El odio al extraño es uno de los sentimientos más primitivos y espontáneos del hombre. El extraño, el extranjero, el forastero era casi siempre el enemigo. El hombre de costumbres distintas, de mentalidad distinta, de lengua distinta. En los pueblos primitivos el contacto con el extranjero ocurría siempre en formas de violencia y de engaño. La guerra violenta, el comercio depredatorio y la esclavitud.

El hombre tiende a odiar todo lo que no se le asemeja. A mirar como ridículo y en veces odioso lo que difiere de sus maneras habituales. Este poderoso fantasma que sobrevive en el alma del hombre como legado de las más salvajes edades, tiene su expresión cazurra y paladina en la cultura tradicional de todos los pueblos. El refranero de todas las naciones está lleno de la expresión de la más absoluta desconfianza al extranjero. Los refranes aconsejan no entrar en tratos con el que viene de fuera, no introducirlo en nuestra casa, no casarse en tierra ajena. Es la herencia viva del espíritu de la tribu, cerrado, ignorante, supersticioso.

Para esa mentalidad primitiva el sentimiento de hostilidad a lo extraño empieza a ejercerse con el habitante de la aldea vecina. El extraño, el forastero, el «pajuerano», como decían los gauchos, era todo aquel que no había nacido y vivido a la sombra del campanario de la parroquia. La desconfianza tradicional empezaba a ejercerse sobre el hombre que venía de la parroquia más cercana. El odio más enconado era el que dividía a los habitantes de los pueblos vecinos.

La gran misión de la civilización cristiana fue justamente la de tratar de que el hombre mirara a todos los demás hombres como sus iguales y hermanos. Como los hijos de un mismo padre. Y la maravillosa revelación del humanismo consistió en proclamar la identidad fundamental de todo lo humano. En afirmar con creadora emoción que nada que fuera humano podía ser ajeno para ningún hombre.

Detrás de la piel distinta, envuelto en la palabra que no comprendemos, lo que hay siempre es un sentimiento igual al nuestro. Un sentimiento que una vez revelado proclama la identidad humana de los que recelosamente podían mirarse como extraños.

Todo este complejo de la actitud ante el extranjero se ha estado revolviendo en Venezuela en los últimos años ante la llegada de inmigrantes en un número que empieza a ser considerable. No sólo en las ciudades, sino aun en las más apartadas poblaciones, tropieza uno con numerosos extranjeros que han venido a este país a trabajar y a rehacer sus vidas. En un español matizado de los acentos de las más variadas lenguas de Europa hablan a los sorprendidos vecinos de los pueblos y se ponen a trabajar esforzadamente con el empeño de quien quiere recuperar el tiempo perdido.

La gente venezolana, que ha sido siempre abierta y acogedora, los mira al comienzo con curiosidad y sin antipatía. Pero poco a poco esa desprevenida y humana actitud comienza a convertirse en recelo y hostilidad. Es el desempleado que cree que se ha quedado sin trabajo por culpa de alguno de esos laboriosos extranjeros. Es el chofer de plaza de la ciudad grande que piensa que gana menos porque hay muchos extranjeros disputándole la clientela. Es el periódico que, cuando publica un suceso, señala siempre de modo llamativo la condición de extranjero del extranjero que aparece envuelto en él. Es el comerciante que oye y repite que las ventas bajan porque los extranjeros ahorran mucho y gastan poco. O el que cree que los dólares escasean porque los inmigrantes los adquieren en grandes cantidades para enviarlos a sus familiares en el país de origen.

Todos estos prejuicios van envenenando el ambiente y creando un sórdido sentimiento de hostilidad hacia el inmigrante. Un sentimiento fácil y superficial que estalla en afirmaciones grotescas de nacionalismo, en palabras injuriosas para el inmigrante y en odio negativo y destructor.

Hace pocos días oí a un niño que se peleaba con un compañero en la puerta de la escuela, gritarle a guisa de injuria: «portugués». Sentí en aquella palabra inocente tan viva la llaga del odio irreflexivo, que estuve tentado de acercarme a ellos para decirles, en el tono más suave y convincente de que fuera capaz, lo siguiente:

—Haces mal en emplear esa palabra para molestar a tu compañero. Al hacerlo, injurias sin ninguna razón a millares de hombres que no conoces y que no merecen tu maltrato. Esos portugueses que a veces te habrás tropezado en la calle, son hombres tan buenos, tan honrados, tan dignos de respeto y simpatía como tu padre, como tus tíos o como los señores que visitan tu casa. No se les llama portugueses por nada indecoroso, sino por el contrario, por haber nacido en un país que se llama Portugal, que es uno de los más bellos, más heroicos, más laboriosos y cultos del mundo. La humanidad toda y en especial nosotros los americanos debemos gratitud y admiración a los portugueses, que enseñaron a Europa a navegar el mundo y que han enseñado a todos los pueblos cómo la virtud de una pequeña nación puede hacerla grande e independiente en medio de codiciosos rivales. Esos hombres han abandonado su país, sus amigos, sus costumbres y a veces hasta sus familias para venir a hacer su vida a fuerza de trabajo honrado en este país nuestro. Es triste y doloroso salir de la propia tierra. Sería triste y doloroso para nosotros tener que abandonar la nuestra y lo sería peor si tuviéramos que llegar a un lugar donde se nos mirara con odio y donde se pretendiera injuriarnos llamándonos «venezolanos». En lugar de eso, lo que debemos es agradecerles que hayan escogido nuestra tierra para venir a trabajar, para venir a poner su trabajo y su vida junto a los nuestros para contribuir al progreso de la que es hoy nuestra tierra y que, ganados por el amor y la generosidad de nosotros, será también mañana la de ellos y la de sus hijos.

Yo estoy seguro de que el niño me habría oído con interés y con comprensión, y habría sentido profundamente toda la verdad de lo que quería hacerle entender.

Palabras semejantes y explicaciones parecidas las necesitaba aquel niño, y millares de otros niños y millones de venezolanos. Todos los que creen que Venezuela necesita de inmigrantes y que el aporte de esa sangre nueva es útil para el país, deben ocuparse no sólo de asegurar trabajo y colocación para esos inmigrantes, sino, además, preparar el ánimo de la gente para recibirlos y convivir con ellos.

Los que vienen a unir su destino al progreso de nuestro país tienen por ese sólo hecho en común con nosotros la más sagrada de nuestras esperanzas. Todo lo que los humille y los segregue empequeñece al mismo tiempo el valor de su aporte y el tamaño moral del país al que han venido a dar todo lo más precioso que tienen: el don de su vida y de su trabajo.

 

Texto recopilado en el libro Cuarenta Ensayos (1990).

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