El Partido Republicano no sólo gobierna: también se proyecta hacia el futuro y forma a sus jóvenes militantes. En marzo pasado, mientras José Antonio Kast asumía la presidencia de la república, Gonzalo Rojas (quien fuera su profesor más cercano en la PUC) lo hacía como director de formación del partido. En esta entrevista, el historiador y doctor en Derecho describe en qué consiste la formación “de modelo guzmaniano” que lleva adelante, así como el proyecto conservador —y no neoliberal— que este gobierno, según espera, podrá asumir en propiedad dentro de algunos meses. Más simpático en persona que en sus columnas, pinochetista hasta el final, Rojas cree que estamos en los comienzos de un cambio cultural que tomará varias décadas, y asegura que las élites, en sus reuniones sociales, “hacen pedazos” a Kast con el mismo desprecio de clase que algún día sufrió Manuel Montt. También entra en otros debates históricos: “Si Piñera merece estatua, merecen estatua todos los presidentes de Chile”.

 

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No quiere mandarse las partes: en más de una entrevista lo han definido como el “mentor de Kast”, pero él afirma que su único mérito fue tener buen ojo. En 1984, cuando el actual presidente de Chile llegó a matricularse en la Universidad Católica, quien recibía a los alumnos de Derecho era el profesor Gonzalo Rojas, un gremialista empapado no sólo del ideario de Jaime Guzmán, sino también de su espíritu reclutador. De inmediato percibió que ese hermano menor de Miguel Kast —fallecido hacía pocos meses— tenía algo: una sencillez, una coherencia en la que valía la pena trabajar.

La relación, desde entonces, fue siempre estrecha. Rojas guio a Kast en su tesis de licenciatura, asistió al matrimonio de su pupilo, fue visitado por los Kast Adriasola mientras cursaba su posdoctorado en Estados Unidos y, a la vuelta de los años, tuvo por ayudante de cátedra a Josefina Kast, primogénita del mandatario. Desde luego, fue de los primeros en acompañarlo cuando en 2016 rompió con la UDI. Así rememora la escena fundacional: “Nos reunimos en este departamento [que usa como oficina] unas 20 personas. José Antonio había decidido que se iba del partido, así que le dijimos: ‘Si tú te vas, nos vamos contigo. No te puedes ir solo’. De los que estábamos ahí, todos menos uno decidimos abandonar la UDI y venirnos con él a fundar no sabíamos qué. No había nombre”.

Como lo sabe cualquier lector de sus artículos, Rojas es un conservador sin atenuantes: hispanista, numerario del Opus Dei, admirador del orden portaliano y, como buen anticomunista, historiador obsesionado con el Partido Comunista de Chile. Una tipología en la que encaja, eso sí, con aires de bicho raro, al igual que muchos de su partido. Por lo pronto, no es fácil precisar si Rojas se siente arraigado entre las élites que lo rodean o en abierto conflicto con ellas. La trayectoria que dio origen a sus inquietudes —políticas y espirituales— también revela un estilo particular.

Mis padres votaban al Partido Liberal y luego al Partido Nacional, pero no tenían especial interés en la política. Mi padre era contador, mi madre dueña de casa. Y mis hermanos mayores tampoco tenían interés en la vida pública, de hecho ninguno de los dos es profesional. Pero sucede que yo estudié en el mejor colegio que ha habido nunca jamás, que fue el Saint George’s de los años 50 y 60. Eso me marcó tremendamente. Y en 1969 ese colegio extraordinario entró en una crisis. Contrataron a un profesor de filosofía marxista, Gustavo Miranda Narea, que polarizó muchísimo la situación. Hay que situarse en el momento, un año después del Mayo Francés, dos años después de la toma de la Católica. A raíz de esa crisis, unas 300 familias se fueron del colegio.

¿Familias de derecha?

Sí, se fue la gente de derecha. A mí no me cambiaron porque era el hijo menor y además no quería irme, amaba y sigo amando a mi colegio, soy un georgian. Pero ante esa crisis, que me pilló en tercero medio, en mi curso tomamos partido. Máximo Pacheco, Vicente Sabatini, Rafael Guilisasti, Carlos Tironi, se fueron por la izquierda. Y otros nos fuimos más bien por la derecha. Pero yo me definí por contradicción, no por opción: “Yo no quiero ser de izquierda”. Otra cosa muy importante para mí fue la Guerra de Vietnam, porque desde los 14 años seguí esa guerra al detalle, con mapas, cambiando las banderitas de aquí para allá. Y creo que haber tomado partido por los Estados Unidos me marcó. Me hice profundamente anticomunista.

¿Y usted se acercaba a estos asuntos desde el fervor católico? ¿Eso sí lo traía de familia?

Tampoco. Mi padre y mis hermanos no practicaban. Mi madre sí era una católica de misa dominical y yo la acompañaba a misa. Lo que pasó fue que en el Saint George’s estuve muy vinculado con una especie de pre teología de la liberación. En esa época los curas se sacaron el hábito, empezaron a decir la misa alrededor de una mesa, nos hacían predicar… Yo prediqué varias veces en misa, algo que los laicos no podían hacer, pero les daba lo mismo a los curas. Y en un momento dado, en agosto del 69, conocí el contraste: conocí el Opus Dei. Y dije “esta cuestión es para mí”.

¿Por qué sintió que era para usted?

Porque leí Camino, el primer libro de san Josemaría, y me hizo crujir: “Chuta, qué penca soy, qué poca cosa soy, qué gallo más flojo, lateado, sin ideales”. Esa cuestión me conmovió profundamente, tenía 16 años. Y en cierto modo, desplegué una personalidad, como quien dice “tengo que cambiar de vida”. Yo era un gallo del montón, salí con 5,8 de promedio. No sé cómo egresé de cuarto medio, porque jamás entendí nada de física, ni química, ni matemáticas, ni les puse el menor interés. Pero esto me removió. Entonces el año 70 fui presidente del centro de alumnos y —un honor mucho más grande para un georgian— el capitán del equipo de atletismo. El último equipo del Saint George’s que fue campeón masculino de atletismo, y este señor fue el capitán. Además, ese año había vuelto a Chile el cura Gerardo Welan, el personaje de Machuca. Entonces, él como rector y yo como presidente del centro de alumnos, nos encontramos con nuestras némesis.

Porque usted ya era Opus Dei.

Claro. Y él venía con una teología de la liberación —aunque no se la llamaba así— totalmente impregnada. Nosotros, por ejemplo, nos poníamos las notas unos a otros. Imagínate, cabros de 16 años no le iban a poner un 4 al compañero. Esa cuestión fracasó, naturalmente. Entonces esa némesis con el rector hizo que yo ratificara otro tipo de convicciones.

¿Y en qué momento se volvió tan místico?

¡¿Místico?! Yo no soy un místico.

Pero es soltero porque hizo voto de castidad, no es menor.

No, si tuviera voto sería religioso. Los numerarios del Opus Dei tenemos un compromiso personal, pero somos laicos comunes y corrientes. Es un compromiso espiritual, que yo tengo con Dios, de celibato.

¿Pero a qué edad lo asumió?

Interiormente, a los 16 años, unos meses después de conocer el Opus Dei. Y a los 18 lo pude formalizar porque ya era mayor de edad. 

¿Y no hay que ser un poco místico para tomar esa decisión a los 16 y mantenerla toda la vida?

Yo te diría que es hacerle caso a lo que Dios le pide a uno, nomás.

La religión y la política, entonces, le llegaron más o menos juntas.

Sí, pero la política me interesaba mucho menos. De hecho, cuando entré a Derecho en la Católica, en marzo del 71, a los pocos días me abordó Lucho Cordero, que iba un año más arriba. “¿Quieres conocer el gremialismo?”, me preguntó. Y mi respuesta fue: “No quiero saber nada con política”. Y Lucho me dijo: “Justamente en eso consiste el gremialismo”. Ahí comenzó esta andadura, pero como un alumno de primer año, rasca, sin ninguna relevancia. Y el año 74 fui presidente de Derecho. Fui el primer presidente designado, sugerido al rector por Carlos Bombal que era el presidente electo anterior. Así que yo, fíjate, fui presidente del Saint George’s y de Derecho en la Católica sin haberle ganado a nadie. En el Saint George’s no hubo candidatura rival y en Derecho me designó el rector. Nunca fui candidato ni a concejal, no sirvo para eso.

¿Su rol en la política ha sido pensar?

No, mi rol ha sido formar. Como pensador, no tengo ninguna originalidad. Llevo 18 años en El Mercurio y todavía me cuesta escribir mi columna. Pero sí me considero un muy buen profesor y un muy buen formador. Yo gocé con mi docencia, estuve casi 45 años enseñando en la Católica. Y mis primeras actividades de formación datan del año 84, cuando Jaime Guzmán nos pidió viajar a dar charlas a los alumnos gremialistas de Talca. Recuerdo que viajé con la Marcela Cubillos, que era estudiante. O sea, hace 42 años que estoy en este cuento. La novedad es que siempre lo había hecho ad honorem, y ahora en el Partido Republicano, por primera en mi vida, esto es remunerado. Así que le puedo dedicar más tiempo.

 

 

El proyecto republicano

Al rastrear en internet las actividades de formación que usted dirige en el partido, sorprende la cantidad de cursos y la variedad de ciudades donde los ofrecen. ¿Cuál  sería el plan, el horizonte al que apunta todo este trabajo?

Nosotros nos planteamos un plan de formación porque en el Partido Republicano hay una realidad muy distinta de la que teníamos en la UDI. Guzmán, cuando decide armar la UDI, tiene a lo largo de todo Chile pequeños núcleos de gremialistas con un pensamiento en común, porque habíamos recibido de él unas pocas ideas madre. Unas pocas, bien digo, porque Guzmán no era un intelectual de alto vuelo, era una inteligencia de alto vuelo. Sus lecturas eran muy focalizadas, muy concretas; no era un hombre de especulación, sino alguien que aterrizaba principios de muy larga data a la política chilena. Y eso lo hacía con una inteligencia extraordinaria, por lo que había estos núcleos de gente que él venía formando. El Partido Republicano no tenía nada de eso. De hecho alguien, con toda razón, lo llamó “el partido de los huerfanitos”. Porque a este proyecto llegaron libertarios, ex UDI, ex RN, ex DC, pinochetistas, exmilitares, evangélicos, independientes… O sea, huerfanitos. Gente que había estado aquí o allá y que dijo “aquí hay una opción”. La figura del presidente Kast fue muy importante para aglutinar, porque no había otras grandes figuras. El magnetismo de José Antonio, la simpatía, esa cosa tan curiosa que él junta de alemán con huaso. Pero en términos de un pensamiento en común, con la militancia republicana partes de cero. Eso te lleva a diseñar planes de formación para este mundo de la sumatoria de huerfanitos, tratando de darle una estructura formativa de modelo guzmaniano. Y vamos para allá, estamos lanzados.

Algunas convocatorias dicen, por ejemplo, “sólo para menores de 31 años”.

Sí, es una vieja convicción mía: en las reuniones de formación no hay que mezclar jóvenes con adultos. Por las malas experiencias que he tenido.

¿Qué pasa cuando se mezclan?

Que los adultos empiezan a contar sus batallitas, pues. “Porque yo en la UP…”, “porque ustedes, jóvenes, no saben que…”. Y los cabros comienzan a mirar como diciendo “yo vine a otra cosa, no a oír a estos viejos lateros”.

Por los títulos de los cursos, parece que enseñan mucha historia.

El modelo consiste en entregar unas pocas convicciones certeras en cuatro pilares: en lo antropológico, en la teoría política, en historia de Chile y en historia universal contemporánea. Que la gente sepa lo que es la persona humana, que conozca la teoría política en la que basamos nuestros principios, que entienda su país y la inserción que ha tenido su país en los siglos XX y XXI. Eso estamos haciendo. En marzo hubo más de 30 actividades y en mayo ya tuvimos más de 50. Y yo hago otras por mi cuenta, no importa que sean chicas. Esta mañana, por ejemplo, di una charla de formación para seis personas. Y por la tarde, a las tres y media, vienen tres universitarios. Y a las cuatro y media viene otro a una tutoría sobre la política de Aristóteles. Toda esta tarea va a dar mucho fruto, muuucho fruto, en los próximos 10 años. Como dio fruto la que hicimos desde la Fundación Jaime Guzmán. Te podría nombrar siete u ocho diputados republicanos que son verdadera artesanía de esos planes de formación. Y si hablamos del gobierno, Max Pavez, la Jesús Wulf, Martín Arrau, un lote de seremis, un lote de delegados provinciales, un lote de jefes de servicio, son personas que pasaron —unas más, otras menos— por estos planes cuando estaban en la UDI.

Pero ustedes decían que en la UDI ese espíritu se había perdido.

Lo perdimos con el lavinismo. Para mí Joaquín Lavín es una excelente persona, le tengo gran afecto y sufro con los sufrimientos que él tiene, porque lo está pasando mal. Pero desde el punto de vista de lo que hizo en la UDI, soy completamente antilavinista. El lavinismo fue lo que comenzó a distanciar al presidente Kast y a algunos que éramos más viejos. “No, esto no es. Esto no es lo que Jaime quería.” Y ahí apareció una generación que era la última esperanza. Allá por 2005, yo dirigía la revista Realidad e hicimos una portada en la que estaban Rodrigo Álvarez, Marcela Cubillos, Darío Paya, Gonzalo Uriarte, Marcelo Forni y el presidente Kast: “La generación bisagra”, la llamamos. Eso cayó muy, pero muy mal en los coroneles. “¿Por qué Gonzalo Rojas se manda las partes de poner a estos seis gallos?” Y fíjate lo que son esos seis ahora. O sea, le apuntamos. ¿Pero qué pasó? Esa generación no tuvo despegue, los coroneles seguían ahí. Por eso se terminaron yendo del partido.

¿Y por qué no entraron ellos ahora al gobierno, en vez de otras figuras inexpertas?

No sé, eso te lo puede contestar el presidente, yo no lo veo desde junio del año pasado. Pero la Marcela va a volver por sus fueros y lo va a hacer muy bien para adelante. Paya es una reserva. Álvarez es la súper reserva de este gobierno. Están ahí, no te sorprendas cuando aparezcan.

Más allá del pragmatismo que pueda orientarlo en el corto plazo, ¿cuál es el proyecto del Partido Republicano? ¿Qué sociedad aspira a construir?

Una sociedad basada en la concepción judeocristiana y grecorromana —para darle ya una parafernalia enorme— de la persona humana. O sea, la persona como un ser y criatura, por lo tanto trascendente. Por lo tanto, digna. Lo que significa puras cosas más viejas que el hilo negro, pero que hoy están en cuestión: respetar la vida desde la concepción hasta la muerte naturales; respetar los derechos de los padres como primeros educadores; construir un Estado subsidiario y una economía social de mercado, con un foco muy importante en los más pobres; inserción adecuada de Chile en el plano internacional y rechazo a la globalización 2030. Y desde el punto de vista histórico, recuperar lenguaje, sentido de la familia, tradiciones nacionales… Es un proyecto conservador, para qué darnos tantas vueltas. Con proyección, pero conservador.

Ha contado que la noche de la segunda vuelta, cuando ganó Kast, pensó: “Esto es de Jaime Guzmán”. Pero hasta hace poco se asumía que el proyecto de Guzmán ya no tiene cabida en un Chile tan secularizado y liberal. ¿Dónde ve la vigencia de ese proyecto?

Una de las frases que más me han marcado en la vida, porque la pienso y la repienso y la difundo todo lo que puedo, es de Octavio Paz: “Un día u otro, la realidad desgarra sus velos y reaparece”. Qué frase… Admiro mucho a Octavio Paz, El laberinto de la soledad me parece de los libros más importantes que uno puede leer. Y creo que esa frase describe lo que está pasando en Chile: que las capas de secularización, de relativismo, de consumismo, construidas con la colaboración de buena parte de la derecha económica, han comenzado a recibir desde abajo la emergencia de una realidad antropológica muy sólida. Creo que no es sólo una cuestión de “quiero más seguridad”, “quiero oportunidades económicas”, “no quiero inmigración”. Todo eso está presente, pero con un movimiento tectónico que viene de muy abajo, y que dice: “Quiero volver a ser lo que creo que tengo que ser y que no hemos estado siendo”. Hay una cosa profunda ahí, esa realidad que va desgarrando velos y va reapareciendo en la historia de Chile. La recuperación del sentido de familia, la defensa de la vida, la reformulación de pequeñas comunidades. Todo eso es muy incipiente todavía, recién parte el 4 de septiembre del 22.

Guzmán representa la alianza entre las ideas conservadoras de siempre y el entusiasmo por el mercado como regulador social. ¿No cree que él se tendría que estar arrepintiendo un poco al ver el tipo de sociedad que genera el afán de rentabilidad como ley de la vida en común?

Sí, sin duda. No por el mecanismo que se puso en marcha, sino por la carencia de contrapeso antropológico moral. Y en eso somos responsables, y quizá culpables, la generación que lo acompañó en el gobierno militar y desde la universidad. No supimos darnos cuenta de que se estaba produciendo un desbalance muy fuerte: un incentivo a la productividad en todos los órdenes de la vida, menos en el orden antropológico moral. El orden del “no, eso no se hace”, “no, eso no conviene porque daña a otros”, lo fuimos dejando de lado. Y ahí está esa famosa frase de Guzmán —creo que es del año 89— a la cual nosotros recurrimos mucho ahora: “Quiero tocar una campana de alerta. Si la mejor de nuestra gente sólo se dedica a ganar plata, no se quejen después del Chile que van a vivir sus hijos. Quizás con los bolsillos llenos, pero con las almas vacías”. O sea, el hombre se dio cuenta de que no habíamos hecho el despliegue paralelo de ambas dimensiones.

La derecha que lamenta este mundo de uso y descarte, donde todo es materialismo, desapego, pornografía, culpa de esto al relativismo cultural de la academia de izquierda. ¿No será una salida fácil para no tener que cuestionar el dominio del mercado sobre las interacciones sociales?

Sí, pero si tú estudias a Wilhelm Röpke, el gran teórico alemán de la economía social de mercado, él siempre buscó ese equilibrio. O sea, si los mercados son el conjunto de las interacciones humanas, no pueden ser una dimensión puramente cuantitativa, limitada a lo que produce rédito en la cuenta. Tienen que contemplar, y no sólo contemplar, sino tener por fundamento, la interacción solidaria, la interacción de gratuidad —a la que Benedicto XVI se refiere tanto en la encíclica Caritas in veritate—, la cultura de la donación, el voluntariado… Pero si tú dices hoy que eso es parte del mercado, un economista te va a decir “no, porque no tiene rentabilidad”, “porque no lo puedo medir”. Es la torpeza del economicismo en que pudimos haber caído. “Miremos los índices.” Sí, pero también hay unas cosas que se llaman índices de desarrollo humano, índices de felicidad… A usted le gustarán más o menos como instrumentos, pero téngalos muy en cuenta. “No, porque eso viene de la sociología de izquierda…”. No sea huevón.

Por ponerlo así, ¿prefiere un mundo construido por Elon Musk o por los jesuitas?

No, ni uno ni otro. Prefiero un mundo construido por las miradas de Wilhelm Röpke, de Raymond Aron, de mi ídolo absoluto que es Vaclav Havel. Cuando uno lee a Havel, que no es creyente —aunque creo que fue bautizado de niño—, él entiende muy bien la interacción de lo económico con las restantes dimensiones de lo humano. ¿Por qué? Porque el compadre es artista, es autor de obras de teatro del absurdo, llega a ser presidente de Checoslovaquia porque tiene una formación y una dimensión estético-antropológica: eso nos faltó. Yo creo que Guzmán, si hubiera vivido 20 años más, habría logrado recomponer la situación. Porque se dio cuenta. Esa frasecita de la campana de alerta revela que el hombre en algún momento dijo: “¡Uy! Hemos creado un Frankenstein. Cuidado”.

¿Y cómo entra en estas preocupaciones el gobierno de Kast? Usted ha declarado la aspiración de que comience “una nueva época”.

Sí. Es demasiado pretencioso, pero no hay por qué quedarse corto en lo que uno plantea. Lo importante es que haya —tanta gente se ha quejado de esto y creo que tiene razón— un relato consistente que apunte a recuperar todo eso que no supimos plantear en su momento: el respeto por la dignidad humana, el principio de autoridad, la familia y los cuerpos intermedios como el tejido social más importante, la responsabilidad que traen consigo las libertades. Y el sentido de la trascendencia de la vida, sin caer en una mirada religiosa, porque la fe que uno tenga es personal. Esa es la corrección que está pendiente y que la emergencia no debe dejar de lado. Por lo tanto, tiene que haber de parte nuestra, los que estamos en una quinta fila, una cierta insistencia en esos conceptos.

¿Y están insistiendo?

Bueno, aquí, en este mismo departamento, nos juntamos desde diciembre 20 profesionales, dos veces al mes, que venimos trabajándole elementos de relato al Segundo Piso. Porque nos preocupa que se marquen cuatro o cinco ideas madre muy centrales. No ideas fuerza, porque eso suena a construcción del momento, para impactar. No: ideas madre, de las que vienen los hijos, los nietos. En eso estamos, le vamos dando al Segundo Piso esos insumos. Porque el día a día de esta gente debe ser terrible, entonces nosotros, que estamos afuera, después de cada reunión mandamos una minutita de hoja y media: “Traten de ir por aquí, traten de ir por allá”. Si lo tienen en cuenta, macanudo. Es una función intelectual de consejo, que es de las cosas más olvidadas hoy en Chile: dar consejo sin esperar nada a cambio, pedir consejo aunque no tengas que someterte a él. Hace unos 40 años, Fernando Silva Vargas, gran historiador, tituló una columna así: “La frase más importante de la historia de Chile”. Y uno piensa: “Al abordaje, muchachos”, “Aún tenemos patria, ciudadanos”, “Morir con honor o vivir con gloria”. No. Él contaba que un ministro del presidente Prieto, que no era Portales, llegó un día a preguntarle algo al presidente. Y Prieto le dijo la frase más importante de la historia de Chile, que son tres palabras: “Pregúntele a Bello”.

Buena frase.

Pero eso está perdido. Pidan consejo, déjense aconsejar. Aconsejar, no mandar.

Pero un gobierno no puede tener un relato sin políticas concretas que lo encarnen. ¿Cree que esa agenda conservadora se puede empujar hoy desde el gobierno?

Sí, pero quizás en tres o cuatro meses más. Todavía estamos en el momento de lo urgente, pero creo que dentro de unos meses va a ser bastante factible dejar atrás la mentalidad de emergencia. ¡Si tampoco se puede vivir en un estado mental de emergencia!

Lo decía Trotski, así que debe ser verdad.

Ah miéchica, si lo decía Trotski lo pongo en duda… No, Trotski es un genio. Lo he leído con detención, es un genio absoluto. Entonces, por allá por septiembre, octubre, creo que va a venir un momento de decir “ya, muy bien: hemos pasado los primeros seis meses, tenemos estos logros, mantenemos estos problemas, pero elevemos la mirada, a ver cómo proyectamos esto hacia adelante”.

Desde su mundo suele decirse que el problema de Chile no es la desigualdad, como piensa la izquierda, sino una crisis de sentido. ¿Cree que prohibiendo el aborto, o estableciendo que sólo hay dos sexos, esa crisis de sentido se va a empezar a disipar?

No, en absoluto. Las legislaciones ayudan, pero no son lo determinante. Lo que realmente cambia a las personas es el conjunto de criterios que se entregan desde la infancia en adelante, y que van trabajando en conjunto la familia, la escuela, las iglesias que se asoman. Si hubiera una mayoría en el Congreso —que no la hay— para suprimir las tres causales, o para eliminar todos los sesgos del generismo, como me gusta denominar a esa ideología, ¿qué importaría eso si no hay un cambio cultural? Y yo estoy muy confiado en que ese cambio va a venir, pero le va a tomar a la sociedad chilena 30, 40, 50 años. Piensa que la toma de la Católica fue en 1967, o sea que el año que viene van a ser ¡60 años! de una tendencia contraria a estos planteamientos. Por lo tanto, habrá que esperar —yo no lo voy a ver, obviamente— los años que sea del caso. Y no va a ser la legislación el instrumento decisivo.

Por lo que dice, usted ve una continuidad entre el marxismo de los 60 y la izquierda cultural de hoy. Se supone que ya son cosas totalmente disociadas.

¡No, no lo son! Los vínculos pasan directamente, primero por Gramsci, después por la Escuela de Frankfurt, después por los posmodernos, Foucault, Deleuze, Guattari, y finalmente por nuestros nuevos amigos, Chantal Mouffe y Laclau. ¡Ahí hay toda una continuidad! Tal como lo hizo Lenin respecto de Marx. Yo no he sido un mal lector de Lenin, y cuando uno lo lee dice “bueno, este señor hizo lo que quiso con Marx”. Y los sucesivos han ido haciendo lo que han querido, desde Gramsci para acá, para irle encontrando la vuelta al eslabón siguiente.

¿Y cuál sería, para usted, el sustrato común de toda esa cadena?

Dos elementos: materialismo y lucha de clases. Eso está presente siempre, aunque cambien los elementos de la mirada materialista y aunque cambien los polos de la lucha de clases. Hoy el materialismo tiene que ver menos con los modos de producción y más con una contradicción a cualquier espiritualismo. Y las clases sociales, que con Marx eran burguesía y proletariado, ahora son los abusadores y los abusados, cuales sean las condiciones que tengan. Pero materialismo y lucha de clases, desde Marx hasta acá, siempre hay.

Perdone que insista, pero atribuir el materialismo de esta época a un triunfo de esa izquierda, ¿no es una evasiva para no enfrentarse al liberalismo y a las lógicas de mercado?

Mira, nuestra visión nos separa tanto de Karl Marx como de John Locke. Cuando Locke dice “vida, libertad y propiedad”, está cambiando la vieja trilogía española de “honra, vida y hacienda”. Primero era la honra. Desapareció la honra de la trilogía de Locke. Así que la distancia que tenemos con los liberales, aunque no sea la que tenemos con los marxistas, es mucha distancia. Y reconocemos, como Guzmán en la frase que te cité, que ese materialismo es un problema a corregir. Los marxistas, en cambio, no van a querer corregir su dimensión materialista, ni los liberales su visión autonomista-materialista. Los conservadores, si hemos cometido ese error, tenemos que querer corregirlo.

¿Y este gobierno va a ser más humanista que neoliberal?

Espero que sí. Pero eso depende de cuánto asuma el relato del que hemos hablado. De cuánto asuma su concepción propia de una antropología occidental cristiana. Si no la asume, bueno, terminará siendo un gobierno neoliberal. No digo darwiniano, al modo de Fischer o de Covarrubias, pero neoliberal a fin de cuentas. Yo espero que no. Sigo convencido de que va a terminar siendo —no por influencia mía, ni nada que se le parezca— un gobierno de impronta conservadora.

 

La normalidad de Kast

Tomando en cuenta lo que venimos hablando, ¿qué es lo que más le gusta de José Antonio Kast?

La permanencia de su carácter. Me encanta que el hombre no juegue un papel, sino que sea quien es. Carlos Peña lo ha criticado mucho, y otros también, por no tener esa puesta en escena de los grandes, ¿no? Esa grandeza de Arturo Alessandri, Salvador Allende, Frei Montalva, ni qué decir Lagos. Bachelet menos, Piñera trataba… Pero el presidente Kast no tiene eso, y a mí me encanta que a través de su candor sea capaz de transmitir la simplicidad de la vida, la normalidad que tenemos que recuperar. Cuando una persona está muy dotada en el plano retórico, esa retórica podrá ser eficaz, pero es hueca. Y pienso que estamos frente a la situación contraria: una carencia casi completa de retórica, casi completa de puesta en escena, pero que por su misma sencillez puede ser muy eficaz en sintonizar con el chileno común y corriente. A mí me conmovió que el presidente, siendo un hincha de Católica, sostenga que los equipos grandes deben tener estadio. Porque sólo queda un equipo grande, el mío, sin estadio. Parece una tontería que yo me refiera a esto: no, no es una tontería. Es un signo muy claro de cómo el presidente Kast, desde su sencillez, percibe que muchísimos, millones de chilenos azules, que pucha, lo hemos pasado bastante mal, necesitamos el estadio. Sería una vanidad muy grande pensar que estaba pensando en el pobre Rojas, pero él sabe cuánto he sufrido y cómo sigo sufriendo por la U.

También debe gustarle, entonces, que Kast viva en La Moneda.

Me encanta. Porque no es habitar la presidencia al modo del presidente Boric, sino incorporándola al propio ser nacional. Fíjate que dentro de cuatro semanas, el 8 de julio, se cumplen los 200 años de la Presidencia de la República. Entonces el hecho de que él viva en La Moneda va a poder hacer, en este año del bicentenario, un vínculo afectivo muy grande entre persona, institución y lugar físico. Y necesitamos ese tipo de vínculo, esas cadenas de asociación que las ideologías rompen y en las que tanto creemos los conservadores.

Usted fue el autor intelectual de la comparación que se ha hecho entre el presidente Kast y Manuel Montt, una idea que prendió harto.

¿Por qué dices que prendió?

Hay gente repitiendo eso y el mismo presidente recomendó un libro sobre Montt. ¿Por qué eligió esa figura como modelo histórico para Kast?

Bueno, yo tengo dos ídolos en el siglo XIX. Uno es Manuel Montt y el otro es Manuel José Yrarrázaval. El segundo porque hice la biografía de Manuel José, un chileno extraordinario. Y en el caso de Montt, porque es el hombre eje del proyecto portaliano. Yo me siento muy adherido a Montt, no así a Portales. Es un hombre de clase media bastante media, que viene de Petorca y que se va construyendo desde la meritocracia, no desde las élites. Y cuando le toca enfrentar los problemas de sedición, de subversión, me siento muy identificado con su firmeza. Entonces, me parece que el presidente Kast tiene en Montt un ejemplo de austeridad, de sobriedad, de espíritu de servicio. Y de distanciamiento de las élites. Tú bien sabes lo que están opinando las élites hoy día del presidente Kast. Lo hacen pedazos.

¿Sí? No lo sabía.

Cómo no lo vas a saber, si no hay hoy día reunión social, ni familiar, en que el presidente Kast no sea destrozado por quienes votaron por él. Y eso le pasó igual, exactamente igual, a Montt. ¿Por qué? Porque esas élites no soportan que alguien que no tiene las condiciones étnicas, ni de vínculos sociales, ni de pertenencia a los partidos más tradicionales, entre en el sistema y le gane. Entonces yo me alegro mucho de que el presidente Kast, cuando sugirió libros, haya sugerido el Yo, Montt de Cristóbal García-Huidobro. Es un libro fantástico, magníficamente escrito. Yo no tuve nada que ver con esa sugerencia, ¿ah?

Bueno, ese es el orgullo de un ideólogo, que sus ideas prendan solas.

¡Qué voy a ser ideólogo yo! Si algo he aprendido a mis casi 73 años, es que hay cosas que a uno le quedan muy grandes. Yo soy un profesor universitario que escribe cuatro leseras. Pero si me dices que lo de Montt permeó, excelente. Y ojalá permee algún día la figura de Manuel José Yrarrázaval, otro hombre fuera de serie. Que además es el bisabuelo de Alejandro Irarrázaval, hoy Segundo Piso, y el tatarabuelo de Luis Alejandro Silva Irarrázaval, hoy subsecretario. Así que no es menor este tema de don Manuel José.

Y a propósito de cómo Montt ejerció la autoridad, ¿cree que Piñera se merece la estatua?

No. Sus dos presidencias son muy controvertidas. O sea, si Piñera merece estatua, merecen estatua todos los presidentes de Chile. Y que la Plaza de la Constitución se haya llenado de estatuas, cuando antes sólo estaba Portales, mala cosa. No es bueno que el país se llene de estatuas de presidentes. Porque entonces, ¿por qué no todos? ¿Qué hace especialmente meritorio al presidente Piñera? Nunca voté por él, ¿ah? Jamás.

¿Ni en segunda vuelta?

Jamás voté por Sebastián Piñera. Así que soy consecuente al extrañarme de que tenga una estatua.

 

La insolencia

¿Le gusta la política agresiva, esta libertad que existe ahora para despreciar en voz alta al adversario?

No, en lo más mínimo. Cuando uno ve los poquitos videos que han quedado de Jaime Guzmán, lo que ve es un hombre siempre sereno y al mismo tiempo incisivo. No hay que confundir nunca el argumento, que puede ser muy desagradable para el que lo oye, con un talante insolente. En ese sentido, fíjate, las pocas veces que conversé con Gabriel Boric admiré su empatía humana. Me lo encontré tres o cuatro veces en la vida universitaria y no teníamos nada que ver, pero era un tipo que no te machacaba, que discutía con simpatía. A mí Trump no me produce ningún entusiasmo, eso que te quede claro. Tampoco me resulta simpático Milei, más allá de sus políticas. 

¿Y cree que Kast se quiere separar de esa corriente? Se saca una foto con la motosierra, se junta con Orbán, el diputado Romero de su partido tuitea “que se vaya Jeanette Vega y todos los médicos zurdos”…

Yo creo que la motosierra fue un momento muy incómodo para él. Si le hubieran preguntado, habría dicho “por ningún motivo”. Creo también que la conexión húngara va a ir quedando de lado, porque Orbán no es la personalidad que permita un vínculo interesante. Y después, bueno, cada uno de los 31 diputados republicanos tiene su carácter. Yo hago una tutoría mensual con ocho de ellos y una de las cosas que trato de decirles es que sean empáticos, que la empatía no significa renunciar a las convicciones. Les recuerdo lo que nos decía siempre Jaime Guzmán: nosotros no tenemos enemigos. Tenemos rivales o adversarios, nunca enemigos. Creo que el presidente Kast tiene eso bastante claro, fue formado en esa cultura y se le nota.

¿No cree entonces que esto sea un fenómeno preocupante en el mundo político del que usted es parte?

No veo a nadie en este minuto que me preocupe en ese sentido, digamos. Si viera estridencia, si viera malquerencia, no te quepa duda de que, como director de formación del partido, preguntaría a las instancias que corresponden en qué medida me tengo que implicar para tratar de corregir a esa persona. No te quepa duda… Mira, recuerdo que hace unos 20 años, en una sesión de formación en el sur, yo conté que Guzmán nos decía que no teníamos enemigos. Y una señora montó en cólera. “Yo los odio”, dijo, “odio a todos los comunistas y odio a los democratacristianos”. “Señora”, le contesté, “la verdad es que usted no pertenece aquí”. Me atreví a decirle eso, era mayor que yo. “Usted no pertenece aquí, nosotros no podemos meter el odio en nuestras vidas. Se nos cuela de repente, pero hay que expulsarlo”. Esa es una convicción que uno tiene. Si la logra plasmar o no, eso ya lo tienen que juzgar los demás.

¿Y esa convicción nunca entró en conflicto con su pinochetismo?

Sí, en la medida en que conocí documentos de Manuel Contreras, que los tengo en mi poder. Yo tuve la fortuna de ser el único historiador que ha podido trabajar con los 130 mil documentos de la Presidencia de Pinochet. Un archivo al que tuve que ponerle nombre, porque ni nombre tenía. Y en ese archivo me encontré con informes de Manuel Contreras verdaderamente siniestros. Y al encontrarme con ellos, obviamente me pregunté en qué medida afectaron al presidente Pinochet. Ahora, este modelo venía de los franceses, que en la Batalla de Argel fueron los primeros en separar a los servicios secretos de toda dependencia jerárquica. Entonces, a ver quién está libre de pecado para lanzar esa primera piedra… Pecado, ¿ah? No estamos diciendo que no haya pecado. Por eso en el tomo dos de mi libro sobre la presidencia de Pinochet, que hace unos días lancé de nuevo en el Pueblito de Los Dominicos, hay un capítulo que se llama “Brutalidades”. Pero al mismo tiempo le reconozco y le agradezco al presidente Pinochet el haber librado a Chile del marxismo, el haber sacado al país de una postración de la que pude ser testigo a mis 20 años. Por lo tanto, no voy a ser de las personas que hablen de “dictadura”, ni que renieguen del legado del gobierno militar.

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