A 10 años de la visita de Barack Obama a Cuba , compartimos un extracto de Cuba: Viaje al fin de la revolución de Patricio Fernández , director de Democracia UDP . El texto describe el discurso que el entonces presidente de Estados Unidos pronunció en el Gran Teatro de La Habana , en el marco del proceso de acercamiento entre ambos países y termina con el capítulo, La reflexión de Fidel , donde se reproduce la carta que Fidel Castro redactó luego de la visita del presidente Obama.

 

El Gran Teatro

 

El martes 22, minutos antes de las diez de la mañana, entró en el Gran Teatro de Cuba Alicia Alonso. Me senté en una butaca que encontré desocupada en las primeras filas, junto a los senadores norteamericanos. El resto de la platea estaba ocupado por médicos internacionalistas con delantales blancos, autoridades de gobierno y otras personalidades.

Al poco rato llegó al palco principal la mismísima bailarina Alicia Alonso, que parecía completamente operada, una especie de monstruo de fantasía que al mover los brazos para saludar al público se convirtió en una gacela de cera blanda, horrible y encantadora. Minutos después, el presidente Raúl Castro se instaló a su lado, y mientras el teatro de pie lo aplaudía, con la finura de los hombres de sexo ambiguo apuntó al escenario todavía desierto, como quien dice «aquí la estrella no soy yo».

Entonces entró Obama. Se acomodó frente a un atril en el escenario y sin aspavientos, comenzó a recitar una oda a la democracia. No a los Estados Unidos, sino a la democracia. Citó a José Martí: «Cultivo una rosa blanca, que traigo a Cuba como ofrenda de paz». Luego dijo: «El año 59, cuando triunfó la Revolución, mi padre llegó de Kenia al que sería mi país». También: «Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas». Podría reproducir otras frases que circularon en todos los medios, pero hubo una que quedó rondando, una que volvió a escuchar muchas veces por la calle mientras avanzaba hacia el Vedado por la avenida Neptuno, donde nadie es rico, donde ninguno habla inglés y que él dijo en español: «El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano». Esta frase queda reverberando, como el eco, en todos los jóvenes de la ciudad.

 

Del Gran Teatro, Obama se dirigió al Estadio Latinoamericano de La Habana, mejor conocido como El Latino, a ver el partido entre los Tampa Bay Rays y la Selección de Cuba. Salvo que se formara parte de una comitiva oficial, no era posible participar de ambos eventos, porque el protocolo ordenaba que los invitados al estadio debían estar ahí a la misma hora que el discurso terminaba.

La afirmación de que «El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano» que Obama pronunció en español, fue entendida por la mayoría de los viandantes con que conversé desde el hotel Inglaterra hasta la escalera de la universidad, atravesando todo Centro Habana, no como un llamado a la democracia, sino más bien a una agilización del libre mercado. Que los negocios se arreglan entre ellos, no siempre a través del Estado.

—Que el que produce algo se lo vende a quien lo quiere comprar, y ya —me dijo el vendedor de fruta bomba que se instala con su carreta llegando a Galeano.

En su caso, no se trata de una demanda ideológica, sino enteramente práctica. Lo que recibe los cubanos y que queda registrado en sus libretas de racionamiento es una dieta, a duras penas, de sobrevivencia. Arroz, azúcar, leche —a ningún niño le falta leche—, pan, aceite, frijoles, huevos, y no siempre en la medida de sus necesidades. Nadie se muere de hambre, pero eso no basta. El resto de la economía doméstica se arregla en las sombras. Son pocos los que trabajan en algún eslabón de la cadena productiva del Estado únicamente por el sueldo, que bordea los treinta dólares mensuales, lo mismo que cuesta una cena sin mucho alcohol en el Litoral o el Vips. Ahí mismo, en sus lugares de trabajo, consiguen los productos que de otro modo les serían imposibles, a veces para el propio consumo y otras para la venta en el mercado negro. Desde la carne hasta los remedios y permisos de cualquier tipo. Como el Estado lo mediatiza todo, la lucha por el bienestar pasa por engañarlo. Se trafican langostas y pescados, perfumes y hasta repuestos para ordenadores. En la calle Monte, yendo hacia Carlos III, este capitalismo subterráneo ha comenzado a ver la luz. Al llegar a la presidencia, Raúl liberalizó la compra y venta de casas y automóviles, y autorizó en ciertas áreas el «cuentapropismo» —como llamaron al ejercicio capitalista para no reconocer una derrota, con lo que muchas de las viviendas de esa calle convirtieron sus livings en peluquerías, gastos de refrescos y café, de pernos y herramientas, o salones de belleza donde una manicurista le pinta las uñas a su clienta mientras los hijos ven televisión tirados en el sofá. Sus productos o servicios los ofertan hacia la calle y publicitan a través de carteles escritos a mano. En Cuba conviven varias economías: la oficial, la que dialoga con la oficial, y la de la calle. Según la ley de esta última, aquí hay de todo, el asunto es saber dónde y tener para pagarlo. De lo contrario no hay nada, «o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual», como dice Silvio Rodríguez.

«Democracia», «elecciones libres», «derechos humanos», «libertad de expresión» son términos que rara vez salen de la boca de un cubano de la isla. Según Grillo, «la disidencia no ha conseguido seducir a la población, porque apuntan todo su reclamo al tema de los derechos humanos, y eso no es lo que le importa a la gente. Acá están todos preocupados de la escasez». Ya se acostumbraron al Granma, a las decisiones arbitrarias, a ciertos ámbitos de sometimiento, y los detenidos son más o menos los mismos de siempre: las Damas de Blanco y unos cuantos disidentes públicos, que horas después están libres. Los artistas y escritores más atrevidos han aprendido a convivir con unos límites que cada tanto generan indignación y dolor, rabia y frustración, pero no torturas ni desapariciones, como las que llevaron a cabo las dictaduras de sus enemigos acérrimos para combatir el comunismo en América Latina, sus cómplices comunistas asiáticos. Algunos intentan conducir su libertad por caminos que no se cruzan con los del régimen, aunque inevitablemente se rocen muchas veces. Solo renunciando a la intervención desobediente en el ámbito público, o bajándole su volumen hasta niveles apenas audibles, se puede habitar esta isla supervisada, donde una libertad difícil de encontrar en las democracias circundantes —libertad de costumbres, diría yo, y de tiempo, y de posición— convive con la renuncia. No es posible vivir en Cuba enfrentado al gobierno, salvo que un apoyo externo lo permita, y aún así es muy difícil. El elástico se puede estirar, pero no cortar, porque una vez roto se está fuera de todo. «Se puede jugar con la cadena, pero no con el mono».

No existe ninguna corrección política que obligue a los que gobiernan aquí. Hace medio siglo que le llevan la contra a todos, sin contemplaciones. No es una dictadura cruel, pero sí totalitaria. El autoritarismo no es un estado de excepción, sino el costo permanente a pagar si se quiere resistir al capitalismo. El Líder es el Dios de un sistema panóptico, donde la vigilancia acabó por instalarse al interior del individuo. La dictadura sería legítima porque combatir a un peligroso enemigo interno, mientras que el régimen totalitario lo anula: su misión es abortarlo ojalá antes de que germine. El último grado de la suspicacia establece que si alguien se atreve a mucho, es porque algún acuerdo tiene con la nomenclatura. El silogismo es sencillo: de lo contrario no podría.

 

La reflexión de Fidel

 

Fidel fue el gran ausente en la visita de Obama. No lo mencionaron ni el presidente norteamericano ni Raúl, el hermano que al sucederlo en el poder una década atrás parecía destinado a ser su sombra diminuta, y que aquí figuraba concluyendo la Guerra Fría.

Hace tiempo, en realidad, que el nombre de Fidel apenas suena en la isla. «Hasta de Chávez se habla más», reclamó mi amiga Mariela, «ya parece que nadie se acuerda de él». «Para mi hijo de veinte es un viejito de barba y buzo», me dijo Sergei, «o el héroe de unas imágenes de archivo en blanco y negro que, cuando aparecen, él cambia de canal». Era un tema de especulación, entre los más atentos al acontecer, cuál sería el verdadero estado de su cabeza. Desde que tuvo esa explosión de diverticulitis en 2006, ha sido evidente el deterioro de su salud. Evidente y escondido, porque rara vez se deja ver, pero cuando sucede, es noticia. Los más viejos, en cambio, lo conocen, lo intuyen, hasta decir que lo huelen detrás de la toma de ciertas medidas o silencios.

«¿Qué estará pensando?», añadió Mariela. ¿Qué pensaría de la declaración de paz que Obama había hecho en el Gran Teatro? ¿De su reconocimiento de los errores norteamericanos, de su llamado a las nuevas generaciones —entre las que se incluyeron— a superar una historia de la que no eran responsables, a tomar las riendas de su destino? ¿Del nuevo trato respetuoso que les ofertaba?

A las 22.25 del 27 de marzo, Fidel Castro Ruz, que firma con fecha y hora, respondió en el Granma del siguiente modo: 

«Ninguno de nosotros está diseñado para el papel que debe asumir en la sociedad revolucionaria. Por parte, los cubanos tuvimos el privilegio de contar con el ejemplo de José Martí. Me pregunto incluso si tenía que caer o no en Dos Ríos, cuando dijo “para mí es hora”, y cargó contra las fuerzas españolas atrincheradas en una sólida línea de fuego. No quería regresar a Estados Unidos y no había quién lo haría regresar. Alguien arrancó algunas hojas de su diario. ¿Quién cargó con esa pérfida culpa, que fue sin duda obra de algún intrigante inescrupuloso? Se conocen diferencias entre los Jefes, pero jamás indisciplinas. “Quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”, declaró el glorioso líder negro Antonio Maceo. Se reconoce igualmente en Máximo Gómez, el jefe militar más disciplinado y discreto de nuestra historia.

Mirándolo desde otro ángulo, cómo no admirarse de la indignación de Bonifacio Byrne cuando, desde la distante embarcación que lo traía de regreso a Cuba, al divisar otra bandera junto a la de la estrella solitaria, declaró:”Mi bandera es aquella que no ha sido jamás mercenaria…”, para añadir de inmediato una de las más bellas frases que escuché nunca: “Si deshecha en menudos pedazos llega a ser mi bandera algún día… ¡nuestros muertos alzando los brazos la ¡Serán defensor todavía!…”. Tampoco olvidaré las palabras encendidas de Camilo Cienfuegos aquella noche, cuando a varias decenas de metros bazucas y ametralladoras de origen norteamericana, en manos contrarrevolucionarias, apuntaban hacia la terraza donde estábamos parados. Obama había nacido en agosto de 1961, como él mismo explicó. Más de medio siglo transcurriría desde aquel momento. Veamos, sin embargo, cómo piensa hoy nuestro ilustre visitante: «Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas. Vine aquí extendiendo la mano de amistad al pueblo cubano». De inmediato, un diluvio de conceptos, enteramente novedosos para la mayoría de nosotros: “Ambos vivimos en un nuevo mundo colonizado por europeos”, prosiguió el Presidente norteamericano. “Cuba, al igual que Estados Unidos, fue constituida por esclavos traídos de África; al igual que Estados Unidos, el pueblo cubano tiene herencias en esclavos y esclavistas”.

Las poblaciones nativas no existen para nada en la mente de Obama. Tampoco dice que la discriminación racial fue barrida por la Revolución; que el retiro y el salario de todos los cubanos fueron decretados por ésta antes de que el señor Barack Obama cumpliera 10 años. La odiosa costumbre burguesa y racista de contratar esbirros para que los ciudadanos negros fueron expulsados ​​de centros de recreación fue barrida por la Revolución Cubana. Esta pasaría a la historia por la batalla que libró en Angola contra el apartheid, poniendo fin la presencia de armas nucleares en un continente de más de mil millones de habitantes. No era ese el objetivo de nuestra solidaridad, sino ayudar a los pueblos de Angola, Mozambique, Guinea Bissau y otros del dominio colonial fascista de Portugal.

En 1961, apenas dos años y tres meses después del Triunfo de la Revolución, una fuerza mercenaria con cañones e infantería blindada, equipada con aviones, fue entrenada y acompañada por buques de guerra y portaviones de Estados Unidos, atacando por sorpresa a nuestro país. Nada podrá justificar aquel alevoso ataque que costó a nuestro país cientos de bajas entre muertos y heridos […]

Es de sobra conocida la experiencia militar y el poderío de ese país. En África creyeron igualmente que la Cuba revolucionaria sería puesta fácilmente fuera de combate. […] No hablaría siquiera de esto, a menos que tuviera el deber elemental de responder al discurso de Obama en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

No intentaré tampoco dar detalles, solo enfatizar que allí se escribió una página honrosa de la lucha por la liberación del ser humano. De cierta forma yo deseaba que la conducta de Obama fuera correcta. Su origen humilde y su inteligencia natural eran evidentes. Mandela estaba preso de por vida y se había convertido en un gigante de la lucha por la dignidad humana. Un día llegó a mis manos una copia del libro en que se narra parte de la vida de Mandela y joh, ¡sorpresa!: estaba prologado por Barack Obama. Lo ojeé rápidamente. Era increíble el tamaño de la minúscula letra de Mandela precisando datos. Vale la pena haber conocido hombres como aquel.

No sé qué tendrá que decir ahora Obama sobre esta historia […] Mi modesta sugerencia es que reflexione y no trate ahora de elaborar teorías sobre la política cubana.

Hay una cuestión importante: Obama pronunció un discurso en el que utiliza las palabras más almibaradas para expresar: “Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro, mirémoslo juntos, un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, va a haber retos, ya esos vamos a darle tiempo; pero mi estadía aquí me da más esperanzas de lo que podemos hacer juntos como amigos, como familia, como vecinos, juntos”.

Se supone que cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escuchar estas palabras del Presidente de Estados Unidos. Tras un bloqueo despiadado que ha durado ya casi 60 años, ¿y los que han muerto en los ataques mercenarios a barcos y puertos cubanos, un avión de línea repleto de pasajeros hecho estallar en pleno vuelo, invasiones mercenarias, múltiples actos de violencia y de fuerza?

Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y abnegado país renunciará a la gloria y los derechos, ya la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura. Advierto además que somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo. No necesitamos que el imperio nos regale nada.

Nuestros esfuerzos serán legales y pacíficos, porque es nuestro compromiso con la paz y la fraternidad de todos los seres humanos que vivimos en este planeta.

FIDEL CASTRO RUZ

27 de marzo de 2016 

22:25

 

 

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