Frenteamplista de la estirpe fundadora, aunque siempre algo incómodo con el autobombo generacional, Titelman cree que la mayor debilidad de la izquierda que ayudó a construir no es la que se expresó en las urnas, sino en su temor a defender posturas impopulares. A contramano de algunas tesis que han circulado luego del triunfo de Kast, vislumbra un nuevo ciclo político, pero no una proyección del plebiscito de 2022: el factor dominante serán las presiones sobre la democracia (o la pelea por su significado) por parte de una sociedad “cabreada” que perdió de vista el tren del progreso. En ese marco, anticipa las disputas que van a tensionar a la futura oposición e intenta bosquejar qué puede ser un ideario de izquierda de aquí en adelante. Los costalazos, en todo caso, han valido la pena: “A mí me gusta mucho más este Frente Amplio que el que había antes”.
Como si lo hubiera visto venir, Titelman ya se refugió en los cuarteles de invierno. Vive hace cuatro meses en Canadá, como investigador de la Universidad de Calgary, ciudad que en enero alcanza mínimas de 30 grados bajo cero. “He aprendido que, si uno está bien abrigado, al final –10 grados no es tan distinto que 0. Pero en el –20 hay una frontera, ya te cuesta respirar. Como que no logras llenar los pulmones con ese aire”, explica a modo de reporte.
Presidente de la FEUC en 2012 (mientras Gabriel Boric presidía la FECH) y luego militante de Revolución Democrática y el Frente Amplio, el economista incurrió en la anomalía de no ocupar ningún cargo durante el gobierno que termina, lo que para unos puede hablar de su independencia y para otros de su desapego. En cambio, ha asumido un rol de militancia intelectual que, por ahora, parece más demandado por la prensa que por sus correligionarios. La élite frenteamplista lo respeta, pero lleva un tiempo concentrada en otros asuntos.
Por estos días, sin embargo, la distancia le otorga un cierto margen para analizar la derrota sin detenerse demasiado en ajustes de cuentas o actos de contrición. Podría decirse que, en línea con el tema que investiga desde la academia —cómo mueren las democracias—, Titelman piensa menos en los políticos que en las fuerzas que están moviendo a la política.
Si retrocediéramos al 11 de marzo de 2022, ¿qué se te ocurre que podría hacer distinto el gobierno de Boric, en las grandes líneas, para evitar o por lo menos atenuar esta derrota frente a la derecha?
Se me ocurren dos cosas. La primera es que el gobierno perdió los primeros meses —que son claves para echar a andar una agenda de reformas— esperando el resultado del proceso constituyente. Eso perjudicó su agenda, pero también hizo muy difícil la confluencia con los otros partidos de la coalición, porque el cambio de gabinete sólo se hizo después del 4 de septiembre. Si ese hubiese sido el gabinete original, quizás la historia habría sido muy distinta. Y lo segundo que se me ocurre, como un elemento preocupante de esta derrota, es que hay dos maneras de que una derrota electoral sea también una derrota política: haber puesto todo sobre la parrilla y perder por paliza, o no haber puesto nada y perder por paliza igual.

¿Y aquí pasó lo segundo?
A mí, por lo menos, me asalta una duda después de esta campaña: ¿qué agenda impopular está dispuesta a defender esta izquierda? Porque si hay algo que aprender de la experiencia de Kast, es que a veces vale la pena defender posiciones, aunque sean impopulares en un comienzo. De las decenas de reformas que había en el programa, de los cientos de temas que aparecieron en el proceso constituyente, ¿por cuáles se estaba dispuesto a pelear de verdad, cuáles eran los intransables? Creo que esas definiciones se diluyeron, y que ahí puede estar la derrota política de esta derrota electoral.
¿Podrías dar algunos ejemplos de esas indefiniciones?
Por ejemplo, en la campaña de Jara hubo un primer momento en que se había eliminado del programa el aborto sin causales. A mí me pareció una pésima idea, porque parecía una renuncia total a la identidad de esta fuerza política. Incluso había sido uno de los temas que el gobierno, sabiendo que no tenía los votos, había insistido en presentar. También habría sido importante defender un control migratorio que respete los derechos humanos. Realmente me parece raro que para los políticos sea difícil decir que los hijos de inmigrantes irregulares tienen que tener acceso a educación y salud. ¡Es un mínimo de humanismo, de respeto a lo humano! Y esto en la campaña fue puesto en discusión con una naturalidad absoluta. Además, la gente no le cree a un político de izquierda cuando dice que puede ser tan duro como la derecha radical. Pero aun si le creyeran, está renunciando a lo que lo hace de izquierda, y en el largo plazo eso se termina pagando. Todas las izquierdas que han tratado de imitar a la derecha radical, y que hace poco se daban como ejemplo —como las de algunos países nórdicos—, están teniendo problemas por esto. Más temprano que tarde la gente prefiere el original a la copia.
¿El gobierno también aflojó las convicciones más de lo deseable?
En inmigración, creo que efectivamente se debió haber encontrado un tono para hablar de una frontera segura, con inmigración regulada, pero al mismo tiempo de la integración de los inmigrantes que ya están en el país. Sé que es más fácil decirlo desde afuera. O, por dar otro ejemplo, quizás también se podría haber hecho que las isapres pagaran bastante más el costo de sus propios errores.
Al decir estas cosas, pareces ubicarte en la corriente de la izquierda que culpa al gobierno de lo que pasó, porque desistió de la agenda y del programa.
No, me siento bastante lejos de esa corriente. Es evidente que el programa de gobierno era completamente inviable con una minoría enana en ambas cámaras. Y era un programa para tres gobiernos, no para uno. Sin embargo, me parece una crítica legítima decir que en algunos temas había que morir con las botas puestas. Hay que ver en cuáles temas, ¿no? Porque Daniel Jadue mete a colación las críticas a Cuba y Venezuela, que para mí estuvieron extremadamente bien. Además, la flexibilidad que tuvo este gobierno permitió hacer cosas bien importantes. Vale la pena recalcarlo: este es un gobierno que logró hacer cosas relevantes, o al menos tan relevantes como varios gobiernos anteriores. Se bajó la inflación con una velocidad impresionante —no sólo gracias al gobierno, pero en parte sí—, se aprobó la reforma de pensiones después de una década de parálisis, en fin, para qué hacer la lista completa. Y un gobierno exitoso, en buena medida, es el que sin renunciar a tener una identidad, logra adaptarse al contexto que le tocó.

¿Para ti este gobierno no fue entonces un “fracaso ideológico”, como dice Carlos Peña?
No. Para ser un fracaso ideológico, tendría que haber llegado con una ideología clara.
Lo estás dejando peor…
Pero creo que esa es la verdad: lo que faltó fue, justamente, una ideología clara que el Frente Amplio no alcanzó a tener. Fue un gobierno que llegó con una serie de reformas en el programa, que no es lo mismo. Y esa carencia le hizo muy difícil gobernar. Es un poco extraño, porque yo siempre he defendido que hay que saber escuchar, querer más al pueblo que se busca representar que a la ideología propia. Pero hay que tener una ideología, hay que tener una identidad. El relato, ese concepto tan manoseado, tiene mucho que ver con tu capacidad de tener una identidad que explique por qué cedes en una cosa y no cedes en otra. El gobierno no contó con esa herramienta, digamos.
Quizás no había una gran consistencia, pero sí había una identidad: una generación que irrumpió para impugnar la política de la transición y la manera en que gobernaba la Concertación. ¿Tuvo el gobierno algún elemento sustantivo que justifique haber llegado al poder con esa identidad?
Lo que pasa es, para mí, esa era la identidad del Frente Amplio hasta el día en que Gabriel Boric firma el acuerdo por la nueva Constitución. De hecho, en ese momento se salen varios colectivos del Frente Amplio. Pero ese segundo Frente Amplio es el que no alcanzó a tener las definiciones ideológicas. Y es un proyecto que, identitariamente, creo que todavía se está construyendo.
Pero el mismo Boric, dos años después de firmar ese acuerdo, ganó las elecciones dando una definición ideológica bien clara: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”.
Esa fue, efectivamente, la definición ideológica con que se levantó la candidatura presidencial. Pero decir “hay que superar el neoliberalismo”, sin entrar a discutir qué es el neoliberalismo, ni en qué momento uno podría declararlo superado, no puede considerarse la definición ideológica de una fuerza política. Y menos para gobernar. Insisto: el 99% de gobernar, para mí, es adaptarse a la realidad. Pero sin una línea ideológica que te permita saber dónde vas, lo que ocurre al final es que para algunos todo es intransable y para otros nada. Y eso se notó en el gobierno, pero en la campaña todavía más. Como que no había espacio para decir “en estas cosas creemos y no las vamos a transar”. Por eso digo que hay que aprender de la manera en que las derechas radicales han construido un capital de credibilidad, mostrando que no son una veleta que se mueve según el rating.
Dado el nivel de contraste entre el gobierno que lideró el Frente Amplio y las posiciones que defendió antes de gobernar, ¿la identidad de esa historia previa queda desahuciada? ¿O es importante salvarla?
Es que la pregunta por la identidad del Frente Amplio fue compleja siempre, no sólo ahora. Yo conozco mejor la historia de la Revolución Democrática, que nació con una visión bastante cercana a la Juventud Socialista y participó en el gobierno de la Nueva Mayoría. Por lo tanto, la identidad común ya era un tema de debate interno. Y creo que ahora, si algo se terminó de consolidar, es que el Frente Amplio ya no puede ser una fuerza antisistema. No tiene ningún sentido, es parte del sistema. Y la pregunta es cómo se sigue convocando a un votante muy escéptico de ese sistema, cómo convencerlo de que hay una manera reformista de empujar los cambios. Ahora, ¿es tan especial esta trayectoria en el contexto de la izquierda chilena? Finalmente es un proceso similar al que vivió en su momento el Partido Socialista. Incluso el Partido Comunista lo está viviendo a su modo. O sea, Jeanette Jara decía que su gobierno no iba a ser ni machista ni feminista.

Pero igual hay una pregunta por responder: si el Frente Amplio que viene va a querer parecerse a lo que ha sido ahora o a lo que fue antes.
Hablando desde mi opinión, a mí me gusta mucho más este Frente Amplio que el que había antes. Me identifico mucho más con él. Un Frente Amplio que entiende que vale la pena defender la democracia liberal no como un medio, sino como un principio, y que eso implica aceptar que las transformaciones se hacen de manera gradual y con grandes acuerdos, incluso renunciando a una parte de la identidad. Pero eso mismo, de nuevo, exige definir claramente un espacio ideológico intransable, para que no termine significando diluir la identidad y perder la credibilidad. Por eso le hace bien a la izquierda que esta discusión exista, que no se evite. Mi temor hoy día es que un sector del actual oficialismo piense, y quizás con razón, que si la tendencia es que siempre ganan las oposiciones, bueno, ahora tocó perder, pero en cuatro años se vuelve a ganar. Y que, por lo tanto, sea muy grande la tentación de no hacer una reflexión importante sobre qué se hizo mal, porque mejor guardarse para después.
Mientras tanto, un vendaval de columnas y libros ha venido instalando la idea de que ustedes fueron una gran estafa generacional, sea por la frivolidad de unos niños burgueses o por las prioridades extraviadas la cultura woke. Uno se pregunta cuándo se van a empezar a defender, y cómo.
Bueno, yo recuerdo que al final de todos los gobiernos, desde Piñera 1, ha habido un vendaval de columnas y libros explicando por qué esto y lo otro. Es el rol de las oposiciones, me parece natural. Pero es difícil hacer un análisis certero tan encima. Creo que el verdadero juicio sobre este gobierno y sobre el Frente Amplio no lo vamos a tener hasta unos cuantos años más. Ahora, sobre la falta de defensa, hay que admitir que una debilidad del Frente Amplio, o de la nueva izquierda en general, es tener muy pocas vocerías en el debate público, más allá de los políticos con cargo. Y eso tiene que ver con una generación que fue muy exitosa en ganar elecciones, pero no tan exitosa en explicar por qué las ganaba. Hay poca revista, poco centro de pensamiento, pocos columnistas, incluso a nivel académico hay poco. Lo cual también explica el déficit en el debate ideológico, porque la gracia de contar con esos espacios es que te permiten tener otro tipo de discusiones que en el Frente Amplio hay pocas instancias para tener. Y es difícil que esas discusiones se hagan al calor de las elecciones.
De hecho, pareciera que la reflexión ideológica en el Frente Amplio está a cargo de los mismos rostros políticos que conducen todo lo demás. Lo que se entendía como cuadros intelectuales son más bien expertos en algún tema específico.
Yo creo que eso es muy cierto y que es un déficit que ha tenido distintas manifestaciones. Una de ellas es que hoy día, ante el debate sobre el legado del presidente Boric, haya poca capacidad para contraponer la visión de los propios.
Y si Gabriel Boric llegó a gobernar sin una ideología clara, ¿crees que hoy estaría dispuesto a definirse como socialdemócrata?
Yo recuerdo que él, cuando se le preguntaba, decía que era socialista libertario. No veo por qué cambiaría esa definición. Y tengo pocas dudas de que va a ser el principal líder de la oposición. La verdad es que ha logrado consolidar una cuota de apoyo bastante impresionante. Ha generado una vinculación con un porcentaje de la sociedad que pocos políticos han logrado en el pasado reciente, quizás sólo Bachelet. Eso va a seguir siendo relevante en los próximos años.

DEMOCRACIA Y DECLINISMO
Mientras ajusta cuentas con su trayectoria reciente, la izquierda chilena va a tener que contestar una pregunta aún más difícil: cuál es su lugar en la política que viene.
Sí, yo creo que ahora viene un proceso muy definitorio para ubicarse en este nuevo mapa político. Porque hay un fin de ciclo, esto es más que un resultado electoral. Sé que esta palabra ya es detestable, pero al clivaje del 88 claramente se le acabó la fuerza. Y ha sido un largo proceso, desde ese 20% que saca Marco Enríquez-Ominami en 2009 cuando se aleja de los bloques tradicionales del Sí y el No. En parte, ese es también el bloque electoral que apoya al Frente Amplio en sus comienzos. Incluso la derecha que llega a La Moneda es la que entiende que para eso había que desprenderse del legado del Sí. En las elecciones de 2017, Piñera llegó a poner imágenes de Aylwin en la franja. Y la cúspide del proceso fue la discusión sobre los 30 años, donde muy pocos se atrevieron a decir “oye, pero en esos 30 años no es lo mismo Piñera que Bachelet o Lagos”. Esa fue la señal más clara de que ese clivaje había terminado de tener sentido. Y en esta nueva etapa, en este nuevo mundo, yo creo que el Frente Amplio, al igual que los partidos de la ex Concertación, son partidos del ciclo anterior. En algún sentido, el Partido de la Gente es más de este nuevo ciclo que el Frente Amplio. Y eso da para pensar que la coalición sin nombre que hoy está gobernando va a enfrentar una gran tensión a partir del 11 de marzo.
¿Por qué? ¿Qué tipo de tensión?
Porque la discusión sobre los pasos a seguir se va a dar en dos ejes a la vez: un eje izquierda-derecha y otro eje antiestablishment-proinstitucionalidad. Pero el primer eje está muy debilitado y es poco probable que la coalición se mueva más a la izquierda. Es decir, la disputa por ejercer la vocería principal de la oposición se va a dar en torno al segundo eje. Y esto va a ocurrir en un escenario inédito, de dos oposiciones muy marcadas: la del actual oficialismo, que además va a estar desordenado, y la de Parisi y el Partido de la Gente, que ya son una fuerza política y van a disputar ese protagonismo. Entonces, ¿qué va a pasar, por ejemplo, cuando Pamela Jiles proponga el nuevo retiro de las AFP? El retiro es un caso muy interesante, porque en el eje izquierda-derecha parece muy incoherente —va contra las AFP y defiende una visión individualista—, pero en el sentido más antiestablishment es una medida muy lógica. Entonces no creo, por decirlo así, que la oposición vaya a ser más dialogante o más dura según qué tan alejada esté del gobierno de Kast en términos de izquierda y derecha. Va a tener más que ver con estas presiones de un votante antiestablishment que la va a estar empujando a impugnar el poder institucional de turno. Y ahí tenemos un problema, porque la democracia liberal entra en crisis si los políticos la empiezan a tratar como un punching ball. Pero es un dato de la causa que un sector importante de la población está demandando que los políticos hagan exactamente eso.
En otras palabras, ves una oposición en la que el menos populista pierde.
Creo que va a haber dos peligros por delante: dejarse llevar por la tentación de ganar popularidad pegándole a la democracia liberal —cuestionando, por ejemplo, la autonomía de los tribunales— o, en el otro extremo, menospreciar la crítica de la ciudadanía y atrincherarse en una defensa de la democracia liberal, una causa que moviliza a muy poca gente.
Sobre todo si le llamamos “democracia liberal”.
Es que ahí está el problema. Se ha vuelto un lugar común decir que las democracias ya no mueren por golpes de Estado ni con tanques en la calle, ¿no? Pero se dice eso como si el cambio fuera sólo de forma, y también es de fondo. Porque la misma forma en que mueren las democracias es, muchas veces, una pelea por qué significa democracia. Ya nadie se declara contrario a la democracia, lo que hay es una crisis de la democracia liberal. Que en realidad, más que una ideología, es la manera que encontraron tres corrientes —el humanismo liberal, el cristiano y el socialista— para convivir, para no matarse. Entonces el desafío es cómo defender eso de una manera que le haga sentido a la mayoría.
Cuando lo otro ya no se llama dictadura.
Claro, cuando la disputa es sobre la democracia misma. Y yo creo que al menos una parte de la respuesta pasa por lo material: para muchas personas, la democracia es el acceso a ciertos bienes y servicios públicos básicos. En El Salvador, por ejemplo, hubo una caída notable de los homicidios, pero Bukele en el camino cooptó a la Corte Suprema, instauró la reelección indefinida y hay una erosión democrática evidente. Sin embargo, es uno de los presidentes más populares no sólo de la historia de El Salvador, sino de América Latina. Y quizás lo más complejo: nunca ha habido tanta satisfacción con la democracia en El Salvador como hoy en día. ¿Por qué? Porque para muchas personas, si no pueden caminar tranquilas por la calle, eso no es democracia. Entonces la izquierda progresista va a tener que demostrar que la democracia liberal no sólo es éticamente preferible, sino que además es una vía de acceso a un mejor estándar de vida y a seguridades básicas.
En octubre de 2020, entrevistado por La Tercera, decías que lo más interesante del Frente Amplio original era “el cuestionamiento a los consensos que nacieron después de la caída del Muro”. Ahora que esos consensos empiezan a sufrir más por derecha, ¿lo interesante es pensar cómo defenderlos?
Bueno, hay una gran pregunta sobre cómo la indignación pasó a ser de derecha. A todos los movimientos “indignados” que surgieron después de la recesión de 2008, impugnando de algún modo el orden de Tercera Vía, les siguió un reflujo mucho más fuerte de indignación de derecha. Para colmo, estos nuevos indignados dejan a los partidos de izquierda como los defensores del statu quo, los atacan por ahí. Otra pregunta es por qué los jóvenes, sobre todo los hombres, según varios estudios están siendo más conservadores que las generaciones previas. Yo creo que, detrás de todo eso, hay un elemento que es la fuerza subterránea de la política que hemos visto en los últimos años: la idea de que estamos cada día peor. Lo que algunos han llamado declinismo. En varios países, como sabemos, el porcentaje de personas que cree que sus hijos van a estar mejor que ellas ha caído a mínimos históricos. Y Chile, según un estudio de Pew Research de 2025, es de los países en los que más ha caído esa expectativa.
¿Crees que el progresismo debería pensar su respuesta a la indignación en función de ese problema?
Principalmente. Porque si bien la promesa de progreso tiene un lado individual, “uno va a estar mejor que antes”, creo que es mucho más potente la promesa de progreso intergeneracional. Finalmente, lo que le da estabilidad a la sociedad en el tiempo es esa creencia de que los hijos van a estar mejor que uno. Y a medida que eso se ha ido perdiendo, algunos han recurrido a la nostalgia. En Estados Unidos hay una disputa entre nostalgias, porque la izquierda y la derecha tienen cada una la suya. Pero yo no creo que sea el caso de Chile. Una de las características del declinismo chileno es que se puede ser pesimista sin ser nostálgico. De hecho, según el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD, de 2024, dos tercios de los chilenos tienen una versión negativa de cómo están las cosas; pero, al mismo tiempo, los nostálgicos son apenas el 7%. Creo que eso representa muy bien el momento, la emoción subyacente, que es simplemente estar cabreado con cómo están las cosas. Y frente a ese escepticismo ante el futuro, la promesa progresista simplemente no resuena. Hace mucho más sentido una política de combate contra un enemigo, cuyo correlato está siendo muy preocupante: la estrategia de la política de la crueldad.
¿La crueldad como estrategia?
Claro, de identificación. Porque una cosa es la política pública que tú defiendes ante la migración o la delincuencia. Algunos creen necesario cerrar la frontera, o incluso minarla, como se dijo en la campaña. Pero otra cosa es ocupar esa temática como un medio performático —como se está viendo en Estados Unidos—, mostrando con reels y videos virales el ejercicio de expulsar migrantes con música, con burla, disfrutando del momento, como una manera de ostentar una posición. En el fondo, es una estrategia más vieja que el hilo negro, uno casi podría asociarla al monarca que mandaba azotar en la plaza pública…
Es el regreso de esa plaza pública, básicamente.
Exacto. Y no tiene que ver necesariamente con la política que implementes después. Puedes mostrar eso mientras haces otra cosa. De hecho, esa política de la crueldad es en parte consecuencia de que, en la época del cabreamiento, es muy difícil ganar el apoyo popular a partir de resultados estadísticos. Las cifras muestran que la inmigración irregular en Chile ha caído muy fuerte, pero a cualquier político que diga eso le van a decir que vive desconectado de la realidad, que es parte de la élite liberal, que le falta calle. Y la política de la crueldad es una muy mala manera de resolver eso, pero el progresismo todavía no sabe cómo resolverlo. Defender los consensos institucionales no alcanza, sería transformarse en los guardianes de “las cosas como están”.
Se ha discutido en estos días la tesis de que el electorado chileno, con el Apruebo y el Rechazo, quedó dividido entre refundacionales y restauradores. Según lo que vienes diciendo, no sería tan así, porque la indignación que ha inclinado la balanza carece de voluntad restauradora.
Es que si ese fuera el nuevo clivaje, la primera pregunta es qué Chile se querría restaurar. ¿El de los noventa, el de más atrás, el de 2018? Pero el problema principal que le veo a esa tesis es que Jara obtuvo 26% en primera vuelta, mientras el Apruebo obtuvo 38%. Es decir, una buena porción de los votantes de Parisi votó por el Apruebo. E incluso entre quienes votaron por los otros candidatos, dudo mucho de que hayan anclado su identidad al Rechazo de 2022 y vayan a seguir alineados con ese bloque. Me parece que ese bloque está muy marcado en la élite, pero a nivel de votante sigue imperando con mucha fuerza la impugnación a la dirigencia política, esta rabia y cabreamiento con lo que hay. Por eso creo que la tecla que tocó Parisi puede tener mucho más vertebración que el Rechazo y el Apruebo. Pero no lo vamos a ver hasta las próximas elecciones, que van a ser las primeras con voto obligatorio bajo un gobierno de derecha. Recién ahí vamos a saber cómo se mueven los llamados “votantes obligados”.
¿Tu impresión es que algunas élites se están pasando un poco la fantasía de que el pueblo votó juzgando el estallido y la Convención?
Sí. No sería la primera sobreinterpretación de una elección, que además siempre se hacen con mucho sesgo de confirmación para encontrarse con la realidad que a uno le gustaría. Además, si uno mira las encuestas, las razones por las que vota la gente parecen muy lejanas a esta discusión. Combate a la delincuencia, inmigración, costo de la vida… Cuesta enmarcar eso en el clivaje del Apruebo y el Rechazo.
LA IGUALDAD DE LA IZQUIERDA
Hemos ido rodeando distintos fenómenos a los cuales la izquierda va a tener que responder, pero antes habría que saber qué quiere la izquierda. En el mundo de hoy, ¿qué quiere proteger, qué quiere crear?
Bueno, normalmente hay dos maneras de definir a la izquierda versus la derecha, y uno podría preguntarse si son válidas hoy día. Una distinción sería que la derecha cree que la mayoría de las desigualdades son naturales, o incluso pueden ser justas, mientras la izquierda cree que muchas de esas desigualdades pueden ser superadas y que hay que aspirar a eso. Pero hay muchos tipos de igualdad y de desigualdad, ¿no? Entonces, yo creo que la pregunta para la izquierda es cuál es la igualdad principal por la que quiere combatir, la más importante. Antiguamente era la de clase, después surgieron muchas igualdades distintas. Pero esa es la reflexión faltante: cuál es esa igualdad en la que se parte aguas con la derecha.
¿Y a ti cuál te gustaría que fuera?
No puedo hablar por la izquierda en general, pero creo que el humanismo es el punto de inicio y de llegada de la izquierda que más me interesa. El socialismo humanista, en definitiva, que para mí queda muy bien definido en la trayectoria de Jean Jaurès (1859-1914), uno de los intelectuales que más influyó en su formación. Es un personaje muy interesante, porque tuvo una serie de transformaciones en su vida: venía de una tradición más católica, después pasó por una etapa más liberal y terminó llegando al socialismo. Y yo diría que su gracia es que trajo consigo las dos tradiciones por las que había transitado. Él había renunciado a eso, pero el momento clave para su reflexión fue el caso Dreyfus. Porque la primera reacción de la izquierda —incluida la de Jaurès— fue decir “bueno, esto es un problema de burgueses, y si Dreyfus fuera un proletario habría terminado en la guillotina y no exiliado en la Isla del Diablo”. Pero luego de la famosa carta “Yo acuso” de Zola, Jaurès se da cuenta de que cuando un ser humano está siendo juzgado injustamente, es toda la humanidad la que está siendo juzgada injustamente. Esa es la idea del humanismo socialista: que antes de las clases sociales, o de lo que sea, hay una base humanidad común. Por eso se liga con el humanismo cristiano y el liberal. Y es una pelea difícil de dar hoy día, porque el humanismo está en crisis por angas y por mangas. Así como hay una política de la crueldad, también una cierta izquierda ha renunciado a buscar ese difícil equilibrio entre lo universal y lo particular. Entre decir que todos deberíamos ser tratados como iguales y que todos merecemos que respeten nuestra particularidad.
Y ese humanismo socialista, ¿en qué igualdades se quiere transformar, más allá de la igualdad ante la ley?
Es que la pelea por la ley y el Estado de derecho es prioritaria, es la primera. Robert Badinter decía que quizás hay que hablar menos de derechos humanos, que es una concepción abstracta, y más de la Declaración de los Derechos Humanos, que está escrita sobre papel. Porque la fuerza que tiene la ley es que crea un espacio de igualdad que la idea abstracta muchas veces no logra. Y en términos del tipo de sociedad que se quiere construir, otra vez no digo nada original, pero el Estado de bienestar, la idea de que haya algún espacio en el que todos podamos ser iguales, permite generar una forma de solidaridad que, sin eso, no existe. Y es algo que efectivamente logran los Estados de bienestar cuando funcionan bien. Creo que esas son las igualdades principales que la izquierda tiene que salir a discutir: el humanismo en un sentido básico, de humanidad común, y avanzar hacia un Estado de bienestar que garantice ciertos mínimos. Una ventaja de esta agenda, creo, es que puede volver a ser un lugar de encuentro entre el humanismo socialista, el liberal y el cristiano.
Te preocupa reeditar esa alianza.
Sí. Y eso tiene mucho que ver con la segunda manera de definir a la izquierda, que es su progresismo: mientras las derechas quieren protegen algunas tradiciones o jerarquías, la izquierda intenta sobrepasarlas. Pero el problema ahí es que la izquierda actual, en su obsesión con el progreso, pierde al sujeto de identidad tradicional. Sobre todo con el declinismo, que aleja a mucha gente —con frecuencia, la más perjudicada por las desigualdades— de la idea de un tren que avanza siempre hacia un mundo mejor. Entonces, al menos una parte de la coalición tiene que tener la vocación de hablarle a ese mundo más tradicionalista, cristiano. Al Frente Amplio siempre le va a ser muy difícil, porque no es su historia. Pero en el progresismo tiene que existir esa fuerza que hoy es un cuadrante vacío de la política chilena.
Sobre la relación entre progreso y Estado de bienestar, en la citada entrevista de 2020 decías algo que amerita una revisión: “Quedó derrotada, con el 80-20 del plebiscito de entrada y el millón y medio de personas en la calle, la idea de que la nueva clase media simplemente está sufriendo el desajuste de expectativas de un país que va superando la pobreza, y que entonces el gran desafío de Chile sería administrar esas expectativas sin matar la gallina de los huevos de oro, que es el modelo de crecimiento que nos permitió llegar hasta acá”. Duró poco la derrota de esa idea, ahora nadie se mete con ella.
Bueno, la interpretación de esos hitos como una derrota del neoliberalismo se demostró errada. Fue un estallido mucho más antiélite que antineoliberal. Pero ese antielitismo también tiene una forma de impugnación al modelo. El votante de Parisi, insisto, no cree en nada que tenga que ver con una utopía socialista, pero sí percibe que alguien está haciendo trampa en este modelo, que las reglas del juego no se cumplen y que alguien tiene que venir a cambiar la manera en que funciona la élite. Y también vincularía lo de Parisi con otro tema. Varios estudios han mostrado que las identidades más tradicionalistas miran con escepticismo la redistribución, pero valoran mucho lo que se llama predistribución, los mecanismos que permiten distribuir la producción misma. Y una de las cosas que proponía Parisi era reembolsar el IVA de los remedios. En un sentido económico ortodoxo, de izquierda o no, es mejor cobrar un IVA parejo y después subsidiar a quienes lo necesiten. Pero resulta que muchas personas perciben que lo justo no es eso, sino poder acceder ellos mismos a los recursos. Y la predistribución más evidente es aumentar los sueldos, ¿no? La gente siempre prefiere mejores sueldos a mejores subsidios. Por eso creo que el sindicalismo, un sano sindicalismo, les permite a las sociedades, por un lado, predistribuir; pero además esos sindicatos son correas de transmisión entre la ciudadanía y la política. Eso es una realidad: en casi todos los países desarrollados —en Estados Unidos, en Europa, en Australia y Nueva Zelanda— los sindicatos juegan un rol político que no existe en Chile. Y se relacionan con los partidos, no sólo con los de izquierda. Uno de los apoyos más llamativos que logró Trump fue el de los trabajadores de la industria automotriz. Entonces, quizás el error fue entender la impugnación al modelo como “aquí hay que pagar más impuestos y el Estado gastar más”. Eso puede ser una parte, pero existe esta otra parte que podría conectar mejor con un mundo que vio reflejado su malestar en el estallido, y que sin embargo se siente muy ajeno a una agenda típica de izquierda.

¿Hoy piensas en el estallido como un peso simbólico que ya preferirías quitarte de encima, que se volvió un lastre, o como un acontecimiento memorable?
La otra vez me tocó ir al lanzamiento de una película sobre el estallido, y me di cuenta de lo poco que estamos hablando sobre lo que realmente pasó. Empezó a haber, entre la gente que lo apoyó, una especie de trauma que no quieren recordar; incluso algunos lo ven con un poco de vergüenza y tratan de pasar la hoja. Y del otro lado hay una caricatura, el “estallido delictual”, pero sin interés en analizar por qué todos los candidatos de la centroderecha apoyaron el Apruebo en el plebiscito de entrada. O por qué tantos políticos y empresarios fueron a los medios a decir que se habían dado cuenta del error que cometieron por años y que iban a cambiar completamente de actitud. Toda esa parte desapareció. Es como si hubiéramos hemos hecho, como sociedad, un acuerdo implícito de guardar lo que pasó en una caja. Pero esa amnesia es muy peligrosa, no permite aprender de lo que ocurrió. ¡Un millón y medio de personas salieron la calle! Eso no deja de ser cierto porque después ganó el Rechazo. No deja de ser cierto que en la sociedad chilena hubo un consenso transversal de que había que hacer cambios importantes. También es cierto que hubo actos vandálicos y figuras que por lo menos fueron muy suaves al condenarlos, y personas que se desconectaron completamente de la necesidad de que exista una fuerza policial. Entonces habría que volver a mirar a ese periodo con el ojo crítico que quizás faltó en ese momento. Pero, siendo honesto, creo que a nadie le interesa hacer ese ejercicio. Sea porque unos lo quieren ver como un intento de golpe de Estado, o porque otros directamente no lo quieren volver a mirar.