…

¡Por eso te digo! ¿Quién va a meterse a esta cosa? Y en la política no existe el vacío: o lo llenas con gente proba, capaz, o lo vas a llenar con pillos que irán a pegar un manotazo. Los de ellos o los nuestros, no es un problema de sectores. Y esto claro que pone en riesgo la democracia, si los populistas nacen de estas coyunturas, así nació Chávez. Hoy tú dirás que Parisi representa eso, pero cuántos más pueden salir en 10 años. Entonces, si no reconstituimos la centroizquierda, y si no potenciamos lo que queda de la centroderecha, no viene nada bueno para el país, te lo digo. Podemos tener una aventurilla que termine en cualquier cosa.

¿Cuando habla de reconstituir la centroizquierda está poniendo el corte en el PS o incluiría en esa trama al Frente Amplio?

Yo creo —creo, puedo estar fantaseando— que el Frente Amplio debiera desligarse algo más del PC. En la derecha me dicen que soy demasiado optimista; lo soy, pero creo que algo cambiaron, si todos cambian, nosotros también cambiamos. Yo digo que aquí estamos transitando de una anormalidad democrática, en que se trató de tumbar a un presidente elegido democráticamente y todos miraron para el lado, a la normalidad. ¿Qué significa eso? Que volvemos a consensuar prioridades y que vuelve a haber una mirada constructiva en el mundo del gobierno y de la oposición. Y para esto la UDI es importante, tiene la experiencia de la transición anterior; y en la izquierda estuvieron en el gobierno y también tienen experiencia. Entonces capturemos esta transición, prestigiemos lo público, la política, la amistad cívica. Volvamos al periodo exitoso, si tenemos la experiencia aquí, en nosotros. Bueno, todo esto es lo que predico ahora. Y me dicen que tengo razón o que me vaya un ratito largo a la Patagonia.

 

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