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	<title>Literatura &#8211; Democracia UDP</title>
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	<description>Universidad Diego Portales</description>
	<lastBuildDate>Mon, 23 Mar 2026 12:37:08 +0000</lastBuildDate>
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		<title>El Gran Teatro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 17:28:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[A 10 años de la visita de Barack Obama a Cuba , compartimos un extracto de Cuba: Viaje al fin de la revolución de Patricio Fernández , director de Democracia UDP . El texto describe el discurso que el entonces presidente de Estados Unidos pronunció en el Gran Teatro de La Habana , en el [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p data-start="0" data-end="272"><em><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">A 10 años de la visita de </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Barack Obama</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> a </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Cuba</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> , compartimos un extracto de </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Cuba: Viaje al fin de la revolución</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> de </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Patricio Fernández</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> , director de </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Democracia UDP</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> . El texto describe el discurso que el entonces presidente de Estados Unidos pronunció en el </span></span><span class="hover:entity-accent entity-underline inline cursor-pointer align-baseline"><span class="whitespace-normal"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Gran Teatro de La Habana</span></span></span></span><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> , en el marco del proceso de acercamiento entre ambos países y termina con el capítulo, </span></span><strong><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">La reflexión de Fidel</span></span></strong><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"> , donde se reproduce la carta que Fidel Castro redactó luego de la visita del presidente Obama.</span></span></em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">El Gran Teatro</span></span></b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">El martes 22, minutos antes de las diez de la mañana, entró en el Gran Teatro de Cuba Alicia Alonso. Me senté en una butaca que encontré desocupada en las primeras filas, junto a los senadores norteamericanos. El resto de la platea estaba ocupado por médicos internacionalistas con delantales blancos, autoridades de gobierno y otras personalidades.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Al poco rato llegó al palco principal la mismísima bailarina Alicia Alonso, que parecía completamente operada, una especie de monstruo de fantasía que al mover los brazos para saludar al público se convirtió en una gacela de cera blanda, horrible y encantadora. Minutos después, el presidente Raúl Castro se instaló a su lado, y mientras el teatro de pie lo aplaudía, con la finura de los hombres de sexo ambiguo apuntó al escenario todavía desierto, como quien dice «aquí la estrella no soy yo».</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Entonces entró Obama. Se acomodó frente a un atril en el escenario y sin aspavientos, comenzó a recitar una oda a la democracia. No a los Estados Unidos, sino a la democracia. Citó a José Martí: «Cultivo una rosa blanca, que traigo a Cuba como ofrenda de paz». Luego dijo: «El año 59, cuando triunfó la Revolución, mi padre llegó de Kenia al que sería mi país». También: «Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas». Podría reproducir otras frases que circularon en todos los medios, pero hubo una que quedó rondando, una que volvió a escuchar muchas veces por la calle mientras avanzaba hacia el Vedado por la avenida Neptuno, donde nadie es rico, donde ninguno habla inglés y que él dijo en español: «El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano». Esta frase queda reverberando, como el eco, en todos los jóvenes de la ciudad.</span></span></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Del Gran Teatro, Obama se dirigió al Estadio Latinoamericano de La Habana, mejor conocido como El Latino, a ver el partido entre los Tampa Bay Rays y la Selección de Cuba. Salvo que se formara parte de una comitiva oficial, no era posible participar de ambos eventos, porque el protocolo ordenaba que los invitados al estadio debían estar ahí a la misma hora que el discurso terminaba.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">La afirmación de que «El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano» que Obama pronunció en español, fue entendida por la mayoría de los viandantes con que conversé desde el hotel Inglaterra hasta la escalera de la universidad, atravesando todo Centro Habana, no como un llamado a la democracia, sino más bien a una agilización del libre mercado. Que los negocios se arreglan entre ellos, no siempre a través del Estado.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">—Que el que produce algo se lo vende a quien lo quiere comprar, y ya —me dijo el vendedor de fruta bomba que se instala con su carreta llegando a Galeano.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">En su caso, no se trata de una demanda ideológica, sino enteramente práctica. Lo que recibe los cubanos y que queda registrado en sus libretas de racionamiento es una dieta, a duras penas, de sobrevivencia. Arroz, azúcar, leche —a ningún niño le falta leche—, pan, aceite, frijoles, huevos, y no siempre en la medida de sus necesidades. Nadie se muere de hambre, pero eso no basta. El resto de la economía doméstica se arregla en las sombras. Son pocos los que trabajan en algún eslabón de la cadena productiva del Estado únicamente por el sueldo, que bordea los treinta dólares mensuales, lo mismo que cuesta una cena sin mucho alcohol en el Litoral o el Vips. Ahí mismo, en sus lugares de trabajo, consiguen los productos que de otro modo les serían imposibles, a veces para el propio consumo y otras para la venta en el mercado negro. Desde la carne hasta los remedios y permisos de cualquier tipo. Como el Estado lo mediatiza todo, la lucha por el bienestar pasa por engañarlo. Se trafican langostas y pescados, perfumes y hasta repuestos para ordenadores. En la calle Monte, yendo hacia Carlos III, este capitalismo subterráneo ha comenzado a ver la luz. Al llegar a la presidencia, Raúl liberalizó la compra y venta de casas y automóviles, y autorizó en ciertas áreas el «cuentapropismo» —como llamaron al ejercicio capitalista para no reconocer una derrota, con lo que muchas de las viviendas de esa calle convirtieron sus livings en peluquerías, gastos de refrescos y café, de pernos y herramientas, o salones de belleza donde una manicurista le pinta las uñas a su clienta mientras los hijos ven televisión tirados en el sofá. Sus productos o servicios los ofertan hacia la calle y publicitan a través de carteles escritos a mano. En Cuba conviven varias economías: la oficial, la que dialoga con la oficial, y la de la calle. Según la ley de esta última, aquí hay de todo, el asunto es saber dónde y tener para pagarlo. De lo contrario no hay nada, «o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual», como dice Silvio Rodríguez.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">«Democracia», «elecciones libres», «derechos humanos», «libertad de expresión» son términos que rara vez salen de la boca de un cubano de la isla. Según Grillo, «la disidencia no ha conseguido seducir a la población, porque apuntan todo su reclamo al tema de los derechos humanos, y eso no es lo que le importa a la gente. Acá están todos preocupados de la escasez». Ya se acostumbraron al Granma, a las decisiones arbitrarias, a ciertos ámbitos de sometimiento, y los detenidos son más o menos los mismos de siempre: las Damas de Blanco y unos cuantos disidentes públicos, que horas después están libres. Los artistas y escritores más atrevidos han aprendido a convivir con unos límites que cada tanto generan indignación y dolor, rabia y frustración, pero no torturas ni desapariciones, como las que llevaron a cabo las dictaduras de sus enemigos acérrimos para combatir el comunismo en América Latina, sus cómplices comunistas asiáticos. Algunos intentan conducir su libertad por caminos que no se cruzan con los del régimen, aunque inevitablemente se rocen muchas veces. Solo renunciando a la intervención desobediente en el ámbito público, o bajándole su volumen hasta niveles apenas audibles, se puede habitar esta isla supervisada, donde una libertad difícil de encontrar en las democracias circundantes —libertad de costumbres, diría yo, y de tiempo, y de posición— convive con la renuncia. No es posible vivir en Cuba enfrentado al gobierno, salvo que un apoyo externo lo permita, y aún así es muy difícil. El elástico se puede estirar, pero no cortar, porque una vez roto se está fuera de todo. «Se puede jugar con la cadena, pero no con el mono».</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">No existe ninguna corrección política que obligue a los que gobiernan aquí. Hace medio siglo que le llevan la contra a todos, sin contemplaciones. No es una dictadura cruel, pero sí totalitaria. El autoritarismo no es un estado de excepción, sino el costo permanente a pagar si se quiere resistir al capitalismo. El Líder es el Dios de un sistema panóptico, donde la vigilancia acabó por instalarse al interior del individuo. La dictadura sería legítima porque combatir a un peligroso enemigo interno, mientras que el régimen totalitario lo anula: su misión es abortarlo ojalá antes de que germine. El último grado de la suspicacia establece que si alguien se atreve a mucho, es porque algún acuerdo tiene con la nomenclatura. El silogismo es sencillo: de lo contrario no podría.</span></span></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">La reflexión de Fidel</span></span></b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Fidel fue el gran ausente en la visita de Obama. No lo mencionaron ni el presidente norteamericano ni Raúl, el hermano que al sucederlo en el poder una década atrás parecía destinado a ser su sombra diminuta, y que aquí figuraba concluyendo la Guerra Fría.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Hace tiempo, en realidad, que el nombre de Fidel apenas suena en la isla. «Hasta de Chávez se habla más», reclamó mi amiga Mariela, «ya parece que nadie se acuerda de él». «Para mi hijo de veinte es un viejito de barba y buzo», me dijo Sergei, «o el héroe de unas imágenes de archivo en blanco y negro que, cuando aparecen, él cambia de canal». Era un tema de especulación, entre los más atentos al acontecer, cuál sería el verdadero estado de su cabeza. Desde que tuvo esa explosión de diverticulitis en 2006, ha sido evidente el deterioro de su salud. Evidente y escondido, porque rara vez se deja ver, pero cuando sucede, es noticia. Los más viejos, en cambio, lo conocen, lo intuyen, hasta decir que lo huelen detrás de la toma de ciertas medidas o silencios.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">«¿Qué estará pensando?», añadió Mariela. ¿Qué pensaría de la declaración de paz que Obama había hecho en el Gran Teatro? ¿De su reconocimiento de los errores norteamericanos, de su llamado a las nuevas generaciones —entre las que se incluyeron— a superar una historia de la que no eran responsables, a tomar las riendas de su destino? ¿Del nuevo trato respetuoso que les ofertaba?</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">A las 22.25 del 27 de marzo, Fidel Castro Ruz, que firma con fecha y hora, respondió en el Granma del siguiente modo: </span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">«Ninguno de nosotros está diseñado para el papel que debe asumir en la sociedad revolucionaria. Por parte, los cubanos tuvimos el privilegio de contar con el ejemplo de José Martí. Me pregunto incluso si tenía que caer o no en Dos Ríos, cuando dijo &#8220;para mí es hora&#8221;, y cargó contra las fuerzas españolas atrincheradas en una sólida línea de fuego. No quería regresar a Estados Unidos y no había quién lo haría regresar. Alguien arrancó algunas hojas de su diario. ¿Quién cargó con esa pérfida culpa, que fue sin duda obra de algún intrigante inescrupuloso? Se conocen diferencias entre los Jefes, pero jamás indisciplinas. &#8220;Quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha&#8221;, declaró el glorioso líder negro Antonio Maceo. Se reconoce igualmente en Máximo Gómez, el jefe militar más disciplinado y discreto de nuestra historia.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Mirándolo desde otro ángulo, cómo no admirarse de la indignación de Bonifacio Byrne cuando, desde la distante embarcación que lo traía de regreso a Cuba, al divisar otra bandera junto a la de la estrella solitaria, declaró:&#8221;Mi bandera es aquella que no ha sido jamás mercenaria&#8230;&#8221;, para añadir de inmediato una de las más bellas frases que escuché nunca: &#8220;Si deshecha en menudos pedazos llega a ser mi bandera algún día&#8230; ¡nuestros muertos alzando los brazos la ¡Serán defensor todavía!&#8230;&#8221;. Tampoco olvidaré las palabras encendidas de Camilo Cienfuegos aquella noche, cuando a varias decenas de metros bazucas y ametralladoras de origen norteamericana, en manos contrarrevolucionarias, apuntaban hacia la terraza donde estábamos parados. Obama había nacido en agosto de 1961, como él mismo explicó. Más de medio siglo transcurriría desde aquel momento. Veamos, sin embargo, cómo piensa hoy nuestro ilustre visitante: «Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas. Vine aquí extendiendo la mano de amistad al pueblo cubano». De inmediato, un diluvio de conceptos, enteramente novedosos para la mayoría de nosotros: &#8220;Ambos vivimos en un nuevo mundo colonizado por europeos&#8221;, prosiguió el Presidente norteamericano. &#8220;Cuba, al igual que Estados Unidos, fue constituida por esclavos traídos de África; al igual que Estados Unidos, el pueblo cubano tiene herencias en esclavos y esclavistas&#8221;.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Las poblaciones nativas no existen para nada en la mente de Obama. Tampoco dice que la discriminación racial fue barrida por la Revolución; que el retiro y el salario de todos los cubanos fueron decretados por ésta antes de que el señor Barack Obama cumpliera 10 años. La odiosa costumbre burguesa y racista de contratar esbirros para que los ciudadanos negros fueron expulsados ​​de centros de recreación fue barrida por la Revolución Cubana. Esta pasaría a la historia por la batalla que libró en Angola contra el apartheid, poniendo fin la presencia de armas nucleares en un continente de más de mil millones de habitantes. No era ese el objetivo de nuestra solidaridad, sino ayudar a los pueblos de Angola, Mozambique, Guinea Bissau y otros del dominio colonial fascista de Portugal.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">En 1961, apenas dos años y tres meses después del Triunfo de la Revolución, una fuerza mercenaria con cañones e infantería blindada, equipada con aviones, fue entrenada y acompañada por buques de guerra y portaviones de Estados Unidos, atacando por sorpresa a nuestro país. Nada podrá justificar aquel alevoso ataque que costó a nuestro país cientos de bajas entre muertos y heridos [&#8230;]</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Es de sobra conocida la experiencia militar y el poderío de ese país. En África creyeron igualmente que la Cuba revolucionaria sería puesta fácilmente fuera de combate. [&#8230;] No hablaría siquiera de esto, a menos que tuviera el deber elemental de responder al discurso de Obama en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">No intentaré tampoco dar detalles, solo enfatizar que allí se escribió una página honrosa de la lucha por la liberación del ser humano. De cierta forma yo deseaba que la conducta de Obama fuera correcta. Su origen humilde y su inteligencia natural eran evidentes. Mandela estaba preso de por vida y se había convertido en un gigante de la lucha por la dignidad humana. Un día llegó a mis manos una copia del libro en que se narra parte de la vida de Mandela y joh, ¡sorpresa!: estaba prologado por Barack Obama. Lo ojeé rápidamente. Era increíble el tamaño de la minúscula letra de Mandela precisando datos. Vale la pena haber conocido hombres como aquel.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">No sé qué tendrá que decir ahora Obama sobre esta historia [&#8230;] Mi modesta sugerencia es que reflexione y no trate ahora de elaborar teorías sobre la política cubana.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Hay una cuestión importante: Obama pronunció un discurso en el que utiliza las palabras más almibaradas para expresar: &#8220;Es hora ya de olvidarnos del pasado, dejemos el pasado, miremos el futuro, mirémoslo juntos, un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, va a haber retos, ya esos vamos a darle tiempo; pero mi estadía aquí me da más esperanzas de lo que podemos hacer juntos como amigos, como familia, como vecinos, juntos&#8221;.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Se supone que cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escuchar estas palabras del Presidente de Estados Unidos. Tras un bloqueo despiadado que ha durado ya casi 60 años, ¿y los que han muerto en los ataques mercenarios a barcos y puertos cubanos, un avión de línea repleto de pasajeros hecho estallar en pleno vuelo, invasiones mercenarias, múltiples actos de violencia y de fuerza?</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y abnegado país renunciará a la gloria y los derechos, ya la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura. Advierto además que somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo. No necesitamos que el imperio nos regale nada.</span></span></span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">Nuestros esfuerzos serán legales y pacíficos, porque es nuestro compromiso con la paz y la fraternidad de todos los seres humanos que vivimos en este planeta.</span></span></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">FIDEL CASTRO RUZ</span></span></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">27 de marzo de 2016 </span></span></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;"><span dir="auto" style="vertical-align: inherit;">22:25</span></span></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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		<title>El orden de las cosas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Dec 2025 13:34:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[La pasión por el orden]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[A Octavio Paz &#160; Hasta la desesperación requiere un cierto orden. Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo responsable. Le he quitado un elemento peligroso a la realidad. No me queda entonces sino asumir lo que queda: el mundo con un número menos. El orden en materia de creación [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A Octavio Paz</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hasta la desesperación requiere un cierto orden. Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo responsable. Le he quitado un elemento peligroso a la realidad. No me queda entonces sino asumir lo que queda: el mundo con un número menos.</p>
<p>El orden en materia de creación no es diferente. Hay diversas posturas para encarar este problema, pero todas a la larga se equivalen. Me acuesto en una cama o en el campo, al aire libre. Miro hacia arriba y ya está la máquina funcionando. Un gran ideal o una pequeña intuición van pendiente abajo. Su única misión es conseguir llenar el cielo natural o el falso. Primero se verán sombras y, con suerte, uno que otro destello; presentimiento de luz, para llamarlo con mayor propiedad. El color es ya asunto de perseverancia y de conocimiento del oficio.</p>
<p>Poner en marcha una nebulosa no es difícil, lo hace hasta un niño. El problema está en que no se escape, en que entre nuevamente en el campo al primer pitazo. Hay quienes logran en un momento dado ponerlo todo allí arriba o aquí abajo, pero ¿pueden conservarlo allí? Ése es el problema.</p>
<p>Hay que saber perder con orden. Ése es el primer paso. El abc. Se habrá logrado una postura sólida. Piernas arriba o piernas abajo, lo importante, repito, es que sea sólida, permanente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Volviendo a la desesperación: una desesperación auténtica no se consigue de la noche a la mañana. Hay quienes necesitan toda una vida para obtenerla. No hablemos de esa pequeña desesperación que se enciende y apaga como una luciérnaga. Basta una luz más fuerte, un ruido, un golpe de viento, para que retroceda y se desvanezca.</p>
<p>Y ya con esto hemos avanzado algo. Hemos aprendido a perder conservando una postura sólida y creemos en la eficacia de una desesperación permanente.</p>
<p>Recomencemos: estamos acostados bocarriba (en realidad la posición perfecta para crear es la de un ahogado semienterrado en la arena). Llamemos cielo a la nada, esa nada que ya hemos conseguido situar. Pongamos allí la primera mancha. Contemplémosla fijamente. Un pestañeo puede ser fatal. Éste es un acto intencional y directo, no cabe la duda. Si logramos hacer girar la mancha convirtiéndola en un punto móvil el contacto estará hecho. Repetimos: desesperación, asunción del fracaso y fe. Este último elemento es nuevo y definitivo.</p>
<p>Llaman a la puerta. No importa. No perdamos las esperanzas. Es cierto que se borró el primer grumo, se apagó la luz de arriba. Pero se debe contestar, desesperadamente, conservando la posición correcta (bocarriba, etc.) y llenos de fe: ¿quién es?</p>
<p>Con seguridad el intruso se habrá marchado sin esperar nuestra voz. Así es siempre. No nos queda sino volver a empezar en el orden señalado.</p>
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		<title>La aventura y el orden</title>
		<link>https://democracia.udp.cl/la-aventura-y-el-orden/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 17 Nov 2025 14:24:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[La pasión por el orden]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[En una especie de salmo —cuya dicción confidencial y patética es evidente aprendizaje de Whitman— Apollinaire separa los escritores en estudiosos del Orden y en traviesos de la Aventura y tras incluirse entre los últimos, solicita piedad para sus pecados y desaciertos. El episodio es conmovedor y trae a mi memoria la reacción adversa de [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">En una especie de salmo —cuya dicción confidencial y patética es evidente aprendizaje de Whitman— Apollinaire separa los escritores en estudiosos del Orden y en traviesos de la Aventura y tras incluirse entre los últimos, solicita piedad para sus pecados y desaciertos. El episodio es conmovedor y trae a mi memoria la reacción adversa de Góngora que, en trance parecido, salió a campear resueltamente por los fueros de su tiniebla, y ejecutó el soneto que dice:</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">    </span><i><span style="font-weight: 400;">Restituye a tu mudo Horror divino</span></i></p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">    amiga Soledad, el Pie sagrado.</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Es verdad que entrambos sabían con qué bueyes araban e invocaron faltas bienquistas. Confesar docta sutileza durante el mil seiscientos era empeño tan hábil y tan simpático de antemano como el de confesar atrevimiento en este nuestro siglo de cuartelazos y de golpes de furca.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  La Aventura y el Orden. A la larga, toda aventura individual enriquece el orden de todos y el tiempo legaliza innovaciones y les otorga virtud justificativa. Suelen ser muy lentos los trámites. La famosa disputa entre los petrarquistas y los partidarios del octosílabo rige aún entre nosotros y, pese a los historiadores, el verdadero triunfador es Cristóbal del Castillejo y no Garcilaso. Aludo a la lírica popular, cuyos profundos predios no han devuelto hasta hoy eco alguno de la metrificación de Boscán. Ni Estanislao del Campo ni Hernández ni el organito que concede en la esquina la queja entregadiza del </span><i><span style="font-weight: 400;">Sin amor</span></i><span style="font-weight: 400;"> o la ambiciosa valentía que por </span><i><span style="font-weight: 400;">El taita del arrabal</span></i><span style="font-weight: 400;"> se abre paso, consienten versos al itálico modo.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  Toda aventura es norma venidera; toda actuación tiende a inevitarse en costumbre. Hasta los pormenores del cotidiano vivir —nuestro vocabulario al conversar con determinadas personas, el peculiar linaje de ideas que en su fraternidad frecuentamos— sufren ese destino y se amoldan a cauces invisibles que su mismo fluir profundiza. Esta verdad universal lo es doblemente en lo atañedero a los versos, donde la rima es hábito escuchable y en que los cíclicos sistemas de las estrofas pasan fatales y jocundos como las estaciones del año. El arte es observancia desvelada e incluye austeridad, hasta en sus formas de apariencia más suelta. El ultraísmo, que lo fió todo a las metáforas y rechazó las comparaciones visuales y el desapacible rimar que aún dan horror a la vigente lugonería, no fue un desorden, fue la voluntad de otra ley.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  Es dolorosa y obligatoria verdad la de saber que el individuo puede alcanzar escasas aventuras en el ejercicio del arte. Cada época tiene su gesto peculiar y la sola hazaña hacedora está en enfatizar ese gesto. Nuestro desaliño y nuestra ignorancia hablan de rubenismo, siendo innegable que a no haber sido Rubén el instrumento de ese episodio (intromisión del verso eneasílabo, vaivén de la cesura, manejo de elementos suntuosos y ornamentales) otros lo habrían realizado en su ausencia: quizá Jaimes Freyre o Lugones. El tiempo anula la caterva intermedia de tanteadores, precursores y demás gente promisoria, del supuesto genial. La negligencia y la piedad idolátrica se unen para fingir la incausalidad de lo bello. ¿No presenciamos todos, quince años ha, el prodigioso simulacro de los que tradujeron el </span><i><span style="font-weight: 400;">Martín Fierro</span></i><span style="font-weight: 400;"> —obra abundante en toda gracia retórica y claramente derivada de los demás poemas gauchescos— en cosa impar y primordial? Contemporánea con nosotros no hay labor alguna de genio y eso estriba en que conocemos todas las nobles selvas que ella ha saqueado para edificar su alta pira y las maderas olorosas que son sahumerio y resplandor en las llamas.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  Esa realización de que toda aventura es inaccesible y de que nuestros movimientos más sueltos son corredizos por prefijados destinos como los de las piezas del ajedrez, es evidente para el hombre que ha superado los torcidos arrabales del arte y que confiesa desde las claras terrazas, la inquebrantable rectitud de la urbe. Gloriarse de esta sujeción y practicarla con piadosa observancia es lo propio del clasicismo. Autores hay en quienes la trivialidad de un epíteto o la notoria publicidad de una imagen son confesión reverencial o sardónica de fatalismo clasiquista. Su prototipo está en Ben Jonson, de quien asentó Dryden que </span><i><span style="font-weight: 400;">invadía autores como un rey</span></i><span style="font-weight: 400;"> y que exaltó su credo hasta el punto de componer un libro de traza discursiva y autobiográfica, hecho de traducciones y donde declaró, por frases ajenas, lo sustancial de su pensar.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">  La Aventura y el Orden… A mí me placen ambas disciplinas, si hay heroísmo en quien las sigue. Que una no mire demasiado a la otra; que la insolencia nueva no sea gaje del antiguo decoro, que no se ejerzan muchas artimañas a un tiempo. Grato es el gesto que en una brusca soledad resplandece; grata es la voz antigua que denuncia nuestra comunidad con los hombres y cuyo gusto (como el de cualquier amistad) es el de sentirnos iguales y aptos de esa manera para que nos perdonen, amen y sufran. Graves y eternas son las hondas trivialidades de enamorarse, de caminar, de morir.</span></p>
<p><b>De El tamaño de mi esperanza (1926)</b></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El placer de odiar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 May 2025 15:02:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay una araña arrastrándose por el suelo enmarañado de la habitación donde estoy sentado (no la que ha sido tan bien alegorizada en el admirable Versos para una Araña, sino otra de la misma y edificante especie); corre con prisa descuidada y apresurada, cojea torpemente hacia mí, se detiene —ve la sombra gigante ante él [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Hay una araña arrastrándose por el suelo enmarañado de la habitación donde estoy sentado (no la que ha sido tan bien alegorizada en el admirable Versos para una Araña, sino otra de la misma y edificante especie); corre con prisa descuidada y apresurada, cojea torpemente hacia mí, se detiene —ve la sombra gigante ante él y, sin saber si retroceder o avanzar, medita sobre su enorme enemigo—, pero como no me sobresalto para atrapar al rezagado tímido, como él haría con una mosca desventurada en sus redes, se anima y se aventura con una mezcla de astucia, descaro y miedo. Al pasar junto a mí, levanto la estera para ayudarle a escapar, me alegro de librarme del intruso indeseado y me estremezco al recordarlo después de que se ha ido. Un niño, una mujer, un payaso o un moralista de hace un siglo habrían aplastado al pequeño reptil hasta la muerte —mi filosofía ha ido más allá—. No le guardo rencor, pero aun así detesto su sola presencia. El espíritu de malevolencia sobrevive a su ejercicio práctico. Aprendemos a refrenar nuestra voluntad y a mantener nuestras acciones manifiestas dentro de los límites de la humanidad, mucho antes de que podamos someter nuestros sentimientos e imaginación al mismo tono suave. Renunciamos a la demostración externa, a la violencia brutal, pero no podemos desprendernos de la esencia o el principio de la hostilidad. No pisoteamos al pobre animal en cuestión (¡eso parece bárbaro y lamentable!), sino que lo contemplamos con una especie de horror místico y repugnancia supersticiosa. Harán falta otros cien años de buena escritura y reflexión para curarnos del prejuicio y hacernos sentir hacia esta tribu de mal agüero con algo de &#8220;la leche de la bondad humana&#8221;, en lugar de su propia timidez y veneno.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">La naturaleza parece (cuanto más la observamos) hecha de antipatías: sin algo que odiar, perderíamos la fuente misma del pensamiento y la acción. La vida se convertiría en un charco estancado si no la perturbaran los intereses discordantes y las pasiones desenfrenadas de los hombres. La veta blanca en nuestras propias fortunas se ilumina (o simplemente se hace visible al oscurecer todo lo que la rodea tanto como sea posible; así el arcoíris pinta su forma sobre la nube. ¿Es orgullo? ¿Es envidia? ¿Es la fuerza del contraste? ¿Es debilidad o malicia? Pero así es, que hay una afinidad secreta, un anhelo por el mal en la mente humana, y que encuentra un deleite perverso, pero afortunado, en la travesura, ya que es una fuente inagotable de satisfacción. El bien puro pronto se vuelve insípido, quiere variedad y espíritu. El dolor es agridulce, quiere variedad y espíritu. El amor se convierte, con un poco de indulgencia, en indiferencia o disgusto: solo el odio es inmortal. ¿No vemos este principio en acción en todas partes? Los animales se atormentan y se preocupan unos a otros sin piedad: los niños matan moscas por diversión: todos leen los accidentes y las ofensas en un periódico como la flor y nata de la broma: un pueblo entero corre para estar presente en un incendio, y el espectador de ninguna manera se regocija al verlo extinguido. Es mejor tener Así es, pero disminuye el interés; y nuestros sentimientos se unen a nuestras pasiones más que a nuestro entendimiento. La gente se reúne en multitudes, con gran entusiasmo, para presenciar una tragedia; pero si hubiera una ejecución en la calle contigua, como observa el Sr. Burke, el teatro quedaría vacío. Un perro callejero extraño, un idiota, una loca, son acosados ​​y provocados por toda la comunidad. Las molestias públicas son de la naturaleza de los beneficios públicos. ¡Cuánto tiempo el Papa, los Borbones y la Inquisición mantuvieron al pueblo de Inglaterra con la respiración contenida y les dieron apodos para desahogar su ira! ¿Nos habían hecho algún daño últimamente? No: pero siempre tenemos una cantidad de bilis superflua en el estómago, y necesitábamos un objeto para desahogarla. ¡Cuán reacios éramos a renunciar a nuestra piadosa creencia en fantasmas y brujas, porque nos gustaba perseguir a unos y morirnos de miedo con los otros! No es tanto la calidad como la cantidad de excitación lo que nos preocupa: No podemos soportar un estado de indiferencia y hastío: la mente parece aborrecer el vacío tanto como se suponía que lo haría la naturaleza. Incluso cuando el espíritu de la época (es decir, el progreso del refinamiento intelectual, en conflicto con nuestras debilidades naturales) ya no nos permite llevar a cabo nuestros humores vengativos y obsesivos, intentamos revivirlos en la descripción y mantener las viejas pesadillas, los fantasmas de nuestro terror y nuestro odio, en la imaginación. Quemamos a Guy Fawx en efigie, y los abucheos, los golpes y los maltratos a esa pobre figura de harapos y paja constituyen un festival en cada pueblo de Inglaterra una vez al año. Protestantes y papistas ya no se queman en la hoguera.Pero nos suscribimos a las nuevas ediciones del Libro de los Mártires de Fox; y el secreto del éxito de las novelas escocesas es prácticamente el mismo: nos transportan a las disputas, las amarguras, los estragos, la consternación, los agravios y la venganza de una época y un pueblo bárbaros; a los prejuicios arraigados y las animosidades mortales de sectas y partidos en la política y la religión, y de jefes y clanes en pugna en la guerra y la intriga. Sentimos la fuerza del espíritu de odio hacia todos ellos. Al leer, nos deshacemos de las ataduras de la civilización, del tenue velo de la humanidad. &#8220;¡Fuera, gamberros!&#8221;. La bestia salvaje recupera su dominio en nuestro interior, nos sentimos como animales de caza, y como el sabueso se sobresalta en su sueño y se lanza a la caza en la fantasía, el corazón se despierta en su guarida natal y lanza un grito salvaje de alegría al ser devuelto a la libertad y a los impulsos desenfrenados y sin control. Cada cual tiene su ritmo, o se va al diablo por su propio camino. Aquí no hay panópticos de Jeremy Bentham, ni los infranqueables paralelogramos del Sr. Owen (Rob Roy los habría espoleado y proferido mil maldiciones), ni largos cálculos de interés propio: la voluntad se dirige instantáneamente hacia su objetivo, como el torrente de la montaña se precipita por el precipicio: el mayor bien posible de cada individuo consiste en hacer todo el daño posible a su prójimo: ¡eso es encantador y encuentra una fibra sensible y compasiva en cada corazón! Así, el Sr. Irving, el célebre predicador, ha reavivado el antiguo, original y casi extinguido fuego infernal en las naves laterales de la Capilla Caledonia, al introducir el agua auténtica del Río Nuevo en Sadler&#8217;s Wells, para deleite y asombro de su público. Es hermoso, aunque una plaga, sentarse a espiar el foso de Tofet, jugar a la boca de dragón con llamas y azufre (da una descarga eléctrica aguda, un sobresalto vigoroso a las constituciones delicadas), y ver al Sr. Irving, como un enorme Titán, con un aspecto tan adusto y moreno como si tuviera que forjar torturas para todos los condenados. ¡Qué ser tan extraño es el hombre! No contento con hacer todo lo posible para vejar y herir a sus semejantes aquí, «en esta orilla y banco del tiempo», donde uno pensaría que ya hay angustias, dolor, decepción, angustia, lágrimas, suspiros y gemidos suficientes, el maniaco intolerante lo lleva a la cima de la teología escolar para arrojarlo al abismo del fuego penal; su malicia especulativa pide a la eternidad que descargue su infinito rencor y llama al Todopoderoso para ejecutar su implacable condena. Los caníbales queman a sus enemigos y se los comen en buena compañía: los teólogos cristianos consagrados arrojan al infierno a quienes difieren en cuerpo y alma, aunque sea mínimamente, por la gloria de Dios y el bien de sus criaturas. Es bueno que el poder de tales personas no esté coordinado con su voluntad: de hecho, es por la conciencia de su debilidad e incapacidad para controlar las opiniones ajenas que así &#8220;superan a los belicosos&#8221;.&#8221; y tratar de asustarlos para que se conformen con grandes palabras y denuncias monstruosas.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">El placer de odiar, como un mineral venenoso, corroe el corazón de la religión y la convierte en ira e intolerancia; convierte al patriotismo en excusa para propagar el fuego, la peste y el hambre a otras tierras: deja a la virtud solo el espíritu de censura y una vigilancia estrecha, celosa e inquisidora sobre las acciones y motivos ajenos. ¿Qué han sido las diferentes sectas, credos y doctrinas religiosas sino pretextos para que los hombres discutan, riñan y se despedacen, como un blanco al que disparar? ¿Acaso alguien supone que el amor a la patria en un inglés implica algún sentimiento amistoso o disposición a servir a otro con el mismo nombre? No, solo significa odio hacia los franceses o hacia los habitantes de cualquier otro país con el que estemos en guerra temporalmente. ¿Acaso el amor a la virtud denota algún deseo de descubrir o enmendar nuestras propias faltas? No, pero expía la obstinada adhesión a nuestros propios vicios con la más virulenta intolerancia hacia las debilidades humanas. Este principio es de aplicación universal. Se extiende tanto al bien como al mal: si nos hace odiar la locura, no nos hace menos insatisfechos con el mérito distinguido. Si nos inclina a resentir los agravios ajenos, nos impulsa a ser igual de impacientes con su prosperidad. Vengamos las injurias: devolvemos los beneficios con ingratitud. Incluso nuestras más fuertes parcialidades y preferencias pronto toman este giro. «Lo que era delicioso como las langostas, pronto se vuelve amargo como la coloquíntida»; y el amor y la amistad se derriten en su propio fuego. Odiamos a los viejos amigos; odiamos los viejos libros; odiamos las viejas opiniones; y al final llegamos a odiarnos a nosotros mismos.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">He observado que pocos de aquellos a quienes conocí más íntimamente mantienen la misma amistad o combinan la firmeza con la calidez del afecto. He conocido a dos o tres grupos de compañeros inseparables que se veían &#8220;seis días a la semana&#8221;; y que se han separado. Me he peleado con casi todos mis viejos amigos (podrían decir que se debe a mi mal carácter, pero) ellos también se han peleado entre sí. ¿Qué ha sido de &#8220;ese grupo de jugadores de whist&#8221;, celebrado por Elia en su célebre Epístola a Robert Southey, Esq. (y ahora que lo pienso, yo mismo lo he celebrado en este mismo volumen), &#8220;que durante tantos años llamó amigo al almirante Burney&#8221;? Están dispersos, como la nieve del año pasado. Algunos han muerto, o se han ido a vivir lejos, o se cruzan en la calle como desconocidos, o si se detienen a hablar, lo hacen con la mayor frialdad posible e intentan cortarse de raíz lo antes posible. Algunos nos hemos enriquecido, otros empobrecido. Algunos han conseguido puestos en el gobierno, otros un nicho en la Revista Trimestral. Algunos nos hemos ganado un nombre con creces; mientras que otros permanecen en su intimidad original. Despreciamos a unos, envidiamos y nos complace mortificar a otros. Los tiempos han cambiado; no podemos revivir nuestros viejos sentimientos; y evitamos ver, y nos sentimos incómodos en presencia de, quienes nos recuerdan nuestra debilidad y nos obligan a esforzarnos por aparentar cordialidad, lo cual nos avergüenza y no nos convence de nuestros antiguos compañeros. Las viejas amistades son como carnes servidas repetidamente: frías, incómodas y desagradables. El estómago se revuelve contra ellas. O bien el trato constante y la familiaridad generan cansancio y desprecio; si nos reencontramos tras un intervalo de ausencia, ya no parecemos los mismos. Uno es demasiado sabio, otro demasiado insensato para nosotros; y nos sorprende no haberlo descubierto antes. Nos desconcierta y nos mantiene en un estado de constante alarma el ingenio de uno, o nos cansa la monotonía de otro. Lo bueno del primero (además de dejar rastros) con la repetición se vuelve rancio y pierde su efecto sorprendente; y la insipidez del último se vuelve intolerable. El compañero más divertido o instructivo es mejor como un libro favorito, que después de un tiempo deseamos dejar en la estantería; pero como nuestros amigos no están dispuestos a dejarlo ahí, esto genera malentendidos y mala sangre entre nosotros. O si el fervor y la integridad de la amistad no disminuyen, ni su trayectoria se interrumpe por algún obstáculo que surja de su propia naturaleza, buscamos otros motivos de queja y fuentes de insatisfacción. Empezamos a criticar la vestimenta, el aspecto y el carácter general del otro. &#8220;¡Ese es un tipo agradable, pero es una lástima que se quede sentado hasta tan tarde!&#8221;. Otro no cumple con sus citas, y esa es una herida que nunca sana. Nos encontramos con un joven elegante o con una amante y queremos presentarle a nuestro amigo; pero él es torpe y desaliñado.La entrevista no responde, y esto enfría nuestra relación. O se vuelve desagradable a la opinión pública, y nos apartamos de nuestras propias convicciones al respecto como excusa para no defenderlo. Todas o algunas de estas causas se acumulan con el tiempo hasta convertirse en un motivo de frialdad o irritación; y finalmente estallan en violencia abierta como la única compensación que podemos ofrecernos por haberlas reprimido durante tanto tiempo, o como la manera más rápida de desterrar recuerdos de antiguas bondades tan poco compatibles con nuestros sentimientos actuales. Podemos intentar curar las heridas o remendar el cadáver de una amistad fallecida; pero una cosa difícilmente aguantará el trato, y la otra no merece la pena embalsamarse. La única manera de reconciliarse con viejos amigos es separarse de ellos para siempre: en la distancia, podríamos volver (como en un sueño despierto) a viejos tiempos y viejos sentimientos; o, en cualquier caso, no deberíamos pensar en renovar nuestra intimidad hasta que hayamos desahogado nuestro rencor o dicho, pensado y sentido todo lo malo que podamos el uno del otro. O si podemos pelearnos con alguien y convertirlo en chivo expiatorio, es una excelente estrategia para curar una fractura. Creo que debo volver a ser amigo del Cordero, ya que le escribió esa magnánima Carta a Southey y le dijo lo que pensaba. No sé qué me une tanto a H—-, salvo que él y yo, cada vez que nos encontramos, juzgamos a otro grupo de viejos amigos y los &#8220;cortamos como un plato digno de los dioses&#8221;. Allí con L [Leigh Hunt], John Scott, la Sra. [Montagu], cuyos oscuros cabellos azabache forman un pintoresco fondo para nuestra conversación, B—-, que ha engordado y, según dicen, está casado, R[ickman]; todos ellos se separaron hace mucho tiempo, y sus debilidades son el vínculo común que nos mantiene unidos. No pretendemos condolernos ni lamentarnos por sus locuras; las disfrutamos, nos reímos de ellas, hasta reventar, «sin interrupciones durante horas». Les ofrecemos un repertorio de anécdotas, rasgos, golpes de carácter, y los criticamos hasta cansarnos. Quizás algunos de ellos nos pertenezcan. Por mi parte, como dije una vez, prefiero a un amigo que tenga defectos de los que se pueda hablar. «Entonces», dijo la Sra. [Montagu], «¡dejarás de ser filántropo!». Los que estaban en cuestión eran algunos de los espíritus más selectos de la época, no individuos sin importancia ni probatoria; y hasta ahora les hicimos justicia; pero menos mal que no oyeron lo que a veces decíamos de ellos. Me importa poco lo que digan de mí, sobre todo a mis espaldas, y en el marco de una discusión crítica y analítica: son las miradas de desagrado y desprecio las que respondo con el peor veneno de mi pluma. La expresión del rostro me hiere más que las expresiones de la lengua. Si en alguna ocasión he malinterpretado esta expresión, o he recurrido a este remedio cuando no debía, lo lamento. Pero el rostro que cubría era demasiado bello, ¡y soy demasiado viejo para haberlo malinterpretado!A veces voy a casa de ——-; y siempre que lo hago, decido no volver jamás. Ya no encuentro la bienvenida familiar de antes. Un atisbo de amistad me recibe en la puerta y me acompaña durante toda la cena. Tienen buenas ideas y nuevas amistades. Las alusiones a sucesos pasados ​​se consideran triviales, y no siempre es prudente tocar temas más generales. «M. ya no empieza como antes cada cinco minutos», solía decir Fawcett, etc. Ese tema está algo trillado. Las chicas ya son mayores y tienen mil talentos. Percibo que hay celos por ambas partes. Creen que me doy aires, y yo creo lo mismo de ellas. Cada vez que me preguntan: «¿No creo que el Sr. Washington Irving sea un excelente escritor?», no volveré hasta que reciba una invitación para pasar el día de Navidad en compañía del Sr. Liston. La única intimidad que nunca se apagó fue la puramente intelectual. No había en ello la hipocresía de la franqueza, ni el lamento de la sensiblería sensiblera. Nuestro mutuo conocimiento se consideraba simplemente un tema de conversación y conocimiento, no solo de afecto. En nuestros experimentos, los considerábamos como &#8220;ratones en una bomba de aire&#8221;: o, como malhechores, los sacrificábamos con regularidad y los entregábamos al bisturí. No perdonábamos ni a amigos ni a enemigos. Sacrificábamos las debilidades humanas en el santuario de la verdad. Los esqueletos del carácter podían verse, después de extraerles el jugo, flotando en el aire como moscas en telarañas; o se guardaban para su posterior inspección en algún ácido refinado. La demostración era tan hermosa como nueva. No hay saciedad de hiel: nada se conserva tan bien como una decocción de bazo. Nos cansamos de todo menos de ridiculizar a los demás y felicitarnos por sus defectos.Los cortaban con regularidad y los entregaban al bisturí. No perdonábamos ni a amigos ni a enemigos. Sacrificábamos las debilidades humanas en el santuario de la verdad. Los esqueletos del carácter podían verse, después de extraerles el jugo, flotando en el aire como moscas en telarañas; o se guardaban para su posterior inspección en algún ácido refinado. La demostración era tan hermosa como nueva. No hay saciedad de hiel: nada se conserva tan bien como una decocción de bazo. Nos cansamos de todo menos de ridiculizar a los demás y felicitarnos por sus defectos.Los cortaban con regularidad y los entregaban al bisturí. No perdonábamos ni a amigos ni a enemigos. Sacrificábamos las debilidades humanas en el santuario de la verdad. Los esqueletos del carácter podían verse, después de extraerles el jugo, flotando en el aire como moscas en telarañas; o se guardaban para su posterior inspección en algún ácido refinado. La demostración era tan hermosa como nueva. No hay saciedad de hiel: nada se conserva tan bien como una decocción de bazo. Nos cansamos de todo menos de ridiculizar a los demás y felicitarnos por sus defectos.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Con el tiempo, nos desagradan nuestros libros favoritos por la misma razón. No podemos leer las mismas obras para siempre. Nuestra luna de miel, aunque nos casemos con la Musa, debe llegar a su fin; y le sigue la indiferencia, si no el disgusto. Hay algunas obras, aquellas que producen el efecto más impactante al principio por su novedad y la audacia de sus líneas, que no soportan una segunda lectura; otras, de carácter menos extravagante, que despiertan y recompensan la atención con una mayor precisión en los detalles, apenas tienen el interés suficiente para mantener vivo nuestro entusiasmo. La popularidad de los escritores más exitosos nos aleja de ellos, por la hipocresía y el alboroto que se arma en torno a ellos, por oír sus nombres repetidos sin cesar y por la cantidad de admiradores ignorantes e indiscriminados que atraen tras ellos: tampoco nos gusta tener que sacar a otros de su inmerecida oscuridad, para no exponernos a la acusación de afectación y gustos singulares. No hay nada que decir sobre un autor sobre el que todo el mundo se ha formado una opinión: es una tarea ingrata y desesperanzada recomendar uno del que nadie ha oído hablar jamás. Clamar a Shakespeare como el dios de nuestra idolatría parece un vulgar prejuicio nacional; tomar un volumen de Chaucer, Spenser, Beaumont y Fletcher, Ford o Marlowe tiene mucho de pedantería y egoísmo. Confieso que me hace odiar el nombre mismo de la Fama y el Genio, cuando obras como estas &#8220;se pierden en el olvido&#8221;, mientras cada generación sucesiva de necios se dedica a leer la basura del momento, y las damas de honor se reúnen con sus camareras para discutir seriamente la preferencia entre El Paraíso Perdido y Los Amores de los Ángeles del Sr. Moore. El otro día, al entrar en una tienda a preguntar si tenían alguna novela escocesa, me dijeron: &#8220;¡Que acababan de enviar la última, Sir Andrew Wylie!&#8221;. —¡El Sr. Galt también estará encantado con esta respuesta! La reputación de algunos libros es insípida y sin airear; la de otros, carcomida y mohosa. ¿Por qué fijar nuestros afectos en algo en lo que no podemos creer, o que otros han dejado de preocuparse hace tiempo? Me da miedo leer Tom Jones, por si no cumple mis expectativas a estas horas del día; y si no lo hiciera, sin duda estaría dispuesto a tirarlo al fuego y no volver a leer otra novela en mi vida. Pero, sin duda, puede decirse, hay obras que, como la naturaleza, nunca envejecen; ¡y que siempre deben conmover la imaginación y las pasiones por igual! O hay pasajes que parece que podríamos rumiar toda la vida, sin agotar los sentimientos de amor y admiración que despiertan: se convierten en favoritos, y los apreciamos hasta la senectud. Aquí hay uno:</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Sentado en mi ventana,</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">imprimiendo mis pensamientos en el césped, vi a un dios,</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">pensé (pero eras tú), entrar por nuestras puertas;</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">mi sangre fluyó de un lado a otro, tan rápido</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">como la había exhalado y aspirado</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">como el aliento; entonces me llamaron apresuradamente</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">para entretenerte: nunca un hombre,</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">lanzado de un corral a un cetro,</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">tan elevado en pensamientos como yo; dejaste un beso</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">en estos labios entonces, que pienso ocultarte</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">para siempre. ¡Te oí hablar</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">mucho más allá del canto!</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Un pasaje como este, de hecho, deja un sabor en el paladar como el néctar, y al leerlo parecemos sentarnos con los dioses en sus mesas doradas: pero si lo repetimos a menudo en estados de ánimo ordinarios, pierde su sabor, se vuelve insípido, &#8220;el vino de la poesía se bebe, y solo quedan las heces&#8221;. O, por otro lado, si invocamos el aire de circunstancias extraordinarias para realzarlo, como recitarlo a un amigo, o después de habernos emocionado con una larga caminata en alguna situación romántica, o mientras</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">—-juega con Amaryllis en la sombra,</span><span style="font-weight: 400;"><br />
</span><span style="font-weight: 400;">o con los enredos del granizo de Neaera—-</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Después echamos de menos las circunstancias que nos acompañaron, y en lugar de trasladar su recuerdo al lado favorable, lamentamos lo perdido y nos esforzamos en vano por recuperar «la hora irrevocable», preguntándonos en algunos casos cómo la sobrevivimos, ¡y ante el melancólico vacío que queda! El placer alcanza su punto álgido en algún momento de tranquila soledad o embriagadora simpatía, decae para siempre después, y por la comparación y el consciente decaimiento, deja tras de sí una sensación de saciedad y fastidio… «¿Sucede lo mismo en los cuadros?» Confieso que sí, con todos menos los de la mano de Tiziano. No sé por qué, pero un aire respira desde sus paisajes, puro, refrescante, como si viniera de otros años; hay una mirada en sus rostros que nunca desaparece. Vi uno el otro día. En medio de la desolación despiadada y la reluciente finura de Fonthill, hay una carpeta de la Galería de Dresde. Se abre, y una joven cabeza femenina mira desde ella; Una niña, pero mujer adulta; con un aire de inocencia rústica y la gracia de una princesa, sus ojos como palomas, los labios a punto de abrirse, una sonrisa de placer que le dibujaba hoyuelos en el rostro, las joyas brillando en su cabello alborotado, su figura juvenil comprimida en un rico vestido antiguo, ¡como las hojas que brotan contienen los brotes de abril! ¿Por qué no evoco esta imagen de dulce dulzura y la coloco como una barrera perpetua entre la desgracia y yo? —Es porque el placer exige un mayor esfuerzo de la mente para soportarlo que el dolor; y, tras un pequeño coqueteo ocioso, nos volvemos de lo que amamos a lo que odiamos.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En cuanto a mis antiguas opiniones, estoy harto de ellas. Y tengo razón, pues me han engañado profundamente. Me enseñaron a pensar, y estaba dispuesto a creer, que el genio no era una alcahueta, que la virtud no era una máscara, que la libertad no era un nombre, que el amor residía en el corazón humano. Ahora me importaría poco si estas palabras fueran borradas del diccionario, o si nunca las hubiera oído. Se han convertido para mí en una burla y un sueño. En lugar de patriotas y defensores de la libertad, no veo más que al tirano y al esclavo, al pueblo ligado a los reyes para sujetarlo a las cadenas del despotismo y la superstición. Veo la locura unirse a la canallada, y juntos conforman el espíritu público y las opiniones públicas. Veo al insolente Tory, al ciego Reformador, al cobarde Whig. Si la humanidad hubiera deseado lo correcto, podría haberlo tenido hace mucho tiempo. La teoría es bastante sencilla; pero son propensos al mal, «reprobados para toda buena obra». He visto todo lo que se había logrado gracias a los poderosos anhelos del espíritu y el intelecto de hombres, «de quienes el mundo no era digno», y que prometía una orgullosa apertura a la verdad y al bien a través de la perspectiva de los años futuros, ¡deshecho por un hombre, con apenas un atisbo de entendimiento suficiente para sentirse rey, pero sin comprender cómo podría ser rey de un pueblo libre! He visto este triunfo celebrado por poetas, amigos de mi juventud y amigos de los hombres, pero que se dejaron llevar por la marea furiosa que, al descender de un trono, derribó toda distinción de la recta razón; y he visto a todos aquellos que no se unieron para aplaudir este insulto y ultraje a la humanidad proscritos, perseguidos (ellos y sus amigos convertidos en sinónimo), de modo que se ha dado por sentado que nadie puede vivir de sus talentos o conocimientos si no está dispuesto a prostituirlos para traicionar a su especie y aprovecharse de sus semejantes. Esto fue un misterio durante un tiempo, pero el tiempo lo demuestra. Los ecos de la libertad habían despertado de nuevo en España, y la esperanza humana amanecía de nuevo; pero ese amanecer se había visto ensombrecido por el fétido aliento de la intolerancia, y esos sonidos revitalizantes se habían visto ahogados por los nuevos gritos provenientes de las torres destrozadas por el tiempo de la Inquisición: el hombre cediendo (como corresponde) primero a la fuerza bruta, pero más aún a la perversidad innata y al espíritu cobarde de su propia naturaleza, que no deja lugar a más esperanza ni decepción. E Inglaterra, esa archirreformadora, esa heroica libertadora, esa vocinglera de libertad y herramienta del poder, se queda boquiabierta, sin sentir la plaga y el moho que la invaden, ni sus huesos crujir y convertirse en pasta bajo las garras y los pliegues de este nuevo monstruo: ¡la legitimidad! En la vida privada, ¿no vemos triunfar la hipocresía, el servilismo, el egoísmo, la necedad y la desfachatez, mientras que la modestia se retrae ante el encuentro y el mérito es pisoteado? ¡Cuántas veces se arranca la rosa de la frente de un amor virtuoso para plantar allí una ampolla!¿Qué posibilidades hay de que triunfe la verdadera pasión? ¿Qué certeza hay de que perdure? Viendo todo esto como lo veo, y desenredando la red de la vida humana en sus diversos hilos de mezquindad, rencor, cobardía, insensibilidad e incomprensión, de indiferencia hacia los demás y desconocimiento de nosotros mismos; viendo que la costumbre prevalece sobre toda excelencia, dando paso a la infamia; equivocado como he estado en mis esperanzas públicas y privadas, calculando a los demás a partir de mí mismo y calculando mal; siempre decepcionado donde más confiaba; víctima de la amistad y necio del amor; ¿acaso no tengo motivos para odiarme y despreciarme? De hecho, sí; y principalmente por no haber odiado y despreciado al mundo lo suficiente.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>&#8220;El patriotismo de nuestra hora&#8221;</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 May 2025 19:34:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse. Es hermosa como un canto, de su primera a su última página. Si la leemos a un extranjero, no necesitamos evitar un episodio torpe; no se nos quebrará la voz por la vergüenza en ningún período. Hasta nuestros hombres más discutidos son grandes. [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><b>N</b>uestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse. Es hermosa como un canto, de su primera a su última página. Si la leemos a un extranjero, no necesitamos evitar un episodio torpe; no se nos quebrará la voz por la vergüenza en ningún período. Hasta nuestros hombres más discutidos son grandes. Las horas de mayor confusión son breves, y casi siempre, son transiciones de un estado a otro mejor. Es hermosa nuestra historia, y para dar en una narración a nuestros hijos la llamarada del heroísmo, no necesitamos recurrir ni a Grecia, ni Roma, si Prat fue toda Esparta.</p>
<p>Y es sobria y simple, como un mármol clásico; la guerra de la independencia, dura y victoriosa; el período de organización, más breve que en cualquier otro país de América; la Guerra del Pacífico, en la que no lanzamos, recogimos la invitación a un desafío desigual y formidable. Y hemos de insistir en la justicia de nuestras guerras, para aventar la acusación gravemente odiosa de nación militarista que nos han formado. Sabemos demasiado bien que la espada debe ser el arma extrema que esgrima el derecho para salvarse; sabemos, y ojalá no lo olvidemos nunca, que el horror de una contienda armada sólo se excusa y se enaltece cuando parte como un imperativo de fuego, de los labios mismos de la justicia. Esto es lo que dice, si está honradamente escrita, la historia de nosotros. Pero es preciso corregir el vicio de algunos pueblos sobre el concepto del pasado y sus relaciones con el presente.</p>
<p>La historia es algo más que un motivo para disertaciones sabias y para arengas líricas. No es una cosa de museo, no es una muerta, es una inmersa viva, erguida ante nosotros, sugiriéndonos y exaltándonos; es una fuente plena y palpitante, que, como las que manen en las quiebras de las montañas, necesita prolongarse por un río, que es el presente. Limitarla en su belleza y en su resplandor, fuera agotarla. Nosotros somos sus continuadores; hemos de forjarla sin un desmedro de su hermosura pretérita, en cada hora actual, en cada ley justa que entregamos, en cada actividad nueva que aparece sobre el país. Con ser tan grande la obra de la Independencia, que conmemoramos, es sólo un lienzo extendido, sobre la cual los próceres trazaron, con los colores rotundos, del carácter antiguo, un fondo inmenso en el cual las generaciones que venían, irían trazando las figuras, las divinas teorías, de las ciencias, las artes y las industrias, como en un fresco milagroso de Puvis de Chavannes. La emancipación política del país constituyó solamente un punto de partida. No podían darnos más los que la hicieron. Para su época era mucho. Bolívar, el organizador, no hubiera ido más lejos. Todo lo que se nos legó tuvo que ser incipiente; ciencias e industrias todo lo vamos reforzando y definiendo; la educación como las leyes y las poblaciones. Y a tales campos, hemos de llevar, como el artista moderno a su obra, este credo altivo. «No somos los copiadores de nuestros augustos modelos. Corregimos, sin insolencia, los errores de su legislación; mantendremos con ternura, las líneas generales, que son sabias. No tendremos el miedo del progreso, el pavor de lo nuevo, porque su empresa, fue la negación de ese miedo; pero rectificaremos sin precipitación y sin énfasis esta sagrada obra suya, confiada a nuestras manos amorosas y conscientes».</p>
<p>La libertad no es como esos mármoles que, al ser exhumados después de siglos, mostraron a los excavadores trémulos, en cada línea, sobre cada gesto una perfección infinita, que hechizaba, por profana y bárbara cualquier toque de una mano de vivo. Lejos de eso, la libertad es una estatua vaciada en arcilla transitoria y dócil, en lugar del mármol eterno, y se erige sobre cada siglo, mostrando los yerros del pasado y pidiendo, exigiendo a los hombres otra línea más armoniosa, otra faz más humana y profunda. Es la diosa eternamente joven, pero eternamente diversa, en la que se mantiene la índole divina y se mudan la expresión y el movimiento. Y la tarea más de los hombres de una época es poner sobre ese semblante sagrado, con religiosa gravedad y moldearla mirando a las multitudes que dictaran su tipo, más que quede siempre sobre toda ella aquel resplandor que es su signo de hija de Dios.</p>
<p>Hay en el fondo, de todos los pueblos, dos maneras en la búsqueda del bienestar social, que chocan violentamente, en apariencia, y en verdad concurren a la armonía, aspiran a ella, están destinadas a realizarla: son el amor de la tradición, y el del progreso. Ellas asoman en cada período histórico y se personifican en figuras opuestas, pero igualmente grandes. De estos dos conceptos del bienestar social, sólo nos conoce uno el extranjero; el mesurado, el regulador, y suele llamarnos rezagados, solamente porque no somos impetuosos. «Chile, se ha dicho por varios hombres de estudio, es el país que realiza más serenamente —o más tardíamente— las reformas políticas entre las tres naciones más importantes de América; Chile es el menos democrático y el menos moderno de aquellos países». Los observadores lejanos se han engañado un poco. La herencia de Carrera, el apasionado, y la de Balmaceda, el demócrata, no se han perdido. Están latentes, luchan, hasta hoy sin sangre, con la opuesta, y en las nuevas leyes ambas ponen su que rotundo y febril la una, sabio y sereno la otra y de esta colaboración de adversarios, como de la síntesis de los elementos antagónicos en la química del universo, nos están naciendo reformas armónicas, hace diez años insospechadas, y que traen la hermosura de la justicia, una justicia social que alivia y reconforta. No somos, pues, los rezagados de esta hora magnífica. Aunque nuestra montaña nos separe del mundo, miramos por sobre ella, el momento universal y recogemos la lección inmensa. Por algo tenemos el mar, elemento de amor entre los pueblos, por algo tenemos una centuria de civilización, parece curarnos del error más fatal para un pueblo moderno. El odio a la evolución.</p>
<p>A la nueva época corresponde una nueva forma del patriotismo. Es necesario saber que no es sólo en el período guerrero cuando se hace patriotismo militante y cálido. En la paz más absoluta, la suerte de la patria se sigue jugando, sus destinos se están haciendo. La guardia no se efectúa en las fronteras y es que se hace a lo largo del territorio y por los hombres, las mujeres y hasta los niños. Saber esto, sentir profundamente esta verdad, es llevar en la faz, y en el pensamiento, la gravedad casi sagrada del héroe. Comprender que la hora que vivimos no es menos profunda que la que vivieron los hombres de la Independencia, es aplicar a nuestras palabras y a nuestras acciones la reflexión del que está decidiendo en una empresa solemne. Tal pensamiento engrandece de un modo inaudito nuestra vida cuotidiana y debe quitar banalidad a todos nuestros actos, y mantenernos a Dios como erigidos en nuestros corazones, para que hablemos y obremos sólo la justicia.</p>
<p>Es una hora para los hombres justos, y para los pensadores. Nunca ha sido tan necesario como hoy, meditar y actuar sucesivamente, y con todas las fuerzas del alma. Y nunca tampoco ha sido más imperiosa la necesidad de una colaboración colectiva. Muchas veces han sido llamados a decidir sólo los hombres intelectuales en las reformas. El Chile de ochenta años ha sido dirigido por ellos. Ahora todas la voces son demandadas y tienen igual acceso la cátedra y la fábrica en la discusión del bien común.</p>
<p>¿Cuáles son las virtudes que exige a sus fieles el nuevo patriotismo de que hemos hablado? Primero, el trabajo, la actividad como deber de todos, pero desarrollada con alegría, para lo cual ha de perder lo brutal que tiene en ciertas faenas. <strong>La segunda virtud de este patriotismo ha de ser la elevación de la cultura. Hasta ahora no ha sido ella una obligación común; poseerla parece dichosa excepción, y ha de constituir un simple deber hacia la época. Forma parte de la dignidad humana; ésta es la verdad. Y no ha de dejarnos satisfechos aquella semicultura que suele ser cosa tan triste como el analfabetismo, porque no teniendo la capacidad verdadera, tiene la pretensión y suele recibir hasta los honores de la cultura real. Necesitamos una cultura general e intensa que, en los mejor dotados por la naturaleza, será la fuente natural de descubrimientos científicos y de obras de arte y en los peor dotados, dará la comprensión honrada de la labor de aquéllos.</strong> Es necesario saber, y decirlo sinceramente, crudamente, que en la crítica que de Chile se hace en el extranjero el mediocrísimo nivel de instrucción en nuestra clase media y el nivel bajo que tiene la clase humilde, son una formidable acusación y un motivo bien explotado de inferioridad nacional que nuestros enemigos presentan ante las grandes naciones para degradarnos. Esta vez no podemos defendernos; nuestros servicios están muy lejos de tener el brillo de nuestro Ejército y nuestra Marina. Y hay que pensar en que negarle cultura a un país, es como negarle el alma a un hombre. La tercera virtud del patriotismo de la paz ha de ser la simpatía por el mundo, precisamente lo opuesto de lo que suelen predicarnos los hombres del odio. Somos un pequeño pueblo, todavía en formación, que necesita de todos; de unos, la influencia intelectual y de otros los capitales, para sus industrias. Suelen las naciones por mantener la pureza de la raza, hacer la decadencia de ella misma. La naturaleza en este, como en todo, única maestra, nos demuestra que mezclarse no es perderse, que es sólo transformarse en un sentido de belleza y de valores. Por otra parte, tenemos demasiado próximo el horror de la guerra europea para que, mirando en el Viejo Mundo la obra del odio, no nos hagamos los hombres del amor en América, si debemos ser mejores. Nada de prolongar en nuestra carne pura la gangrena de una lucha de razas que ha sido en Europa un doble y terrible pecado contra el alma y contra la vida, contra el alma, puesto que anuló los valores morales; contra la vida, puesto que arruinó el Estado económico.</p>
<p>Demasiados conocidos ya los episodios de la Independencia, para que su elogio sea necesario en esta disertación, aludiremos al terminar, el desarrollo más importante del período de paz, que es sin duda, la formación y el desarrollo de las nuevas ciudades.</p>
<p>A las tierras que la espada conquistó, o cubrió defendiéndolas, fueron los hombres del esfuerzo a alzar ciudades. Alabemos a todos aquellos que han elevado un Chile de 1810, sin industrias, sin comercio, con menos de un millón de habitantes, al Chile de hoy, con cuatro millones y con puertos bullentes de navíos. Son los colonizadores. No les preguntemos de dónde vinieron; trajeron su fiebre de actividad, respetaron nuestras leyes, y nos basta. Lucharon en Antofagasta con el desierto, conocieron la sed y los peligros como el beduino árabe, en la pampa atroz, llagada de sol implacable; arrancaron al suelo sus tesoros y fueron creando los puertos, hacia los que trajeron, con los frutos perfumados de la zona tórrida, las gentes nuevas y laboriosas. Lucharon en Valdivia con la selva hostil y formidable como una divinidad bárbara y la vencieron y levantaron la ciudad sobre los muñones sangrientos del bosque, y llamaron a los hombres a seguir su obra, ya más dulce y más humana. A aquí en Magallanes, los colonizadores lucharon con la selva y la nieve polar, el monstruo negro y la blancura resplandeciente, pero mortal, hasta hacer de la tierra de los lobos marinos y del silencio, la tierra para los hombres, la capaz de sustentar gentes, y de darles, con el trabajo, la dignidad y la hermosura de la vida.<br />
Y alabemos a los que acudieron después a los campos desmontados, a hacer palpitar las máquinas febriles y a crear las industrias y el comercio. Por ellos fue una ciudad cubriendo el llano y haciendo retroceder la guirnalda tenaz de la selva. Ladrillo a ladrillo, muro a muro, la ciudad fue naciendo. Son los brazos deformados por el esfuerzo brutal, más divinos que los que se alzan en los bronces; son las manos oscuras que tronchando los robles y descuajando el carbón, al entregar el fuego entregan la vida; son los hombres silenciosos y anónimos que la fábrica o el campo devuelven al atardecer, y pasan, sin soberbia, como si ignoraran su propio poema, por las calles, los que nos hicieron y nos siguen haciendo día a día este organismo poderoso que es la ciudad moderna. Toda la región dice su lucha contra la naturaleza, y si un poeta no la alabara, como en el milagro bíblico, las piedras y los árboles la cantarían … La llanura patagónica es menos grande que su corazón y que su faena.</p>
<p>Alabemos, por último, a los hombres del espíritu, que abrieron la escuela para dar la ciencia que es como la esposa de los hombres libres. Uno de estos sembradores, el más fatigado de labor cayó hace meses no más sin haber puesto entre su cátedra y su sepultura ni un paréntesis de reposo feliz. Fue ese don Nicetas Krziwan, y hemos de decir su nombre en esta fecha en que él reunía a sus discípulos para vivir con ellos, en una alocución, las glorias de una patria hecha suya por el amor.</p>
<p>Todos estos que he enumerado, exploradores, obreros, maestros, han hecho un pueblo, y no hay nada más grande que realizar en el mundo. Por sobre las diferencias de faenas, los unifica hasta confundirlos al fin y el resultado de belleza. Ni todos hablan nuestra lengua ni en todos está nuestra sangre. ¡No importa! A una patria le basta tener leyes justas, para hacerse amar; le basta para incorporarlos a ella ofrecerles una tierra vasta, y esta patria, como cualquiera otra, para ser noble ha de tener, como Cristo, abiertos sus brazos hacia todos los hombres de la tierra.<br />
Magallanes, 1919.</p>
<p><b><i>La desterrada de su patria</i></b>. Edición de Roque Esteban Scarpa (Santiago: Nascimiento, 1977).</p>
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		<title>La caída de Europa por Gabriela Mistral</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Meneses]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 23 Apr 2025 15:36:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[En este Día del Libro, te invitamos a leer el poema de Gabriela Mistral (1889-1957) “La Caída de Europa”, un texto marcado por el dolor de la guerra que la poeta dedicó al escritor y amigo Roger Caillois (1913-1978).  Esto también bajo el marco de la conmemoración de los 80 años que se cumplen desde [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">En este Día del Libro, te invitamos a leer el poema de Gabriela Mistral (1889-1957) “La Caída de Europa”, un texto marcado por el dolor de la guerra que la poeta dedicó al escritor y amigo Roger Caillois (1913-1978). </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Esto también bajo el marco de la conmemoración de los 80 años que se cumplen desde que Gabriela Mistral fuera galardonada con el Premio Nobel de Literatura. Siendo así, hasta el momento, la única mujer latinoamericana que ha recibido el premio de la Academia Sueca.</span></p>
<p>Puedes leerlo a continuación.</p>
<div class="pt-5"></div>
<div class="pt-4 pt-md-5">
<div class="merri-font p-poem"></div>
</div>
<div class="pt-4 pt-md-5">
<div class="merri-font p-poem">
<div class="verse "></div>
</div>
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		<title>Parra Intimo: Conmemoración de los 110 años de Nicanor Parra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Paulina Jara]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Sep 2024 22:01:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Antipoeta]]></category>
		<category><![CDATA[Chile]]></category>
		<category><![CDATA[Nicanor Parra]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La Universidad Diego Portales organizó realizó la actividad “Parra íntimo”, encuentro que fue celebrado con el fin de conmemorar el aniversario número 110 del natalicio de Nicanor Parra, quien fue “director fantasma” de la Escuela de Literatura Creativa, autor distinguido de Ediciones UDP y Profesor Emérito (2003) de nuestra Casa de Estudios.</p>
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		<title>Natalia Ginzburg y su evolución en la escritura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Michal Humaj]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 May 2024 08:19:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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					<description><![CDATA[La escritora italiana Natalia Ginzburg, reflexionó en esta entrevista sobre la evolución de su escritura. Ella esperaba inicialmente llegar a escribir como un hombre, pero con el tiempo su condición de mujer llegó a ser parte integral de su narrativa y de la visión de mundo que en sus personajes traspuso. En su libro &#8220;Lessico [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La escritora italiana Natalia Ginzburg, reflexionó en esta entrevista sobre la evolución de su escritura. Ella esperaba inicialmente llegar a escribir como un hombre, pero con el tiempo su condición de mujer llegó a ser parte integral de su narrativa y de la visión de mundo que en sus personajes traspuso. En su libro &#8220;Lessico famigliare&#8221; (1963) cuenta las historias de las personas de su vida y no de sí misma, dejando de lado su propio personaje.</p>
<p>«Aunque esté basado en hechos reales, me gusta pensar que Léxico familiar va a leerse como una novela, pidiéndole a este libro todo lo que solemos pedir a la ficción.» Así se expresaba Natalia Ginzburg hablando de este texto que cuenta su infancia y su juventud, y donde aparecen los nombres reales de parientes y amigos, entre ellos Cesare Pavese y Elio Vittorini.</p>
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