A siete años del estallido social y a cuatro del plebiscito que la dejó sin voz, la izquierda chilena da tímidas señales de volver por sus fueros. El desorientado momento de sus adversarios, que ya no pueden hablar por el 60% de la población, parece irle devolviendo la confianza. Pero qué izquierda es la que vuelve, con qué lectura de su pasado reciente, para ofrecer qué mirada de futuro, todavía entra en la zona del enigma. En esta conversación con Democracia UDP, la exministra Orellana aborda esas preguntas a partir de las “hipótesis equivocadas” que explicaron el estallido, el sello político del gobierno de Boric y las objeciones que ha enfrentado el movimiento feminista. También defiende, desde el Frente Amplio, la reivindicación del socialismo como horizonte ideológico: “La situación global es tan radical que exige que nos salgamos del marco de lo que han sido los últimos 50 años en el mundo”.

 

20 de octubre 2026

 

Si se revisa el balance de su gestión como ministra de la Mujer y Equidad de Género, las medidas impulsadas por Orellana se parecen mucho más a una agenda social de izquierda que a un desplante identitario o de cultura woke. Su perfil público, sin embargo, estuvo siempre tironeado por el lastre de las batallas culturales, aun antes de que el caso Monsalve la damnificara y, más de una vez, con el aporte de sus propias declaraciones. En su partido y fuera de él, destacan que su inclinación a llevar la contra supera por mucho a su preocupación por caer bien, lo cual no siempre la favorece. Pero también dicen que su inteligencia y claridad política, que explican su posición de liderazgo, han sido poco advertidas desde afuera.

Debe ser, entre las figuras del Frente Amplio (FA), una de las que más cabeza le ha puesto al desafío de conjugar el feminismo con una izquierda de vocación social y popular, más arraigada en su cultura histórica que en las élites universitarias, de las que también proviene. Como se sabe, apoyó a Gael Yeomans en las últimas elecciones del partido. El triunfo que obtuvieron fue leído como una pequeña rebelión de la militancia de base, que presiona por marcar una identidad fuerte, volver a los territorios y no asimilarse a la ex-Concertación. Ella lo describe de esta manera: “No creo que haya sido una elección basada en lo ideológico. Creo que lo que ganó fue una forma de conducción, que Gael sabe encarnar, y que tiene que ver sobre todo con articularnos con otras fuerzas, no solo políticas sino también sociales. Y esto con el objetivo de enfrentar de mejor manera el periodo de gobierno de José Antonio Kast”.

De todo lo que el gobierno ha dicho y hecho hasta ahora, ¿qué le preocupa más?

La megarreforma, claramente. Porque ya está hecho, no se pudo parar, pero los efectos son de muy largo plazo. Y condicionan las formas bajo las cuales vamos a tener que vivir como país en los próximos años. Además, el déficit fiscal se va a agravar. Es una cuestión muy radical. Y creo que en la oposición hubo una gran falta de articulación fuera del Congreso. Porque evidentemente, si tienes minoría en el Congreso —y esta minoría es brutal, mucho peor que durante nuestro gobierno— no puedes basar tu estrategia en lo que hagas ahí. Eso lo sabemos muy bien las feministas, que nunca hemos tenido mayoría.

Y para ir al comienzo del problema, ¿por qué diría usted que el progresismo dejó de ser mayoría en Chile?

Lo que te contrapreguntaría es cuándo el progresismo fue mayoría en Chile. Porque los ciclos electorales, desde 1999 en adelante, siempre fueron muy ajustados.

Pero a partir de 2019, además de arrasar en algunas elecciones, tuvo una hegemonía discursiva como quizás nunca la había tenido. Y hoy ese discurso es de minoría.

¿Fue una hegemonía progresista o una hegemonía del malestar ante la élite? Creo que son dos cosas distintas.

Pero al menos el progresismo imponía qué significaba ese malestar y con qué agenda se debía responder.

No estoy de acuerdo con esa premisa. Yo, al menos, lo viví como militante y no vi que nosotros pudiéramos pautear lo que salía de las protestas. Que un par de personas hayan salido rápido con libros, explicando qué significaba el estallido —y hay que revisar esas hipótesis tan rápidas, porque creo que estaban equivocadas—, no significa que nosotros hayamos dictado esas pautas. Me parece que es una forma un poco superficial de ver el debate social que se dio. Impugnación a la élite no es lo mismo que izquierda, y lo que creo que hubo durante el estallido fue una impugnación profunda a la élite política y a la forma en que estaba organizado el consenso en el país. Y los resultados posteriores tienden a confirmar más o menos esa hipótesis.

¿Entonces el error fue confundir una impugnación a las élites con una impugnación al modelo neoliberal?

Sí. Podría decirse.

¿Y ese error de apreciación bastaría para explicar que el triunfo del Rechazo los haya dejado tan inseguros respecto de sus propias ideas, después de haber creído que esas ideas eran el reflejo mismo de la realidad?

Quizás yo lo viví desde otro lugar, pero no vi una gran confianza con respecto a que, por ejemplo, el camino constituyente fuera la solución. Se defendía con mucha fuerza, porque era un proyecto de la izquierda desde que se firma la Constitución de 1980. Pero recuerdo muy patentemente nuestras conversaciones del 14 de noviembre: “¿Será esto lo que basta? ¿Será esto lo que logre encausar el malestar? ¿Nos lo van a tirar por la cabeza?”. Porque haciendo una analogía, nosotros durante el estallido no nos lográbamos acercar a la Plaza Italia. Yo estuve en pocas manifestaciones, porque vivía en un barrio cercano y a mi hijo de siete meses le dio una pulmonía por las lacrimógenas, así que me tuve que ir bien lejos. Pero como bloque de partidos nos juntábamos en Seminario con Providencia, que era lo más cerca que podíamos estar sin que nos tiraran por la cabeza una bandera o una botella. Entonces, tanta seguridad, no sé. Ahora, con respecto a las convicciones, creo que tendrías que preguntarles cómo se sienten a las personas que perdieron las convicciones después del Rechazo, porque no es mi caso.

Pero más allá de mantener las convicciones, hoy no parecen confiar en que “superación del neoliberalismo” sea la descripción de un proyecto plausible, el camino por el que podrían llevar a Chile si tuvieran el poder.

Es que, precisamente, “superación del neoliberalismo” no es un programa. Por eso se entendía de maneras muy distintas, por muy variadas personas. Y por eso el proyecto que sale de la Convención es un pastiche de distintos entendimientos de lo que significaba eso, más que un proyecto de “esta Constitución responde a este país”. O sea, si la Constitución del 80 es una que deja a la sociedad por fuera de toda decisión política, yo no sabría decir a qué sociedad aspiraba el proyecto de la Convención. Esto, por supuesto, lo digo ahora con el diario del lunes.

Pero no fue solo la Convención. También el FA basó su trayectoria en ese concepto.

Todavía. Está en las conclusiones de nuestro congreso ideológico.

¿Y ahora está un poco más definido el neoliberalismo?

No, si el neoliberalismo tiene hartas definiciones. Es la superación lo que no está tan definido [se ríe].

Sobre la manera en que el gobierno reaccionó al 4 de septiembre, existen dos críticas opuestas. Una dice que Boric hizo un giro acertado en su gestión, pero insistió en mantener viva la identidad original. La otra, que cedió demasiado y dejó de representar una alternativa de cambio. ¿Hacia cuál de las dos se carga más?

Es que no estoy de acuerdo con ninguna. No coincido, por ejemplo, con quienes señalan que recién nos empezamos a preocupar de la seguridad cuando Carolina llegó al gabinete. Sí empezamos a tener más credibilidad, que es otra cosa, en parte porque no era una figura asociada al estallido. Y tampoco creo que vaya por el lado del “cedimos demasiado”. Dimos hartas peleas y las perdimos, que es distinto a ceder. Derrota es distinto a renuncia. Creo que lo del CAE es muy claro en ese sentido. Costó mucho presentarlo porque había resistencia en el Socialismo Democrático, precisamente. Pero se presentó y no logramos ganar el proyecto de ley. Y nuestra minoría parlamentaria no apareció el 4 de septiembre, siempre fue una condición base con la que íbamos a desarrollar nuestro gobierno.

¿Y a usted le acomodaba la tesis de que la misión del gobierno había sido normalizar el proceso democrático?

Yo creo que eso fue algo que hicimos. No creo que hubiera sido nuestro objetivo, pero es algo que sí terminamos haciendo.

¿Y esa es finalmente la misión central que cumplió ese gobierno?

Yo creo que lograr incorporar el componente del empleador en la seguridad social, por primera vez desde 1980, no es una cosa poca.

Pero la pregunta tiene más maldad: si no se asoma el fantasma de haber sido una versión actualizada de la Concertación.

Es que no pienso de esa forma. Primero, no creo que una experiencia como esa sea repetible. Porque la Concertación se conforma con un objetivo demasiado irrepetible: formar una fuerza política que haga viable la transición. No estamos en esas condiciones. Pero aun así, no creo que hayamos sido un gobierno que esté dentro de la tradición conceptual de la Concertación. Principalmente porque no creo que la Concertación histórica se vea reflejada en el gobierno que hicimos.

Pero si consideramos que su generación irrumpió para impugnar la política de la transición y la manera en que la Concertación gobernaba, ¿tuvo el gobierno algún elemento sustantivo que justifique haber llegado al poder con esa identidad?

Creo que sí hubo una manera muy distinta de discutir. Y sigo con el ejemplo de la reforma previsional: el diálogo tripartito, donde Jeanette logró sentar a Juan Sutil y a la CUT, tiene un valor. La forma en que se dieron las discusiones en los 90 exigía que ciertas voces quedaran fuera, porque estaban fuera del marco de lo que se podía discutir. Eso no pasó solamente con lo que se llama el silencio feminista. Pasó también con la gran frustración de dirigentes sindicales que tuvieron que remitir todas sus demandas contra el Plan Laboral de Piñera a la Ley Bustos. Por lo tanto, creo que donde más tuvimos éxito fue allí donde hicimos el ejercicio de ampliar quiénes podían participar del debate. Fue muy claro en la ley de pesca, por ejemplo. El ejercicio que hizo Nico Grau, de recorrer todo el país dialogando con las caletas pesqueras, es muy simbólico, dado que habían estado expresamente excluidas por asesores pagados por la industria, o parlamentarios, porque cumplían las dos funciones. Diría que esos espacios de apertura política hicieron la mayor diferencia en cómo se entiende el ejercicio de gobierno. Con esto no quiero decir que la Concertación en los 90 no quisiera: no se pudo. Hay harta evidencia de eso. El debate que se produjo cuando se intentó eliminar los senadores designados es súper ilustrativo de esa impotencia.

Boric dio varias señales durante su gobierno —sobre todo con guiños a Aylwin y Lagos— de que ahora había un juicio más comprensivo del proceso de la transición. En su caso, ¿cambió en algo esa visión desde la experiencia de gobernar?

Yo entiendo que esto no es muy conocido, pero quienes venimos del movimiento feminista ya teníamos posiciones algo distintas al respecto. Había reconocimiento a hitos, porque ignorarlos sería también negar los logros de compañeras. Por ejemplo, creo que no se dimensiona la profundidad histórica que tuvo la eliminación de los hijos huachos en la Ley de Filiación del año 98. El cambio cultural que eso significó para la estructura familiar y social chilena. O sea, si ahora pudimos tener una ley Papito Corazón, fue porque entonces hubo esa Ley de Filiación. O la pelea que tuvieron que dar Carmen Andrade y Laura Albornoz en el TC por la pastilla del día después, que fue una saga en sí misma. Lo que sí hay es un debate, o más bien una rencilla, entre el Socialismo Democrático y el FA. Que reduciéndola burdamente, por un lado dice: “Nos dejaron esperando en el Servel y nos trataron pésimo mientras crecían”; y la otra postura absurda sería la cita de Giorgio sobre la escala de valores. Pero más allá de esa versión burda, hay una crítica que para mí se mantiene. Y que no es un juicio moral, sino sobre cómo en la transición, luego de asumir los límites que se imponían como un ejercicio de pragmatismo y de estabilización del país, se pasó a verlos como límites que eran deseables. No creo que toda la Concertación haya hecho eso, pero un margen importante de gente sí tuvo ese cambio de posición. Que hoy se refleja en haber pasado todos los años 90 reclamando contra el binominal y ahora decir que el binominal era deseable y que todo se fue a la cresta cuando surgieron el Frente Amplio y otras voces críticas.

El paso por La Moneda, entonces, no cambió mucho su mirada sobre esos años. 

No. Yo creo que todas las compañeras que venimos del movimiento feminista sabemos lo difícil que es impulsar cambios dentro del Estado en minoría. O incluso con mayoría, viendo el ejemplo de Claudia Pascual, que le tocó una época de supuesta mayoría parlamentaria y al final tampoco fue tan así.

 

El feminismo

Cinco años atrás, parecía que tener una agenda feminista iba a ser una condición obligatoria para ganar futuras elecciones en Chile. Pero en la elección pasada, ni siquiera fue tema. ¿Cómo interpreta ese vuelco?

Primero, un comentario: yo estuve a cargo de la estrategia de voto hacia las mujeres en la campaña del presidente Boric, y nuestra estrategia era básicamente poner contenido feminista sin hablar de feminismo. Pero discrepo de que la igualdad de género y los avances civilizatorios para las mujeres no hayan sido relevantes en la última elección. De hecho, creo que pasó lo contrario, porque Kast rompe su techo histórico de votación cuando empieza a mostrar una imagen más moderada, entre otras cosas, con respecto a la igualdad de género, y retrocede en posturas como eliminar el Ministerio.

Fue una relevancia por omisión, entonces.

Por omisión y por concesión, también. Porque fue algo que les dijo muy claramente Cristóbal Piñera, por ejemplo, en un encuentro que tuvo la derecha en el hotel Atton: que echándose a las mujeres encima nunca iban a ganar. Eso fue después de que fueron derrotados en el plebiscito del 23, donde la amenaza a las tres causales sí fue —según el CEP— un motor importante de votos. Entonces, claramente “feminismo” no fue el clivaje de 2025, y yo creo tampoco en 2021, pero sí es un gran avance que Kast haya tenido que retroceder de una posición extrema en la que cimentó su carrera. Porque él llevaba desde el año 2000 en eso. Sus posiciones más fuertes, revisando hacia atrás, han sido a favor de la subsidiariedad en la educación y en contra los derechos sexuales y reproductivos. Y si se vio obligado a este retroceso es por el cambio de sentido común en el país sobre qué consideramos tolerable hacia las mujeres.

¿Pero le parece, al menos, que el feminismo tenía una posición más dominante hace algunos años que ahora?

Yo creo que tenía una activación movimental, y que eso tenga bajones no es raro. Ocurrió también en 2010, con mucho menos impacto social, después de que se trabajó por la pastilla anticonceptiva de emergencia. Y si queremos ir más atrás, ocurrió también con lo que Julieta Kirkwood llamó el silencio feminista: en cuanto logran el voto femenino, se desarticulan las organizaciones feministas y caen en un bajo protagonismo del que no se recuperan hasta 1983.

¿Y cree que esta vez pasó algo similar? ¿Cayeron en el repliegue que sigue a la conquista de nuevos derechos?

Más bien, creo que hubo una apuesta por hacer avanzar al feminismo desde el Estado, o desde lo institucional, pero ese impulso fue derrotado políticamente a partir del 4 de septiembre. Desde ahí se hizo muy difícil continuar haciéndolo. Por ejemplo, yo me acuerdo de haber tenido, dos semanas después de ese plebiscito, una reunión de la mesa de organizaciones LGTBIQ+. Estaban las organizaciones de todo el país, desde papás de niños trans de Coyhaique hasta organizaciones travestis de Iquique —de esas siempre hay en zonas mineras—, pasando por las más tradicionales como Iguales, Movilh, etcétera. Y la gran pregunta era: “Bueno, ¿qué vamos a hacer? O sea, ¡cagamos!”. Y yo les decía: “No, no cagamos, si nosotros todavía tenemos el Ejecutivo”. Pero ellos “no, cagamos”. O también, el 28 de septiembre, que es el Día de la Acción Global por el Aborto, hicimos un punto de prensa y me preguntaron: “¿Sigue el proyecto de aborto en el programa?”. Y yo “sí, poh”. Habíamos sido electos con ese programa, cómo iba a decir “no, chicos, se acabó”. Y me hicieron pebre por decir eso. “¡Estos no han aprendido nada…!” Cambiaron mucho las condiciones. También, creo yo, porque el arco progresista —y aquí sí uso ese término— tiene una gran convicción sobre la igualdad de género cuando el feminismo está arriba y es masivo. Pero cuando no, los niveles de convicción son mucho menores.

En Chile el quiebre lo marcó el plebiscito, pero en casi todos lados pasó que algunos discursos del feminismo empezaron a perder crédito. En parte, por una contraofensiva conservadora o de hombres enojados, pero también habrá cosas que se han hecho mal.

O sea, yo creo que en todos los movimientos sociales y corrientes teóricas hay debates sobre cosas que se han hecho mal. Lo que pasa es que “el feminismo” no es una sola cosa, es difícil analizarlo así. Lo mismo cuando se habla de las mujeres como una agenda identitaria, entre las “agendas de las minorías”, siendo que somos la mitad de la población. Pero sí creo que estamos en un momento de menor alcance y menor capacidad de estar en algunos lugares. Como dices, hubo una contraofensiva muy fuerte. También hay casos como el de Monsalve que causan un descrédito muy grande, personificado en mí, lo cual es gracioso porque el acusado es él, pero bueno, son las cosas de la violencia sexual: también es culpa de las mujeres. Y también hay errores políticos que tienen que ser revisados. O sea, hay una generación… Lo cual no borra que las universidades se portaron pésimo. Yo era asesora de una universidad en ese momento, por lo que me abstuve por moderación, pero en 2018 el Ni Una Menos no logró consolidarse en Chile con una respuesta política que fuera más allá de las sanciones. Eso vino después, con la ley de acoso sexual en las universidades, pero sigue siendo una sanción. Y de hecho la gran demanda que existe hoy día es “oye, los protocolos no funcionan”.

¿Qué es lo que no apoyaron en su momento las universidades?

Lo que estoy diciendo es que el movimiento feminista de 2018 cometió errores, sí. Lo cual no quita que el manejo de las universidades fue horroroso. O sea, la misma UDP… Con respeto al host, pero todavía hay querellas cruzadas en camino.

Para dejar clara la crítica, ¿qué es lo que las universidades, en su opinión, deberían haber hecho y no hicieron?

Yo creo que hubo una reacción ridícula de un montón de profesores, sobre todo varones, de decir “de qué se están quejando, si están en la universidad”. Básicamente eso, tratarlas como pendejitas privilegiadas que no estaban reclamando algo legítimo. En todo caso, suelen ser esos profesores que son muy provocadores respecto al feminismo, y muy victimizados cuando se les responde en los mismos términos provocadores.

Pero eso serían opiniones personales de profesores, no posiciones institucionales.

¿No?

Los profesores pueden tener sus opiniones…

Yo diría que la respuesta de las universidades fue primero cerrar el diálogo, negar que hubiera encubrimientos cuando era evidente que los había, que había complicidad de los cuerpos docentes con profesores acosadores.

Ya, pero profesores acosadores no es lo mismo que profesores que hacen críticas al feminismo en los diarios.

No, pero yo estoy hablando de los profes acosadores, pues. Estoy hablando de que la respuesta de la academia, sobre todo de los profesores, fue “de qué se están quejando, niñitas privilegiadas”. Pero bueno, creo que la pregunta iba más allá de eso. Y más allá de los Gumucios de este país. Iba más en el sentido de si el feminismo ha cometido errores. Sí, como todos los movimientos sociales o políticos. ¿Si creen que por eso nos vamos a comer completa la derrota del 4 de septiembre? ¡Ja! De hecho, en esos días de septiembre, de lo primero que corrieron a decir fue que, como siempre, era culpa del feminismo. Hasta el Brexit, si miras los medios de esa época, fue culpa de las feministas. “Sí, el Brexit ganó porque hubo políticas trans.” Claro.

Desde la primera victoria de Trump estuvo esa crítica sobre la mesa.

Por supuesto. No tuvo que ver con una élite demócrata agotada que ya no representaba ni a sus propios electores históricos… Puede haber de todo, pero dudo que sea el factor principal. Pero lo que sí se demostró en nuestro país —de nuevo, esto no es análisis mío, es del CEP— fue que el aborto, pese a que le dieron como guaraca, no estuvo entre los cinco primeros motivos de la gente al rechazar en 2022. Y diría que el antifeminismo de la élite es mucho más grande que el de la población.

Dijo que en la campaña de Boric apostaron a instalar contenidos del feminismo, pero sin usar la palabra. Y durante el gobierno mismo, quizás la agenda de género tuvo más contratiempos por palabras que por políticas. Al hablar de “personas gestantes”, por ejemplo…

¿Cuándo dije yo personas gestantes?

No usted, pero el gobierno sí usó el término.

No. O sea, yo habría dejado la escoba si alguien dice personas gestantes. Eso nunca fue una palabra nuestra.

¿No se usó en instructivos de salud?

No. Puede haber sido “mujeres y personas gestantes”, pero nunca invisibilizando a las mujeres. Ahora, si tú consideras que un instructivo de salud fue nuestro principal obstáculo… Fue un gobierno increíble entonces.

No, le preguntaba por estas fórmulas que hicieron ruido y se prestaron para que la agenda de género que traía el gobierno pudiera ser ridiculizada, como pasó también con las caletas con perspectiva de género.

Eso es un súper buen ejemplo. ¿Las caletas con perspectiva de género fueron un fracaso? Si algo es un fracaso porque Fidel Espinoza lo califica de ridículo, o porque es trending topic en Twitter, a mí francamente me importa nada. Algo es un fracaso cuando no cumple su objetivo. Y de hecho, hace dos semanas estuve en el encuentro de Mujeres del Mar, con la Corporación Nacional de Mujeres de la Pesca Artesanal, y ellas siguen defendiendo esos proyectos de inversión. Me parece que evaluar una política pública porque fue trending topic en Twitter con gente riéndose… Puede ser una medida de evaluación. No es la que a mí me interesa.

Pero no estamos evaluando la política pública…

Es una política pública. Y tú estás diciendo que fue un contratiempo y un fracaso.

No le he dicho que fue un fracaso. Le pregunto si el lenguaje, no las políticas, volvió muy fácil la crítica de que el gobierno vivía desconectado de los problemas más importantes de los chilenos.

Yo creo que las mujeres somos la mitad de la población y uno de nuestros principales problemas es la falta de autonomía económica. Y si hay mujeres que están trabajando a todo sol, siendo desconchadoras, y se les da opciones de tener un espacio en que el Estado invierte, considera sus oficios y les permite formalizarse, eso no es una política identitaria, es una política de trabajo formal. Por lo tanto, si eso atenta contra los intereses de un senador que basa sus elecciones en los sindicatos de la pesca industrial, no es problema mío. Y si la élite de Santiago se suma a eso en Twitter, tampoco. Las trabajadoras de esas caletas siguen defendiendo esa política. Me parece que eso importa más que la opinión de un analista de Santiago. Para mí, al menos.

No le parece entonces que haya habido algún problema de lenguaje con estas agendas, hablando en general.

¿Cuál es el lenguaje que tienes que ocupar? ¿No hay que hablar de perspectiva de género?

Se lo decía por su propio comentario de que en las elecciones intentaron no hablar de feminismo.

Eso es muy distinto a hablar de perspectiva de género. De hecho, muchos dijeron “las propias mujeres de allá no saben lo que es la perspectiva de género”. Vayan a decirle a la Sara Garrido, coautora desde la sociedad civil y desde la caleta de Lebu, que no entiende lo que es la perspectiva de género. Hay un tonteo ahí del cual no me siento parte. Y también un arribismo intelectual, pero fatal, en que porque vino Susan Neiman a Chile [autora del libro Izquierda no es woke] al parecer un grupo importante descubrió que había un debate entre políticas universales y particulares. Primero, es de una ignorancia supina, porque eso fue un debate incluso entre Gabriela Mistral y el Memch. Segundo, una ignorancia supina respecto de los debates del feminismo gringo, porque Judith Butler y Nancy Fraser tuvieron un debate de al menos 15 años entre políticas del reconocimiento y políticas de redistribución. Hay un debate de 50 años de las feministas marxistas sobre este asunto. Entonces, que alguien venga a decir que esto se inició por el proceso constitucional o con el surgimiento del FA, a mí me parece no solo un arribismo de querer traslapar las condiciones del debate en Estados Unidos, sino también una falta de conocimiento de cuáles han sido nuestros debates en Latinoamérica y en particular en Chile. Además de considerar que cuando dicen “las mujeres y las minorías” es como… No sé, no pasa el test de estadística.

A propósito del feminismo marxista, siempre ha habido una brecha entre el discurso con el que convoca la Coordinadora 8M y el ánimo de la multitud que llega a la Plaza Italia el 8 de marzo. ¿Para usted el feminismo está asociado en algún grado al anticapitalismo?

No, diría que no. Yo sí me considero, pero no creo que sea algo intrínseco. Ahí depende mucho de la definición que hagas. Porque una de las gracias y problemas del feminismo, como decía Julieta Kirkwood, es que es una pregunta, no es una respuesta. No tenemos un libro fundacional que te vaya a decir “estas son las tablas”. Históricamente, en general, se produce cuando un grupo particular de mujeres se pregunta por sus condiciones de vida y se organiza para cambiarlas, tanto desde una perspectiva teórica como de acción política. Por eso es tan difícil verlo en retrospectiva poniendo las condiciones de hoy. Hay una obra de teatro muy buena [Mistral, Gabriela (1945)] en que unas estudiantes secuestran a Gabriela Mistral y la retan por poco feminista. Entonces, hay feminismos anticapitalistas, otros que no lo son y otros que ni siquiera se lo han cuestionado, porque están abocados a luchas más concretas. Eso depende mucho de quiénes se hacen la pregunta y de cómo se organizan para hacerla, más que de cuál es su meta final.

En ese contexto, toda la pelea han dado Nancy Fraser y sus colegas contra las feministas liberales, ¿para usted tiene sentido o cree que es pura división?

Es que ese contexto no se puede extrapolar al resto del mundo, porque Estados Unidos es un país muy particular. Cuando se intenta traspasar esa verdadera obsesión que tienen los gringos con que si eres un octavo wichita y un octavo afrodescendiente, ¡eso no es replicable a nuestro país! De partida, nunca tuvimos las leyes segregacionistas que dieron lugar a esos registros. Entonces el liberalismo, como lo entienden los gringos, viene de otro proceso histórico. Hay que recordar, por ejemplo, que el fallo Roe vs. Wade nunca fue sobre el derecho al aborto; lo posibilitó, pero fue un fallo sobre lo indebido de que el Estado se meta en una decisión privada. Eso marca mucho cuál es el margen del debate allá. Por lo tanto, es un debate que me interesa mucho y me lo he leído hasta el hartazgo, pero no es algo de lo que nosotras tengamos que hacernos cargo. Lo mismo cuando se habla de las olas. Cuando las feministas gringas estaban organizándose en los 70, ¡acá estábamos en dictadura! En Argentina estaban con Isabelita Martínez de Perón, en Uruguay con Bordaberry. O sea, no son las mismas trayectorias. Sin duda lo que esté pasando allá influye mucho, porque tenemos una relación cultural cada vez más acelerada. Pero creo que nosotras no tenemos para qué comprarnos problemas de las feministas gringas. Tenemos suficiente con los nuestros.

 

El socialismo

El FA se definió como socialista en su congreso ideológico, lo que abrió un enésimo debate sobre qué significa esa definición. ¿Qué significa para usted?

Creo que principalmente tiene que ver, en el tiempo que vivimos, con cuál es la relación respecto a los medios de producción; con el resguardo de lo que hoy se llama bienes comunes, que es algo muy importante en Chile dada nuestra geografía y nuestro modelo productivo; con cómo se distribuye la riqueza, en especial la que es generada por los trabajadores y las trabajadoras; y con el trabajo que no es remunerado —añadiríamos desde el feminismo— pero sí produce valor. Diría que tiene que ver con eso. Y también, en un momento en que la idea misma de la separación de poderes se vuelve dudosa, con una cierta idea de república. Creo que estamos muy en la necesidad —y es la lectura que defendimos en el sector del FA del que soy parte— de un republicanismo socialista, al mejor estilo de Eugenio González. Se me van a enojar del PS por eso, pero lo digo con gran respeto y homenaje a sus históricos.

Tratando de diferenciar ese socialismo de una socialdemocracia, ¿al hablar de los medios de producción se refiere a su propiedad o solo a la distribución de la riqueza que generan?

Es una pregunta difícil de abordar. Yo diría que tiene que ver sobre todo con cuál es el rol del Estado frente a la idea de una economía de mercado. Pero no tengo problema en que nos llamemos socialistas y no socialdemócratas, porque creo que la situación global es tan radical que exige que nos salgamos del marco de lo que han sido los últimos 50 años en el mundo. La economista Isabella Weber publicó hace poco un libro muy bueno, Economía antifascista, que tiene que ver precisamente con eso. Mientras estemos discutiendo si nuestro horizonte económico son dos puntos más o menos de la cotización del empleador, no creo que logremos volver a generar un horizonte atractivo. Aun sabiendo que fue dificilísimo lograr eso en la última reforma.

Si la definición pasa por darle al Estado un rol que hoy no tiene, ¿cuál podría ser ese rol?

Es que pensarlo así de un suácate creo que no sirve. La diferencia con la socialdemocracia es que ella se concibe dentro del sistema capitalista y de la economía de mercado. Por lo tanto, aun teniendo objetivos parecidos respecto al bienestar de las personas, asume un cierto horizonte como inmodificable. Yo creo que estamos en un momento tan radical, que vale la pena preguntarse sobre un horizonte en el cual el capitalismo no sea la regla general.

O sea que la intención es buscar, directamente, algo distinto al capitalismo.

Sí, pues. Ahora, ¿qué significa eso hoy en día? Porque seguir con la fantasía del siglo XX no sirve, no podemos volver a un lugar que ya no existe. Ese tiempo ya no existe, ese capitalismo ya no existe. Por lo tanto, con todo el cariño y el respeto a esas formulaciones, no podemos seguir remitiéndonos a ellas.

Podríamos decir entonces que la definición socialista, ante todo, quiere decir “no asumimos que tengamos que buscar nuestro horizonte dentro del capitalismo”.

Sí. Y creo que es algo que está ocurriendo en general en todas las izquierdas, a nivel global. 

¿Qué casos le parecen interesantes como referencia?

Bueno, el mismo texto que te citaba de Isabella Weber, que es alemana, es muy decidor en ese sentido. Creo que en Asia también se está produciendo una reformulación, con todo lo difícil que es hablar de socialismo de izquierda en el contexto de Asia. Y veo que eso se está dando principalmente a partir de las organizaciones de mujeres. También hay movimientos de izquierda muy interesantes en África, a propósito del boom de commodities que están experimentando y de la presión externa que enfrentan por las guerras y la compra de sus grandes extensiones de tierra. Creo que ahí hay un montón de cuestiones que hay que lograr amasijar.

¿Y cómo se concilia esta mirada con venir de un gobierno que firmó el TPP-11 o hizo el acuerdo del litio?

Yo defiendo completamente nuestra política del litio. Porque fue, con pragmatismo, la mejor forma de conseguir ingresos —que de otra forma se habrían ido a empresas privadas— manteniendo la propiedad del Estado sobre el litio. Por lo tanto, no veo una contradicción entre participar de un gobierno que tuvo que administrar una sociedad capitalista y creer que eso no es la realidad definitiva. No veo cuál es la contradicción. Cuando hablamos de ese socialismo, no es algo que vaya a pasar de un día para el otro, obviamente. No creo que uno pueda decir hoy día “ya, mañana se socializan los bienes comunes y se cambia lo que entendemos por propiedad y el cuidado pasa a ser un bien social”. No me parecería una buena forma de hacerlo, tampoco.

Y en ese conflicto entre corto y largo plazo, ¿se siente parte de un partido o sector político que tiene un proyecto para hoy? ¿O quedaron medio en blanco?

No, no creo que estemos en blanco. Creo que uno de nuestros principales puntos programáticos tiene que ver, precisamente, con la economía y los cuidados. Mucha gente viene planteando que las democracias actuales necesitan ofrecer certezas, ¿no? Y esas certezas pasan por cuestiones concretas, cotidianas. Hoy la mayoría de las personas en Chile vive con miedo de que alguien de su familia se enferme, que el cabro chico se pitee la gratuidad, que alguien tenga un accidente. ¿Por qué? Porque no hay nada que te sostenga frente a adversidades que son parte de la vida. Y creo que el proyecto que la izquierda puede ofrecer en Chile, pensando a largos horizontes en el socialismo, es crear esa red que sostiene cuando alguien envejece o se enferma, o cuando nace un hijo, y que va mucho más allá del acceso a un seguro. Resolver eso mediante nuevas respuestas, como la idea de los cuidados, es uno de los puntos fuertes que podemos hacer en este momento.

En ese sentido, ¿deberían tratar de apropiarse de la discusión sobre natalidad? ¿O es una discusión incómoda porque pone a la mujer en un lugar procreador?

Es que las mujeres somos quienes procreamos, en eso no hay mucha discusión hasta donde yo sé. Pero sí, creo que tenemos que debatir sobre la natalidad y tenemos que defender también que no todo es una cifra catastrófica. Gran parte de la caída es porque Chile erradicó casi el embarazo adolescente. Entonces, ¿no será que esas tasas de natalidad, en verdad, lo que reflejaban era una sociedad donde las mujeres no eran sujetas reconocidas como capaces de administrar su destino? ¿Queremos volver a las cifras de natalidad que se basaban en la sumisión absoluta de las mujeres y en que no fueran ciudadanas? También conviene mirar el problema con ese ojo, porque la mayoría de las mujeres en Chile no quiere volver a esa época.

Y pensando en alianzas políticas, ¿todavía siente más afinidad con el PC que con el Socialismo Democrático?

Es que, de hecho, una de las conclusiones de nuestro congreso fue que hay que trabajar muy fuertemente hacia el tronco histórico de la izquierda chilena, que son el Partido Comunista y el Socialista. Creo que el Socialismo Democrático, igual que Apruebo Dignidad, fueron más bien asociaciones electorales. Pero en el caso del Socialismo Democrático ni siquiera fue permanente, desde que el PPD decide irse por su lado en el segundo proceso constituyente, con lo cual renunciamos a tener mayoría de nuevo. Entonces no trataría al Socialismo Democrático como una sola cosa. Al igual que nosotros no somos lo mismo que el PC.

O sea, le acomoda un FA equidistante del PC y del PS.

Así es. Creo que el PC, el PS y el FA tenemos que acercarnos más.

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